¿Obligaba Harvey Weinstein a sus actrices a ponerse la ropa de su mujer?

Georgina Chapman ha anunciado que le pedirá el divorcio al ejecutivo. Ya en 2010 investigamos las causas del fulgurante éxito de su marca de moda entre las actrices vinculadas a su esposo.

Ayer la esposa de Harvey Weinstein, Georgina Chapman, anunció en una entrevista a la revista People que su corazón se rompía "por todas las mujeres que han sufrido un tremendo dolor a causa de las acciones imperdonables" de su marido y que por eso, había decidido pedirle el divorcio. La diseñadora y directora creativa de la firma Marchesa, marca que en la última década ha sido favorita de las grandes estrellas de Hollywood para sus apariciones en la alfombra roja, aseguraba estar absolutamente sorprendida por el modus operandi del hombre con el que ha compartido techo la última década.

En 2010 Vanity Fair investigó la conexión entre el éxito de la firma de moda y el poder de influencia del que ha sido uno de los ejecutivos más agresivos de Hollywood.
Esta es la historia de cómo Marchesa se convirtió en la marca favorita de las actrices y la crónica de una relación que supuestamente terminó ayer pero que empezó con una boda de película en la costa de Connecticut, en la misma zona residencial donde el escritor Scott Fitzgerald solía pasar sus veranos con su esposa Zelda.

Al enlace asistieron la directora de la edición norteamericana de Vogue, Anna Wintour, el editor de Vanity Fair, Graydon Carter, el magnate Rupert Murdoch, Quentin Tarantino, Jennifer Lopez, Uma Thurman, Renee Zellweger o Eva Mendes. Los Clinton y el alcalde de Nueva York mandaron a los recién casados efusivas felicitaciones en video.
“Harvey parecía el hombre más feliz sobre la faz de la tierra”, dirían después algunos de estos invitados a The New York Times. Harvey es Harvey Weinstein (Nueva York, 1952). El novio. Harvey Manos de tijera Weinstein. Ex fundador y ex presidente de Miramax, ahora también ex director de The Weinstein Company, corpulento, campechano, era capaz de hacer reír y dar miedo a partes iguales. Su apodo, Manos de tijera, le venía de su nada ortodoxa costumbre de modificar el montaje de películas a espaldas de sus directores. Cazatalentos nato, creó de la nada junto a su hermano Bob el cine independiente de los años noventa. Su nombre está detrás de títulos como Sexo, mentiras y cintas de video, Juego de lágrimas, Pulp Fiction o Clerks. Algunos de los que han trabajado con él —Daniel Day Lewis, por ejemplo— aseguran que es “despótico e imprevisible”.

Matt Damon o Ben Affleck, quienes le deben el estrellato, le contaron en su día a Peter Biskind, autor del tratado sobre el oscuro modus operandi de Weinstein Sexo, Mentiras y Hollywood, cómo en sus inicios controlaba con mano férrea sus carreras para que sus cachés no se dispararan. En la batalla promocional es un duro contrincante: se dice que él orquestó la campaña de desprestigio contra Slumdog millionaire, extendiendo el rumor de que Danny Boyle había explotado a niños para hacer el filme. Y en su día, la periodista Nikki Finge le acusó de haber pagado comisiones a publicistas, que al mismo tiempo eran miembros de la Academia, para favorecer a Shakespeare in love, el título que catapultó a Gwyneth Paltrow. La película fue nominada en 13 categorías. Y Paltrow se llevó el Oscar.
Porque cuando se proponía algo, no había quien le detuviera. Cuando conoció a Georgina Chapman lo tuvo claro: su propósito era casarse con ella.

Chapman (Londres, 1974), la afortunada novia, era una diseñadora londinense, 20 años más joven que él, hija de un multimillonario propietario de un emporio cafetero, creadora oficial de los vestidos de las estrellas. Para la boda, por supuesto, ella misma confeccionó su vestido de novia. Todo el mundo comentaba que estaba perfecta: morena, delgada, de facciones finas. Preciosa. Hubo fuegos artificiales sobre la bahía de Westport, en Connecticut. Música en directo hasta el amanecer. Los invitados brindaron por los novios. Loor al emperador Weinstein y a su nueva esposa. 

Penélope Cruz en un vestido de Marchesa para la alfombra roja de Cannes (2011).

Harvey Weinstein y Georgina Chapman se conocieron en 2005. Ella acababa de terminar sus estudios de diseño en la Escuela de Arte de Chelsea y había fundado en 2004, junto a su amiga Keren Craig, una marca llamada Marchesa. El nombre surgió de un homenaje a Marchesa Casati, aristócrata italiana de los años veinte, célebre por su excéntrica forma de vestir, su elegancia sofisticada y su loco estilo de vida.
La elección de ese personaje expresaba lo que ellas querían hacer: ropa con un aire vintage, inspirada en el viejo glamour de las primeras décadas del siglo XX pero con una interpretación contemporánea. Trabajando en su pequeño estudio al oeste de Londres, soñaban con estar presentes en las grandes pasarelas. No podían imaginar que en solo cinco años se convertirían en una firma de referencia en todas las alfombras rojas y conseguirían lo que a otros grandes nombres les ha costado toda una vida: la devoción de Hollywood. “Aunque siempre he tenido muy claro que quería ser diseñadora y siempre me ha encantado crear vestidos, por supuesto que ni se me pasaba por la cabeza que algo así fuese a ocurrir. Ha sido un viaje alucinante. Llegar hasta donde estamos ahora ha sido increíble”, contó a Vanity Fair en 2010 Georgina Chapman, muy risueña, desde Nueva York.

Cuando le preguntamos por la rápida evolución y ascenso de su marca, Georgina mencionaba una y otra vez la misma palabra: agradecimiento. Que la prensa especializada se hubiera referido a ella como la sucesora de Valentino Garavani solo podía hacerle sentirse “inmensamente afortunada”.
Georgina estudió en una public school, que es todo lo contrario a la traducción literal de esta expresión (escuela pública), pues se trata de un centro exclusivo a donde acuden los niños de las mejores familias inglesas.
La educación que recibió se reflejaba en sus modales: son exquisitos. Con una voz suave y cálida y un modulado acento inglés, nos explicó lo feliz que se siente y esquivó elegantemente cualquier tipo de pregunta peliaguda.
Porque, además de recibir los mimos de la prensa, ya de aquella había desperado los recelos de la crítica, que en más de una ocasión relacionó sutilmente su fulgurante ascenso, la presencia constante de celebrities en todos su eventos y la enorme aceptación de sus creaciones entre las estrellas, con el hecho de que fuera la mujer de ese peso pesado apellidado Weinstein. Cuando Marchesa presentó por primera vez una colección en la Semana de la Moda de Nueva York, en el año 2006, Nicole Phelps, del portal de moda Style.com y una de las voces más autorizadas de la industria, dijo: “Puede que Misha Barton y Margherita Missoni, sentadas en el front row, se quedaran cautivadas, pero había defectos evidentes en la ejecución de los vestidos. Los dobladillos estaban sin terminar y algunas costuras sin rematar, algo que uno claramente no espera cuando estamos en este rango de precios”.

El periódico LA Times habló, al refererirse a ellas, del “Factor Harvey” y contaba, no sin cierta malicia, que en la fiesta que el canal HBO celebró en el Chateau Marmont antes de los Globos de Oro, Weinstein se acercó —todo sonrisas— al célebre fotógrafo de moda Patrick Demarchelier y le dijo: “Patrick, me gustaría que conocieras a mi novia”.

Antes de la conversación con Chapman, sus representantes nos adviertieron muy tajantemente que debíamos evitar cualquier tipo de pregunta sobre su marido. “Tendrías que preguntarle a mis clientas por qué escogen mis vestidos y no otros para la alfombra roja. Yo solo puedo decirte que me siento enormemente honrada y muy feliz". Dejamos caer una pregunta sobre Weinstein: “¿Que si estoy cansada de que se me pregunte por él? Por supuesto que no, es mi marido, lo adoro. Simplemente es que de mi vida personal no hablo”. Más amabilidad. Así que la pregunta se quedó en el aire. ¿Hasta qué punto ha cortado Manos de tijera los patrones del éxito de Marchesa?

Harvey Weinstein y Georgina Chapman (2007).

Contar con un padrino en el ámbito de la moda es de lo más habitual. Las propias Georgina y Keren tuvieron en la fallecida fashionista Isabella Blow —amiga íntima del sombrerero real Phillip Treacey y de Daphne Guinness—su principal valedora. En 2004, cuando las dos amigas no habían creado más que una colección, se puso uno de sus vestidos para ir a los desfiles de París. Los estilistas de medio mundo, que sabían que la excéntrica Blow era un termómetro de tendencias, empezaron a hablar de Marchesa. “Isabella fue nuestra principal valedora. Le debemos el arranque de nuestra carrera”, nos explicó Georgina cuando le preguntamos quién había sido sido su mayor referente en la moda. Así fue como empezaron a recibir pedidos de Estados Unidos y se hicieron un sitio en las lujosas tiendas Neimann Marcus.
Keren ha contado alguna vez que estos primeros discretos triunfos les emocionaban tanto que, cuando veían sus creaciones en los escaparates de Selfridges o Harvey Nichols, se paraban a hacerles fotos.
Mientras en la vieja Europa las Marchesas contemplaban con emoción los primeros pasos de su renqueante bebé, en América Harvey Weinstein ya hacía mucho que se había convertido en el gran padrino de la industria cinematográfica.
Weinstein, un grandullón de origen judío que se crió en una cooperativa de protección oficial de Queens, se había hecho a sí mismo y había conseguido lo inaudito: convertir películas con temas polémicos, presupuestos reducidos y consagrar a futuros directores de renombre internacional.
Steven Soderbergh, Kevin Smith, Quentin Tarantino o Todd Haynes son sólo algunos de los miembros del selecto club de nerds que surgieron de la factoría Weinstein. Él había inventado la etiqueta “independiente”, pero ya estaba cansado de ella y por eso había vendido su compañía a Disney y se había afanado en conseguir una pléyade de estatuillas doradas para títulos como El indomable Will Hunting o El paciente inglés. Ahora trabajaba en nuevos proyectos, algunos, más frívolos. Entre esos títulos se incluía la segunda parte de la historia de una periodista inglesa, patosa y gordita, llamada Bridget Jones por cuyo amor se batían en duelo Hugh Grant y Colin Firth. Londres y Los Ángeles se daban la mano en una producción que fue un nuevo taquillazo. Harvey se acababa de divorciar de su primera mujer, Eve Chilton, “una rubia perteneciente a una buena familia blanca anglosajona con una casa en Martha’s Vineyard”, según contaba Peter Biskind en Sexo, mentiras y Hollywood, que le introdujo en los círculos selectos de Nueva York.
En el estreno de Bridget Jones, Renee Zellweger lució un vestido Marchesa. Pronto la noticia saltaría a la prensa. El emperador había encontrado un nuevo amor, una niña bien del Viejo Continente: no era otra que la costurera del vestido de Zellweger. Sólo dos meses después, Cate Blanchett aparecería en el estreno de El Aviador en Roma con un traje dorado inspirado en un sari. ¿De quién? De Marchesa. Poco más tarde la seguirían Scarlett Johansson y Penélope Cruz. Pero el gran espaldarazo se lo proporcionó la mujer desesperada Felicity Huffman, al recoger un Globo de Oro en 2006 luciendo una creación de Georgina Chapman y Karen Craig, en un momento en el que las diseñadoras ni siquiera habían llegado a ninguna gran pasarela.
Jennifer Lopez, Sienna Miller y Anne Hathaway siguieron la estela de Huffman en posteriores ediciones de los Globos de Oro. Todas las actrices que han lucido Marchesa han participado en producciones del universo Weinstein.
Cuando le preguntamos a Peter Biskind si creía que el productor presiona a sus actrices para que vistan los diseños de su mujer contestó: “Soy un absoluto ignorante en moda, así que no me atrevería a apuntar con el dedo, pero desde luego creo que son conexiones que merece la pena investigar”. Una responsable de comunicación de una gran firma que prefirió quedar en el anonimato por razones comerciales, nos explicó por qué para ellos estar presentes en las alfombras rojas es esencial: “Es el escaparate publicitario más potente del mundo y asocia a la marca unos valores de glamour y sofisticación que son impagables”. No olvidemos que la última ceremonia de los Oscar la vieron, sólo en Estados Unidos, 36 millones de personas.
Desde Chanel explicaban: “Aquí el proceso por el que una actriz llega a ponerse nuestros vestidos es completamente voluntario. Surge más de una intención mutua de la celebridad y la casa, aunque por supuesto escogemos a las actrices que representan mejor nuestra imagen”.
Marchesa no ha dejado de crecer desde que los magnates de Witkoff, un gigante que controla el mercado inmobiliario de Nueva York, se convirtieran en sus inversores. Uno de los principales accionistas de esa compañía es Giuseppe Cipriani, propietario de muchos de los restaurantes favoritos de las estrellas en la ciudad. En 2006, las artífices de Marchesa fueron finalistas de los prestigiosos premios CFDA/Vogue. Nicole Phelps, de Style.com, antes escéptica, después declaró a Vanity Fair España: “Sus colecciones, aunque tarde, han madurado mucho”. Pero el crecimiento imparable forzó algunos cambios.
Muy pronto Keren, la mejor amiga de Georgina, ya dejó de figurar como diseñadora de la marca. “Es importante que quede claro que Georgina es el alma creativa y Keren sólo se hace cargo de cuestiones de producción, como comprar tejidos”, insistió en su momento la representante de la esposa de Weinstein. “Es una relación como la que mantiene Marc Jacobs con su socio Robert Duffy”, matizó, para añadir normalidad y profesionalidad a la putualización. Al poco tiempo, Georgina empezó a aparecer siempre sola en todas las sesiones de fotos relacionadas con la firma. Y a realizar colaboraciones individuales con otras marcas, como la firma joyera Garrard. Ella misma insistía en que eso no significaba que hubuiese nubes en el horizonte Marchesa.
Su marido, por su lado, empezó a estar cada vez más interesado en el universo de la moda.
Peter Biskind afirmaba en su libro que el gran talento del productor era ver el potencial de los negocios, asumir riesgos y actuar con la velocidad del rayo. Después de su matrimonio con Chapman produjo con gran éxito el equivalente norteamericano a Supermodelo, un programa televisivo llamado Project runway. Además relanzó, con la ayuda de la estilista de celebrities Rachel Zoe —quien también viste Marchesa con frecuencia— una marca, Halston, que en los años setenta había sido todo un hit en Estados Unidos. Su principal socia en esta aventura fue la creadora de Jimmy Choo, Tamara Mellon.
Georgina y Harvey eran a finales de la década pasada la pareja más envidiada de Hollywood. Los Ally MacGraw y Bob Evans del siglo XXI. Trabajaban sin descanso, acudían juntos a todas las fiestas de la industria y en su tiempo libre llevaban una existencia tranquila: “Nos gusta pasear el perro, ver la televisión. Somos una pareja normal”, decía Chapman.
Vivían en la mansión de Connecticut donde celebraron su boda.
En ceremonia de los Oscar de 2010 Kate Winslet y Penélope Cruz se acordaron de Weinstein en sus agradecimientos. Winslet se llevó el premio a mejor actriz por The reader, una película que él distribuía. Unas semanas antes, Newsweek había publicado que había estado agobiando en su lecho de muerte a Sidney Pollack, productor del filme, para que le garantizase que la película se iba a terminar.
Georgina prefería en aquella época seguir ajena a todas esas polémicas. Lo dejó claro cuando en la presentación de su colección de primavera-verano de 2011 explicó lo que le había inspirado para hacer sus vestidos de gala: “Quiero que todo pareciese salido de un cuento de hadas”. 

*Artículo publicado originalmente en Vanity Fair España.