Luis Gerardo Méndez y Diego Luna reclaman privacidad

¿Existe la libertad en los tiempos de Instagram?

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Desde 2014, más de 130 personas han fallecido haciéndose un selfie, Twitter se ha convertido en la fuente de información de toda una generación millennial pero al tiempo en el lugar oscuro donde el acoso y las fakes news están a la orden del día. Facebook es el Big Brother orwelliano que todo lo ve y todo lo analiza, e Instagram es esa galería de vidas idílicas. O no tanto.

Privacidad, que se estrenó este fin de semana en el Teatro de los Insurgentes de CDMX, no es una obra de teatro. Es una experiencia interactiva en la que el público agradece entusiasmado que por primera vez en una sala uno no solo pueda mantener su celular encendido, sino que incluso te pidan que te sumes digitalmente a un recorrido de casi dos horas y media en la que su felicidad se verá al final truncada al descubrir cuánto de nosotros saben empresas, corporaciones digitales, e incluso gobiernos. Quizá usted termine observando a su teléfono como Kafka a las cucarachas.

(Además, estuvimos en el estreno y en la fiesta posterior y las fotos las pueden ver aquí) 

La función, con texto de James Graham y Josie Rourke, y bajo la dirección de Francisco Franco, presenta a un escritor en sus horas más bajas interpretado por Luis Gerardo Méndez -quien en el estreno confesó que se había jurado a sí mismo no volver a hacer teatro-, que disfruta intensamente (y el público lo percibe y agradece) de un personaje cuajado de traumas, odio por las masas, miedo al mundo exterior y un feroz rechazo a las herramientas digitales de fraternidad universal.

Pero ese mundo al que tanto teme no se lo pone fácil. Un abandono emocional y la presencia de un grupo de personajes (imaginarios pero al tiempo reales), le hace replantearse su existencia y querer abandonar su soledad física a través del mundo digital.

Pero al tiempo, cada paso cibernético que da (o que canta y baila) le sume en una frustración cada vez mayor al descubrir quiénes son los que controlan sus huellas digitales. Perdir una pizza no es solo pedir una pizza (incluso si como ayer se la entrega quien es el otro protagonista alterno de la obra, Diego Luna). Es caer en las garras de oscuros intereses, de cotos de falsa libertad y de una ausencia de privacidad, cuyo anhelo parece, en los tiempos de exhibicionismo digital que corren, una verdadera osadía.

Pero este viaje no lo hace solo el protagonista de Club de Cuervos, quien podría dar una o dos lecciones sobre ese concepto de privacidad. Alejandro Calva, Ana Karina Guevara, Luis Miguel Lombana, Amanda Farah, Antón Araiza, María Penella, Antonio Vega y Bernardo Benítez lo acompañan en escena. Y fuera de ella un equipo técnico privilegiado que juega con el espectador y que lo mantiene en tensión (digital) durante todo el espectáculo. 

El público, conectado a la wifi del teatro y armados con sus celulares, serán partícipes también de esta experiencia interactiva de pantallas, láseres y sonidos envolventes. Por supuesto ríe, pero ya les avisamos (aunque no queramos desvelar nada de la obra) que quizá las últimas sean risas nerviosas, esas que uno produce cuando a la inquietud no se le puede poner otra cara. 

Vayan al teatro, acompañen a Luis Gerardo Méndez y a Diego Luna, productores también de la función, en ese viaje porque un espectáculo así no se ha visto nunca en México. Y sean prácticos, compren sus boletos desde sus celulares, compartan sus fotos, hagan comentarios en sus redes ... Y corran con las consecuencias, no digan después que no les avisamos.