Guillermo del Toro, la genialidad de la imperfección. Parte II

El cineasta revela sus métodos, cómo se transformó en un creador multimedia y su negativa a ser llamado genio. “Conozco algunos y me parece más interesante decir que son falibles”.

¿Cómo escribes tus guiones? ¿Los desarrollas pensando en el actor?
Varía. En cine, el director y el público son embajadas en países diferentes y el enviado diplomático es el actor. Es como escribirle una canción al cantante, les agarras el rango y a partir de ahí escribes la canción. En El espinazo del diablo le escribí el papel a Marisa (Paredes) y al (fallecido, Federico) Luppi; en Cronos, a Luppi; En El laberitno del fauno a Sergi López. En esta se lo escribí a (Sally) Hawkins, Octavia Spencer, Micheael Shannon y Doug Jones, esos eran no negociables y hubo negociación pero gané yo. El de Richard Jenkins era un papel que había escrito para Ian McKellen pero me sonaba raro tener un cuate inglés viviendo arriba de un cine.

Ya Cuarón e Iñarritu tienen un Oscar. ¿No falta este galardón en tu trayectoria como un símbolo?
Para mi fue emocionantísimo ganar el León (en la reciente Muestra de Venecia) , pues el género que hago, con el que estoy casado a veces es bien visto y a veces no. No puedo pronosticar ni me puedo permitir el ejercicio de ponerme a pensar en eso. Estar en la conversación es maravilloso, pero vivir así… qué terrible. Los premios son padrísimos cuando suceden, pero algo está mal en ti cuando sufres si no suceden.

Cuando tienes tantos proyectos que no se han hecho, ¿has aprendido a dejar de ser terco?
Si a mí tú me dices: ‘Te cambio tu vida familiar de tres años por un proyecto’, pues que sea uno que valga la pena, porque vas a ser ausente, neurasténico y obsesivo por tres años. Vas a bodas, bautizos, fiestas familiares en el inter. Pero los proyectos deben valer la pena para ti. ¿Que valga la pena para el público? Eso es circunstancial.

Hiciste la serie de televisión The Strain (basada en sus novelas homónimas) y la seguiste muy de cerca. ¿Volverías a la televisión?
La primera y segunda temporada veía todo; en la tercera y cuarta ya no podía, corregía todo el color hasta el final y llevando la batuta de efectos de maquillaje y digitales. Me costaba trabajo porque había divergencia de la novela. ¿Producir tele? Estoy muy activo, tengo Trollhunters (con Netflix), que es la serie animada más vista. Es una serie de la que estoy orgullosísimo. Acabamos de ver episodios de la nueva temporada y terminamos todos en silencio y con lagrimilla.

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¿Qué disfrutas más?
Todo. En 2006 dije: ‘Voy a escribir, a diseñar videojuegos, televisión porque tengo que aprender para cuando sea multimedia en una sola plataforma y todo se cumplió. Aunque los videojuegos no se hicieron, se desarrollaron y quedó una biblia enorme para videojuegos con una narrativa que no habría entendido como espectador. Aprendo ejerciendo.
 

¿Nunca aceptarás que eres un genio?
A mí me atraen muchísimo más lo que he visto de la gente que admiro a nivel falible que infalible. Cuando veo las pirámides y nos dicen que como son excepcionales solo las pudo hacer un pinche alien en un ovni, eso me da mucha güeva. A mí me interesa saber que las hicimos los humanos, que hubo gente que murió, que se maltrató, que sudó, eso hace la pirámide infinitamente más interesante.
Conozco genios y he visto como sudan la gota gorda a medio milímetro de fracaso y se recuperan. También los he visto fracasar y me parece infinitamente más atractivo decir son güeyes súper falibles, llenos de dudas y que se levantan en la mañana y se ponen el calcetín en el mismo pinche píe que yo El tema de genio no es pudor, sino que lo increíble es que todos hacemos cosas que son sublimes. Hay gente que es sublime como hijo, como padre como zapatero. Es tan bonito ver una labor hermosa, sublime que sale de la falibilidad.

*Para leer la primera parte del encuentro con Guillermo del Toro en el que Vanity Fair participó, haz click aquí.