Monica Bellucci por Alex Bramall

La actriz nos contó, entre otras cosas, que no tiene miedo a la edad y por qué su divorcio de Vincent Cassel no representa el fin de su vida amorosa.

En la era del culto a la celebridad, con la maquinaria del entretenimiento global generando nuevos y jovencísimos rostros aspirantes a entrar en el olimpo de la fama a cada segundo y los medios de comunicación abusando hasta la extenuación de expresiones como “mito”, “diva” o “sex symbol” es muy difícil seguir creyendo que realmente existan personas capaces de estar a la altura de esos calificativos.

Hay sin embargo una fórmula para reconocer a una verdadera estrella y es realizarle el test Bellucci: ¿Ha hecho películas con grandes directores de culto de todas las nacionalidades? ¿Ha aceptado papeles difíciles y protagonizado escenas polémicas que pasarán a la historia del cine? ¿Es un símbolo universal de belleza atemporal? ¿Ha recibido premios prestigiosos? ¿Ha posado para los mejores fotógrafos del planeta? ¿Ha formado una y otra vez parte de las listas de mujeres más sensuales del mundo? ¿Cuando entra en una habitación, es capaz de parar el tiempo?

Monica Bellucci (Città di Castello, 1964) en persona sube con cadencia sinuosa la escalinata de mármol del palacio Santa Catarina una mañana de julio sobre unas altísimas plataformas, vestida de negro de la cabeza a los pies y parapetada tras unas grandes gafas oscuras. En torno a ella se genera un suspenso que parece detener el tiempo. Todos los presentes tenemos una infinita curiosidad.

Solo cuando se quita las gafas y saluda con una voz cálida la diva le da permiso al reloj para que vuelva a echar a andar. Bellucci, con sus 52 años de imponente presencia natural, ha conseguido derribar algunas de las grandes barreras de una industria sobre la que constantemente planea el fantasma del sexismo. Para empezar, fue madre a una edad improbable (tenía 40 años cuando nació su primera hija, Deva, de 13 años, y 45 cuando dio a luz a Leonie, de siete) y para estar con ellas decidió no hacer más de una película al año. Esa decisión, la de priorizar a su familia por delante de su carrera, no significó en absoluto el final de su presencia en el cine.

Si Hellen Mirren dijo en una ocasión que era una vergüenza cómo los actores que interpretan a James Bond alcanzan edades geriátricas mientras que sus amantes cada vez son más jóvenes, Bellucci, recién cumplidas las cinco décadas, se convirtió en chica 007. Si Jennifer Aniston ha hablado sobre la presión que existe para que las mujeres nunca envejezcan, el año pasado ella se puso en la piel de una cantante de ópera que seducía a un hombre mucho más joven, interpretado por Gael García Bernal. Si Meryl Streep se ha quejado de que los ejecutivos de Hollywood usan una y otra vez el argumento falaz de que las películas protagonizadas por actrices no venden, ella acaba de estrenar una cinta anticomercial dirigida por el cineasta de culto Emir Kusturica (“Kustirizza”, me corregirá con acento serbio) en la que protagoniza una historia de amor maduro.

Monica Bellucci

Eso no quiere decir, desde luego, que Monica Bellucci no sea consciente de las tremendas desigualdades de género que existen en el cine. Este año, la intérprete ejerció como maestra de ceremonias en el Festival de Cannes y vivió en directo la diatriba de Jessica Chastain, quien fue invitada como miembro del jurado y dijo que el retrato que se trazaba de las mujeres en las películas seleccionadas era “perturbador”. “Claramente hacen falta más directoras. Yo he participado en 55 cintas y solo me han dirigido mujeres en cinco de ellas. Este mundo sigue siendo de los hombres, aunque haya realizadores como Almodóvar que hagan películas a mayor gloria nuestra”. A pesar de todo, su visión es optimista. “Las cosas están cambiando. Mi propio caso es ilustrativo. Isabelle Huppert, Catherine Deneuve, Judie Dench… Aún tienen la posibilidad de hacer grandes papeles. Eso significa que estamos evolucionando”.

¿Le molesta que le pregunten siempre por su edad?
No. ¡Yo la digo sin problema! A nadie le gusta hacerse viejo, pero es una batalla que vamos a perder. Por supuesto, cuando tienes 20 años te agarras a la vida, lo que es normal y bonito, pero cuando te haces mayor ves las cosas con distancia y eso también es interesante.

¿Qué privilegios poseen los hombres en la industria que le hubiera gustado tener a usted?
[Niega con la cabeza, en gesto de reprobación]. Creo que en lugar de llorar y hacernos las víctimas tenemos que estar activas y decir lo que queremos, pero sin agresividad, simplemente diciéndolo y tratando de construir un proyecto. Si como actriz quieres hacer un papel, quizá puedes crearlo, debes intentar generar las condiciones.

Pero, ¿cómo crea una su propio papel?
Persiguiendo lo que quieres llevar a la pantalla. Nicole Kidman está produciendo series. Hay muchos intérpretes que producen y crean sus propias cosas, guste a los demás o no. 

Monica Bellucci

¿Con el paso del tiempo ha llegado a amar más a las mujeres? ¿Se ha dado cuenta de que somos diferentes a los hombres?
Oh, no. No soy feminista de esa manera. No quiero decir que ellas son de una forma o de otra, odio las etiquetas. No me gusta crear guetos. No es un tema de género sino de seres humanos.

Aunque la presencia física de Bellucci es intimidante, su actitud es tan dulce que el mito se convierte muy rápido en persona, y una muy cercana. Atraviesa los salones del palacio de Santa Catarina después de posar para una foto y exclama: “¡Posproducción! ¡Posproducción!”, como sugiriendo que no le importa el retoque de las imágenes que a otros tanto les enerva.

A la actriz siempre se la ha comparado con las mammas del cine italiano (Sophia Loren, Anna Magnani, Claudia Cardinale) y las grandes damas del cine francés (Jeanne Moreau, Brigitte Bardot). De unas tiene la belleza racial y el nervio, de otras, la sensualidad y el misterio. Pero si hay alguien a quien recuerda en el vis a vis es a la única que no se menciona nunca: la rubia Marilyn Monroe. La morena Bellucci calcula la caída sus ojos con enormes pestañas postizas cuando escucha y cuando habla, evalúa la postura de sus labios, siempre medio abiertos. Al oír su hilo de voz uno se la imagina perfectamente diciendo: “Happy birthday, dear president”. 

* Lee el artículo completo en la edición de septiembre de Vanity Fair.