Treinteenagers o hasta que las canas nos alcancen

Los adolescentes tardíos, que siguen viviendo en casa de los papás, conforman un grupo social producto del mundo de hoy.

A los 28 nuestros abuelos ya tenían varios hijos, años de trabajo estable en una empresa, casa propia y una que otra cana. Hoy, a esos mismos 28, es común que muchos vivan en casa de sus papás, no hayan recibido su primer sueldo fijo y que eso de tener hijos no aparezca ni en su imaginación de un lejano futuro. En casos extremos, esa adolescencia tardía a veces se dilata al punto de crear cincuentones de tenis converse y barba blanca, andando en patineta y fumando marihuana.

Resulta evidente que cada vez se retarda más la transición de la adolescencia a la edad adulta. Un fenómeno sociológico que consiste en quedarse por un buen tiempo en esa fase intermedia, estáticos frente a la presión social del deber ser: dar el paso hacia la independencia económica, laboral y emocional, y control absoluto de su vida. Quienes se congelan en dicha etapa son bautizados como treintañeros adolescentes.

Convertirse en “adultescente” o “niñulto” (adultescents, kidult) tiene sus explicaciones en las crisis económicas que cierran espacios y entorpecen la salida de la casa paterna/materna. Fernando Ruíz, sociólogo y especialista en demografía, comenta que “los hitos de transición a la vida adulta han tenido grandes transformaciones, se han retardado porque ha aumentado la esperanza de vida, la gente tiene más tiempo para vivir cada etapa, se han reducido las oportunidades de empleo estable y la familia sobreprotege”.

Además de estos factores, ¿hasta qué punto la proliferación de “treinteenagers” es también una opción o estilo de vida? En algunos casos puede ser una reacción frente a la presión social por estandarizar. Ser “alguien”, lograr cosas o valer como persona se asocia con el éxito laboral y económico, con casarse y tener hijos, y “ser felices para siempre”. El que no entra en esta lógica, de entrada pierde, al menos frente a los demás. Es una vertiginosa carrera de obstáculos, mientras la vida le pasa a uno por encima.

Este tipo de adulto-adolescentes existen en distintos países del mundo.

Otros sueños

Estos adolescentes eternos no buscan un trabajo estable, no sueñan con comprar una vivienda, ni muchos menos sus metas son casarse y tener hijos. El libro “Treeinteenagers”, de los españoles Carlos García y Juan Díaz-Faes, retrata que este grupo de treintañeros se visten, comportan y gozan con actividades más de adolescentes. No anhelan un trabajo estable porque no creen que exista y más bien optan por satisfacer sus necesidades básicas, por lo general como freelancers. Una mirada desesperanzadora del mundo laboral.

Otra característica clave que los describe es que le huyen a enredarse emocionalmente. Creen en el amor, pero sin compromisos ni promesas eternas. Puede que vivan con su pareja, sin la menor intención de protagonizar una boda algún día, o que apuesten por los encuentros sexuales casuales. Son almas adolescentes, atrapadas en cuerpos que empiezan a sufrir los pequeños achaques de los treinta. Un concepto que, según la publicación de García y Díaz-Faes, se resume en que por ejemplo comer papas fritas o no hacer ejercicio empiezan a “pasar la cuenta de cobro” en la salud.

De todos modos, los treinteenagers definen su propio estilo en cuanto a apariencia. Algunos parecen hipsters, otros raperos o punks. Persiste un reconocimiento estético grupal, enfatizan los autores españoles. Además, su forma de vida tiene un cierto tinte de nostalgia: les gustan los objetos retro y adoran las películas viejas (tipo Jurassic Park), aunque siempre actúen como genuinos nativos digitales.

Estos personajes que rondan los treintas, pero en cuyo refrigerador siempre hay comida preparada, han sido merecedores de diversos apelativos. El “niñulto”, por ejemplo, es una persona de mediana edad que participa en actividades infantiles. Son muchos los adultos que visitan Disney World sin niños. “Adultescentes” les llaman a los adultos que viven con sus padres después de acabar sus estudios y dependen de ellos económicamente. Lo poco que ganan lo invierten, entre otras cosas, en ropa, videojuegos, dispositivos electrónicos y restaurantes.

En esta línea, no puede dejar de mencionarse el Síndrome de Peter Pan, que surgió en 1983 en el libro "The Peter Pan Syndrome: Men Who Have Never Grown Up", de Dan Kiley. Hacía referencia a adultos inmaduros en lo social, rebeldes, narcisistas y dependientes, que se niegan rotundamente a envejecer. Y como se trata de un fenómeno que se extiende en diversos países, hoy en Estados Unidos también se habla de los Twixters, una nueva generación de jóvenes aprisionados entre (betwixt, between) la infancia y la adultez. Los Twixters son dependientes de sus papás en lo económico y trabajan en empleos temporales, ganando poco dinero.

Generación Boomerang

Los británicos, por su parte, ponen sobre la mesa a los NEET (Not engaged in Education, Employment or Training: sin estudios, empleo o formación), chicos entre los 16 y 19 años, que abandonan todo y se dedican a no hacer nada. Una especie de generación perdida. Otra variación es la Generación Boomerang. Se refiere a quienes han nacido entre 1975 y 1986 y vuelven a casa de sus papás (boomers) tras una temporada viviendo independientes.

Otro término de Reino Unido son los KIPPERS (Kids In Parents' Pockets Eroding Retirement Savings: hijos entre los bolsillos de los padres que erosionan los ahorros de jubilación), que de algún modo tienen que ver con los nesthocker alemanes, que significa ocupadores del nido. En Francia, a su vez, se les llama mammones o niños de mamá, mientras que los italianos los conocen como bamboccioni, palabra inventada por el ministro de economía de ese país, en 2007, para enunciar a las personas entre 20 y 30 años que todavía viven con sus padres.

Y hasta Japón se extiende el fenómeno. Allá hablan de los freeter -combinación del inglés (free) y la palabra alemana (arbeiter) que quiere decir trabajador- que también describe a aquellos que tienen entre 15 y 34 años y viven en casa de sus padres. Brincan de trabajo en trabajo, en búsqueda de mayor seguridad, e invierten horas en los cafés manga navegando en Internet. Son miles los freeters en Japón, por lo cual ya conforman un nivel económico y social, que emergió de la recesión de la década de 1990, y que sobrevive y se multiplica con el tiempo.

Sea por crisis financieras, factores sociológicos o rupturas estructurales en los esquemas demográficos, la tendencia es a no tener ningún afán por madurar: inmersión en los videojuegos, trabajos para sobreaguar, alacena llena, cero deudas, cero planes futuros y cero frustraciones laborales. En pocas palabras, un miedo infinito a crecer. No es para menos, ¿quién quiere ser adulto como está el mundo hoy?