Mandamientos para alcanzar la gloria

Isaac Hernández, el mexicano que conquista la danza internacional.

Los médicos le dijeron que no podría volver a bailar. Pero, hoy, a sus 26 años, el niño que en vez de ver televisión escuchaba las historias de su padre sobre danzantes que volaban, ha llegado más lejos que ningún otro ejecutante mexicano. El 12 de agosto el bailarín Isaac Hernández presentará en el Auditorio Nacional su proyecto Despertares. Recuperamos la entrevista sin límites que nos concedió en nuestro número 22, donde nos hablaba de sus inicios, del esfuerzo que conlleva ser una primera figura y de cómo surcar los cielos.

Primer mandamiento: No cargues bicicletas sino bailarinas. El recuerdo es nítido: “Yo tenía ocho años y mi papá nos llevaba a mí y a mis nueve hermanos al parque en una combi que teníamos en aquellos tiempos”. A Isaac le tocaba subirse al toldo para recibir todas las bicicletas y acomodarlas. Su papá, el maestro de danza Héctor Hernández Valle, las cargaba y se las daba pero no le decía “ten la bici de tu hermano Esteban”, sino que las sostenía por el cuadro y le decía “ahí te va Elisa Carrillo; ahí te va Simona Noja”. El niño Hernández las sostenía de la cintura y, con una cargada media, las acomodaba arriba de la camioneta.

“Todo en mi vida, siempre, estaba relacionado con el tema del ballet. Y una vez que esta disciplina se implementó en casa, cambió mi vida y la de todos mis hermanos”, rememora el joven bailarín.

Ahora, tiene entre sus brazos a Tamara Rojo, pero a la verdadera. La bailarina española, la más internacional de su país en lo que va del siglo, que forma parte del proyecto Despertares, una gala de danza que Isaac ha presentado en la Ciudad de México y Guadalajara con ayuda de la Secretaría de Cultura de Jalisco y su propia productora, Soul Arts Productions, en donde se presentan los bailarines de las mejores compañías de danza del mundo. Esta gala tiene como objetivos ofrecer una nueva oportunidad de acercarse al ballet, “que deje de pensarse que cuando un niño quiere dedicarse al ballet se va a morir de hambre”; modificar la mentalidad de los espectadores, “me he dado cuenta de que a veces bastan 5 segundos de ballet para que la gente cambie sus prejuicios” y contribuir a romper el círculo vicioso de la educación artística en México, afectada por los vaivenes de la política, “parece como si cada cinco años tuviéramos que empezar desde cero”, acota Hernández.

En 18 años de trayectoria profesional se ha colocado como el bailarín más destacado de México, continuando la línea que trazó el magnífico José Limón, considerado el predecesor de la danza moderna. Ese es el prestigio que lo tiene ahora viviendo en Londres y trabajando como bailarín principal del English National Ballet. 

Segundo mandamiento: Ten fe. Isaac estaba acostado en el piso de su departamento en Filadelfia, Estados Unidos. Esperaba un milagro. “Tenía 14 años”, dice. Rectifica: “No, tenía 15”. Duda: “O eran 14 y estaba por cumplir 15”. Al contar su vida, esta es la única etapa en la que titubea. En aquellos días no podía estar en cama porque el colchón le lastimaba: su espalda era la de un viejo. Ya no recuerda con exactitud las palabras del médico cuando le diagnosticó el desgaste de sus discos. Pero sí puede recrear la imagen con que le explicó que ya nunca podría bailar de nuevo: “Me enseñó una dona, de esas que están rellenas, y me dijo: ‘Este es tu disco y esto le pasó’”. El médico apretó la dona y se le salió el relleno. “Tus huesos están a punto de tocarse y cuando lo hagan, no vas a poder mover las piernas”, advirtió.

Para entonces, Isaac Hernández ya había impuesto la marca de ser el bailarín más joven en ganar dos veces el Youth American Grand Prix, tenía medallas de oro del Concurso Internacional de Odysseé de la Danse y del USA International Ballet Competition, además del Premio a la Excelencia Técnica que la Sociedad de Ballet del Kirov solo ha entregado a tres bailarines, Rudolf Nureyev entre ellos.
Pero Isaac Hernández era un adolescente. Y como todos, a su edad, era necio, inconsciente, voluntarioso. “Yo decía: no es posible que mi vida ha sido todo lo que ha sido, para que termine a los 15 años con esta lesión”. Buscó una segunda opinión, una tercera, cuarta. Mientras le repetían el diagnóstico, su pierna izquierda perdía sensibilidad. “Ya no podía caminar bien, perdí músculo”, acota.

Hasta que llegó con el cirujano de cabecera del equipo de futbol americano Águilas de Filadelfia, quien le dio dos opciones: operarlo y con ello detener su carrera diez años, aún con el riesgo de perder sensibilidad para siempre o hacer un tratamiento de fortalecimiento interno, que tampoco era garantía, pero le daba una cierta posibilidad de regenerar los discos de su columna en un lapso de un año.

Optó por el segundo, pero tuvo que mantenerse literalmente tirado durante tres meses en el piso de aquel departamento en Filadelfia a donde había llegado cuando tenía 12 años para estudiar en The Rock School of Dance Education, sin levantarse más que para ir al baño. “Lo que me mantuvo ahí fue el sentimiento de que no había terminado lo que tenía que hacer con el ballet”.

Junto con los dolorosos ejercicios terapéuticos para activar músculos al interior de su espalda, recibió sesiones de acupuntura. Así estuvo seis años. A veces contento de ver su progreso y, otras, frustrado porque su cuerpo ya no bailaba como antes. “Pero finalmente —explica Isaac— hace cuatro años me sentí normal, dejé de pensar en eso y entendí que en adelante tenía que aprender a bailar de manera diferente porque ahora tengo un problema de toda la vida”.

Isaac Hernandez Vanity Fair 2

Tercer mandamiento: Usa tu imaginación, no la televisión. “Y entonces —le contaba su papá— el bailarín voló”. Isaac se lo imaginaba. Luego lo imitaba, volaba también. ¿Por qué? Porque en su casa no había televisión. “Ahora entiendo que era una broma porque yo tenía imágenes de ballet creadas en mi cabeza, no tenía puntode referencia más que mi imaginación. Mi papá me contaba historias de bailarines que giraban, dabas muchísimas vueltas, que saltaban hasta volar. Entonces yo creaba imágenes que después me encargué de hacer realidad, hasta cierto punto”.

No tuvo tele, pero sí clases personales impartidas por su propio padre, quien dejó la danza porque de pronto se vio con 11 hijos, de los cuales Isaac ocupa el séptimo lugar. Las clases se impartían en el patio de la casa, en donde volteaban un bote de pintura, “de esos de a 20 litros”, recuerda con una sonrisa, para poner encima una grabadora y ensayar diario.

La primera televisión que llegó a casa de los Hernández fue cuando uno de sus hermanos mayores cumplió 17 años. Se colocó, además, en una habitación a donde solo podían entrar adultos o niños a ver películas bajo la supervisión de los padres.Pero ya para entonces, Isaac volaba. Su padre había podido construir en casa un salón de ensayos, con ayuda económica de sus propios alumnos. Isaac se inventó como bailarín, como un hombre sin límites, por eso las fronteras le molestan, por eso dice no comprender el fanatismo religioso y el terrorismo.
—¿Vives con algún tipo de miedo frente al terrorismo que hay en Europa?
—El miedo paraliza y el miedo es consecuencia de una idea preconcebida. Yo no acostumbro darle rienda suelta a esas trampas de la mente.
—¿Cómo te afectará el Brexit?
—No lo sabemos aún, podría ser que afecte la permanencia de los bailarines en la compañías, así como su participación en las giras europeas. Necesitamos esperar, no ceder ante el temor.

Cuarto mandamiento: Pierde… pero no dejes de bailar. Hasta los diez años todo fue éxito. De cada competencia nacional regresaba con medalla. Llegó el tiempo de cruzar fronteras. Fue a República Dominicana para su primera competencia internacional. Perdió y regresó con nada. Al volver a casa, su padre lo sentó para hablarle: “¿Realmente quieres ser bailarín o lo estás tomando como un hobbie?”, escuchó el pequeño Isaac.

Visto a la luz de su biografía, aquella pregunta dio origen al mejor bailarín mexicano de lo que va del siglo XXI. Héctor Hernández Valle le advirtió a su hijo: “Tu vida va a ser muy difícil, nunca vas a parar porque cuando dejes de tomar clase, el primer día te das cuenta tú, al segundo se da cuenta tu entrenador y al tercero, el público. Porque si eres un bailarín que no vive su potencial al máximo, vas a pasar muchas tristezas”.

Tres años después ya tenía una calidad técnica que muy poca gente podía presumir y que lo llevó a formar parte en 2005 de Los gigantes de la danza, un espectáculo que reunió a los nueve bailarines más importantes en ese momento (provenientes del American Ballet Theatre, la Ópera de Viena, el Kirov y el Royal Ballet de Londres) y en el cual muchos cuestionaron su participación por su corta edad.

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Quinto mandamiento: Cree en Einstein y, de vez en cuando, desobedece a tu madre. El bailarín mexicano recién leyó la biografía de Albert Einstein y descubrió que piensa como él: es imposible que el mundo sea una coincidencia. “Me gusta pensar que las personas tienen un propósito en la vida”, dice Hernández. Y el suyo lo cumple aunque en dos ocasiones ha implicado no hacerle caso a su madre.

La primera fue cuando tenía la lesión en la espalda. Viviendo el momento más complicado de su rehabilitación, su madre le habló de Jalisco a Filadelfia a por teléfono: “Regrésate”. Contestó que no y en el auricular reinó el silencio, luego el clic final.

Firme, Isaac consiguió convertir aquellas negativas en la palanca de su recuperación. “Yo sabía que no había terminado con lo que tenía que hacer en el ballet”.

Lo mismo sucedió cuando decidió dejar el San Francisco Ballet luego de haber sido su solista por apenas dos años; faltaban solo unos días para conseguir su residencia. Otra vez su madre le llamó: “Quédate ahí”. Respondió que no e hizo maleta para el Dutch National Ballet. Esta vez, su madre dejó de hablarle durante una semana. Ahora lo recuerda con humor porque sabe que a pesar de los consejos maternales, Einstein tenía razón: Dios no juega a los dados. O como dice él: “Si eres una persona consciente de tus sentimientos, puedes entender tus tiempos en la vida”.

Sexto mandamiento.
Despierta y sé feliz. El ballet en casa de los Hernández fue una válvula de escape. Isaac lo vivió de manera tan natural que ni siquiera resintió el bullying que podría provocar su vocación dancística, cuando estuvo un tiempo en una escuela de educación formal. “Mis amigos, al contrario, me veían con respeto. Yo hacía piruetas y ellos se asombraban”. Aunque lo que sí se topó fue con la ignorancia: cuando ganaba concursos, no faltaba quien se acercara a preguntarle “¿Y cuándo vas a ir a las Olimpiadas?”

Es por eso que pensó en construir Despertares, un proyecto con el que quiere transmitir no solo una manera de ver el arte, también la vida. Esa mentalidad comienza precisamente en su afán por compartir su triunfo.
—¿Cuál, Isaac, es tu mayor triunfo?
El bailarín alto se reclina sobre la silla, mira directamente a los ojos con una profundidad indecible:
—No me lo creerás, pero es el poder darle al público esto que he conseguido personalmente, hacerlo un éxito de todos. No me importa el triunfo individual, para mí, sino compartirlo.

Supone bien. No podía ser de otra forma en aquella casa donde se crió con sus diez hermanos. “Éramos once hijos y compartíamos todo, la ropa pasaba de generación en generación”. Lo mismo que con los juguetes, incluyendo aquellas bicicletas-bailarinas que cargaban al techo de la combi familiar para ir al parque.“Te digo que no me lo crees… Mi mayor éxito es ser feliz, en eso residía la fuerza de mi imaginación cuando niño, en ser feliz, siempre”.

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Entrevista publicada originalmente en la edición de enero de Vanity Fair