Guillermo Arriaga, el cazador salvaje

El escritor y guionista, sobre por qué hacer cine es una tarea colectiva, el agotamiento de las ideas y por qué 'El salvaje' es una novela total.

El escritor es un cazador cuya presa son las buenas historias. Esta podría ser una metáfora, pero en el caso de Guillermo Federico Arriaga Jordán (Ciudad de México, 1958) es una descripción autobiográfica. Sentado en el sillón de la sala de su casa, ataviado de negro, Arriaga se confiesa “feliz y optimista”. Pero es también crítico y arriesgado ante el éxito o el fracaso, egoísta pero no ególatra, progresista aunque triste con la izquierda mexicana y ciudadano harto del asalto político, aunque esperanzado en el cambio social. “México se enfrenta a reescribirse. A renovar una novela muy mal escrita”. Es feroz cuando denuncia la corrupción y la impunidad que generan miseria, pobreza e injusticia. Identifica de inmediato a los responsables: “Tenemos una clase política que se mete a eso solo para saquear. Está alimentada de lo peor que puede haber”. Pero mantiene el optimismo cuando se sorprende por la cantidad de mexicanos generosos que encuentra a su paso. “Este país no está del todo perdido. Hay una gran fuerza de trabajo que incluso mueve a la economía estadounidense. Tienen muchos huevos”.

Sus inicios como escritor no fueron dulces y enfrentó de primera mano las dificultades de hacerse un nombre. Escuadrón Guillotina (1991), su primera novela, le valió alzarse con la beca Bellas Artes de Literatura. El académico Hugo Hiriart fungió como su tutor y le destrozó su escrito en la cara. “¿Quién te dijo que esta es una novela? ¡Es espantosa!”, le cuestionó el ganador del Premio Nacional de Ciencias y Artes 2009. Cuatro años después, el propio Hiriart presentó la novela de Arriaga. El cazador que entonces fue presa tomó valor y le preguntó por qué había hecho eso. “Para ver si eras de verdad, porque los escritores deben tener doble piel". Aquella novela que le valió ser cuestionado hoy está en vías de llegar a la pantalla grande en una adaptación que él mismo dirigirá.

En marzo pasado recibió el premio de literatura Mazatlán 2017 por El salvaje. Se trata ya de su cuarta novela. Destinó cinco años de su vida a escribirla. No hizo cine, tampoco guiones. “Le dediqué el cien por cien de mi vida y fue una madriza. Escribir es más duro y complejo que dirigir o producir. Y una novela conlleva un trabajo de monje, de muchos años solo clavado en eso. Con el bemol que no estás teniendo ingresos y tienes que pagar colegiaturas, carros, prediales”.

¿Le tiene miedo al agotamiento de sus ideas?
No. Por eso trato de ser dedicado. Darle cinco años a un libro porque yo no sé cuántos me van a salir y más me vale que sean buenos, que la obra que me sobreviva tenga calidad, porque si no…
Arriaga no se le puede concebir sin el cine. Ahí adquirió fama gracias a la sociedad que formó con el ganador del Oscar Alejandro González Iñárritu. Juntos, Arriaga como guionista y González Iñarritu como director, fabricaron un momento único e irrepetible para la cinematografía nacional: Amores perros (2000), 21 gramos (2004) y Babel (2006), la tercia fílmica que los colocó no solo en la mira de Hollywood sino en la boca del mundo. “Lo puedo decir con orgullo, Amores perros cambió la mentalidad en el cine mexicano. Pasamos del ‘quién sabe si podamos’ al ‘por supuesto que podemos’. Fue un parteaguas, México tenía cuatro décadas de no ser nominado al Oscar”.
El mundo parecía haber encontrado la complicidad perfecta. Sin embargo, entre el tándem se produjo una ruptura que se convirtió en uno de los momentos más polémicos en la carrera de ambos y que acaparó los titulares. La discusión fue detonada por el eterno debate: la autoría del filme. ¿Es este del guionista o del director? ¿Es una actividad colaborativa? A una década de aquella separación (bastante pública), Arriaga sentencia, contundente, que la relación “está muerta”. El gusto que los unió al principio no pudo superar las diferencias de fondo. “Tuvo que ver con acuerdos no cumplidos, con motivos financieros, con razones de crédito y hasta con formas de ver el mundo. Somos muy distintos en visiones ideológicas y en nuestra concepción de qué debe ser cultura. Era un ruptura anunciada”.

Arriaga es salvaje cuando habla de su oficio, de su pasión; cuando pelea por dar justo reconocimiento a los escritores cinematográficos. También lo es cuando asegura que es muy pequeño llamarlos simplemente guionistas. “El cine es el único arte en donde el autor primigenio no está reconocido como tal. Cuando hay una voz particular y un mundo particular, el director no tiene manera de decir que la película es de él”. Y, aunque parezca contradictorio, por eso ya no está dispuesto a volver a escribir para otro director.

¿Se curó de espantos?
No es eso. Me gusta mucho dirigir. ¿Por qué me voy a eximir del proceso que tanto me atrae? Escribir es durísimo como para no gozar del proceso de construir una película y dirigirla.

¿Para saborear todas las mieles del triunfo?

No, esas no me importan. Me importan las mieles de la colaboración. El acto de escribir es muy solitario, entonces poder voltear hacia alguien y decirle: “No tengo idea qué sigue” es maravilloso. Eso no implica que no haya rigor. Pero tampoco significa que estés de mal humor. Me divierto mucho filmando.

Dirigir un guion de otros, ¿eso sí podría hacerlo?
En cine preferiría que no. Si yo te dijera las películas que he rechazado para escribir… Me han ofrecido lo mejor que ha habido en el cine en los últimos años y he decidido no tomarlo.

En su obra, ya sea fílmica o impresa, Arriaga plasma la violencia, la degradación social. No es para menos, pues el cazador incluso se ha visto limitado por el narcotráfico. Le ocurrió en sus visitas a un rancho de Tamaulipas donde lo invitaban de cacería. “La última vez que fui llevé a mi hija y me mandaron por una ruta diferente. ‘¿Por qué me mandaste por ahí, compadre?’, le pregunté. ‘Porque hay un retén de Los Zetas’, me dijo. ‘¿Y por qué no me dijiste, compadre? Para no traer a la niña’. Mariana tenía como 16 años. Estaba muy chica como para andar ahí en el monte”, rememora. Hoy sus hijos Mariana y Santiago compiten en el Festival Internacional de Cine de Morelia con el corto Libre de culpa, una pieza anterior del propio director.

¿Se abusa de la violencia en la industria del entretenimiento?

No creo, para nada. Ve el cine mexicano, las películas que han estado en boca de todos en los últimos años son Nosotros los nobles, ¿Qué culpa tiene el niño?, Tres idiotas

¿Entonces a qué se deben éxitos como House of Cards o Breaking bad?
A que a la gente le gusta ir a los extremos. La mayor parte de la gente no se atreve en la vida y, como sea, el que llega a la violencia se atrevió a algo, a romper un límite, y eso es atractivo.
Pero cuando le pregunto sobre la realidad de esa violencia, Arriaga vuelve a su piel de crudeza. “México vive una guerra civil escondida con 250 mil muertos. El narco puede darle la vuelta al país y convertirse en un Estado paralelo”.

¿Está peor que un thriller político, no?
El narco es un ejército de desposeídos cobrándose venganza de alguna manera. Es un reto para ver quién tiene más capacidad de saqueo. Y cuando el narco le de la vuelta a este país, se van a empoderar, le van a dar la vuelta al sistema.

¿Por desesperación?

Por eso y por codicia. Si no hubiera corrupción e impunidad, México ya estaría en otro nivel. Hay que cambiar el modelo económico.

¿Hoy son más largos los brazos del narco?
En lugar de estar hablando de lo largos que son hay que ver lo corta que es nuestra visión política para decir hasta aquí llegamos. En algunos años vamos a decir: “Qué estúpidos fuimos al no legalizar las drogas”.

Y esa estupidez involucra también corrupción e impunidad, ¿no?
Yo creo que la corrupción y la impunidad son el caldo de cultivo del narcotráfico y no a la inversa.
 

Guillermo Arriaga


Arriaga es un devorador de libros, de documentales, de biografías, de películas, de música, de información. Le viene desde la cuna. Con su experiencia trabajando en México, Estados Unidos, España y Latinoamérica ubica al mundo en un momento de ruptura sistémica. El neoliberalismo económico, según su óptica, está a punto del quiebre. Lo que el mundo occidental impulsó en los 80 se resquebraja.
Para él, Ronald Reagan, Margaret Thatcher y el papa Juan Pablo II son, involuntariamente, los creadores del momento actual, los abuelos de la victoria de Donald Trump. Cuando estos tres personajes decidieron apoyar el capitalismo voraz, a través del modelo económico neoliberal, me explica, se dedicaron a desarticular organizaciones obreras, a favorecer el corporativismo y a descalificar cualquier aire de rebelión social. “El gran asesino de la solidaridad social fue Juan Pablo II. Con su autoridad moral trató de desarticular cualquier movimiento progresista”. Y agrega: “Thatcher deshizo los sindicatos en Inglaterra y Reagan favoreció a los corporativos más grandes, yo digo que walmartizó al mundo”. 

Trump apostó por combatir lo políticamente correcto y mira…

No hay que hablar del síntoma, hay que hablar de la enfermedad. Trump no es más que la manifestación de procesos muy complejos que se dieron desde los 80. 

¿A quién le habla hoy Trump? 
A la gente que fue abandonada por el sistema. Y como son los obreros del imperio pues son los primeros en quejarse. El obrero mexicano, el guatemalteco, el senegalés no tienen con qué protestar. 

¿Qué le dice el proceso de renegociación del Tratado de Libre Comercio?
Si Estados Unidos lo cancela, retrocedería 20 años. De eso no se dan cuenta. Los condados trumpistas, que hablaron tan mal del país, están descubriendo que su principal comprador es México.

Hoy, a punto de los 60 años de edad, Guillermo Arriaga es un trabajador salvaje, imparable. Y nos revela sin soltar datos que gracias a un gran proyecto para la televisión de paga gringa que tiene por delante vienen para él al menos 10 años sin descanso. No obstante, en el fondo, el cazador piensa en el retiro, en jubilarse como escritor pero nunca como cazador. Digamos que imagina un retiro optimista: “Mi sueño es comprarme un rancho en la frontera entre Coahuila y Texas e irme a vivir allá, compa. Y cazar lo más que se pueda”.