Bosco Sodi: "Estamos gobernados por una serie de hampones"

Hablamos con el pintor, que expone en el MUNAL, sobre arte, altruismo y por qué los políticos degradan el núcleo social.

Bosco Sodi ama los grandes espacios. Y el mar. Y justo eso es lo que siempre procura para crear sus obras de magnitudes descomunales. Desde que empezó a explorar sus inquietudes artísticas en Barcelona, hace casi dos décadas, hizo esfuerzos por conseguir un estudio de trabajo amplio y luminoso con el fin de concebir obras de dimensiones fuera de lo común. Y en los cinco sitios del mundo en los que reside durante el año trata de replicar ambientes semejantes. Nació en Ciudad de México en 1970 y exuda orgullo por sus raíces, pero su entusiasmo se desvanece cuando habla de los gobernantes del país. Y manifiesta una rabia casi incontrolable al abordar la realidad política como detonante inicial de la conversación.

“Estamos gobernados por una serie de hampones”, dice de manera llana. “Por un cinismo de vómito. Hemos tenido puro inutil como gobernante, se degrada cada vez más el tejido social y hasta la política cultural la manejan grupúsculos… Es tristísimo todo”.

Imágenes de la obra de Bosco Sodi en su estudio.

Quizás Bosco siente la política a flor de piel porque en estos días realizará una instalación en un área del downtown de Nueva York, Washington Square Park, bajo el título El muro. Le inquieta México. Le inquieta también la política migratoria del presidente estadounidense Donald Trump. Y esta es su forma de protesta. La obra consiste en una pared de ocho metros de largo por dos de altura formada por 600 polines de barro hechos a mano por artesanos de Oaxaca. El público podrá colaborar en levantar el cerco y, tras la exhibición, se desarmará y cada participante podrá llevarse uno de esos polines con la firma del artista.

Este es el Bosco político. Pero no el único. Rápidamente refleja que su vida está marcada por pasiones profundas, inquietudes artísticas y sociales, sueños y desafíos. Hay otro Bosco de dimensiones espirituales que tiene enraizadas desde niño, quizás porque su padre lo bautizara con el nombre de Bosco en honor a San Juan Bosco, y haya integrado una especie de trinidad familiar bajo la estela del santo. “Mi padre, un científico destacado y con una trayectoria profesional sólida, se llama Juan; a mí me pusieron Bosco y ahora uno de mis hijos lleva el nombre de Juan Bosco”, dice con una leve sonrisa que rompe su permanente halo de seriedad. 

Retrato de Bosco Sodi.

Hay también un Bosco con una visión de aliento hacia México, que lo impulsa a trabajar de manera comprometida con la fundación que estableció hace tres años en la costa de Oaxaca: Casa Wabi. Allí respalda tanto a jóvenes creadores como a la comunidad de la zona en el desarrollo de programas artísticos, de sustentabilidad agrícola y talleres artesanales. Bosco tiene una expresión melancólica perenne, pero al hablar de este proyecto en particular su rostro se ilumina. “Me importa mucho Casa Wabi, ya casi 6,000 niños han tenido la oportunidad de participar en talleres de escultura de barro, en ciclos de cine, o han aprendido a tocar instrumentos musicales. Los seis artistas en residencia invitados encuentran un albergue para realizar su trabajo creativo y solo deben cumplir una condición: involucrarse como mentores en los programas sociales que desarrollamos”, explica.

Otro Bosco, el autor, es el que menos se revela. Es cauteloso con sus palabras. Guarda silencio. Mira fijamente a su interlocutor. No le gusta hablar de su obra, integrada principalmente por cuadros gigantescos en altorrelieve creados con todo tipo de materiales naturales: aserrín, barro, pigmentos, tintes... Superficies que explotan en colores monocromáticos o encendidos, tonos tierra o gama de rojos que son fuego puro. Cautivan a espectadores, críticos y coleccionistas de todo el mundo. O encienden polémicas.

En primer plano, pintura e instalación escultórica en fase de preparación. Al fondo se observa la estatua de la Libertad.

Y hay también un Bosco Omega, por definir a alguien a quien resulta difícil atrapar en un concepto simple. Es tal vez un reflejo de lo que es su obra: la fusión de tierra y aire, gravedad y liviandad, pasajes que entrelazan zonas oscuras y diáfanas. Es el Bosco, quien desde niño creció en un ámbito que describe como “de amor a la cultura y la vida”, con un padre que extendía su profesión de ingeniero químico a la cocina, experimentando con recetas, destilando alcoholes, haciendo su propio vino... Y una madre maestra que amaba la lectura, la pintura de Picasso, el teatro y la ópera.

Eso marcó en Bosco un gran sentido de la curiosidad, la brújula que a sus 46 años sigue rigiendo su vida. No hay más reglas.Todo lo demás es una conjugación del verbo aburrir. Esta faceta suya es quizás la más accesible. Recorre el espacio de su estudio a zancadas y cuenta con entusiasmo, por ejemplo, que disfruta mucho de su familia (“Me encanta viajar con mi esposa y mis tres hijos, adonde sea. Soy hiperactivo, debo estar en constante movimiento, tal vez por eso nado”), de su círculo (“Mis verdaderos amigos están en México, tengo la suerte de tenerlos muy buenos, gente honesta y positiva”), y de las ciudades que más ama (“Todas tienen algo impresionante, pero me quedo con Berlín, es la mejor para trabajar, me permite pensar en la obra. Y Nueva York, donde encuentro todo tipo de culturas”).

* Lee el artículo completo en la edición de agosto de Vanity Fair.