Poder en el exilio

Marie Thérèse Hermand de Arango nos habla, sin reparos, de sus inicios en Egipto y posterior consolidación en México.

Marie Thérèse Hermand de Arango me recibe en su oficina del Museo de Arte Popular (MAP). Un espacio abierto, diáfano y repleto de artesanías y recuerdos, reflejo de su esfuerzo por impulsar el trabajo de los mexicanos. Es una sobreviviente de la revolución socialista de Gamal Abdel Nasser (proclamado presidente de Egipto en 1956 e impulsor de la nacionalización de la economía del país, entre otras medidas), inmigrante, exiliada y, hoy en día, una de las mujeres que encabezan la lista de la alta sociedad mexicana.

“Trátame de tú que, aunque sea vieja, me encanta”, me pide nada más sentarnos. A pesar de su extremada amabilidad, su dulce acento afrancesado y su siempre sincera sonrisa; su mirada directa, penetrante y en cierto sentido intimidante, hacen que tutearla no sea tarea fácil. Se sirve un vaso de agua y toma asiento, “trato de tomar mucha agua”, cuenta. Dentro de la curiosa composición de su atuendo, destacan las solapas de su blazer, con sendos tréboles acomodados en primer plano. “Este es de Luz Tapia, una diseñadora española. Me lo puse esta mañana porque voy a tener un evento y nos puede traer suerte”, se justifica. Marie Thérèse Arango teme a la muerte y cree rotundamente en la suerte. “No sería egipcia si no lo hiciera”, apunta. Su historia de vida la ha hecho una mujer dura —aunque lo disimula bien—, contenida en lo que a expresar sus emociones se refiere, segura de sí misma e independiente, “Mis padres me dieron una educación abierta e incluyente; me enseñaron a lidiar con el mundo y a tener interés por él”.

 

El 22 de noviembre de 1963 el mundo entero se paralizó ante el súbito atentado que terminó con la vida del presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy. Ese mismo día, en la ciudad de El Cairo, Egipto, a Marie Thérèse Arango la arrancaban abruptamente de su tierra: “Yo no salí de mi casa, la casa me sacó a mí”. La filántropa tenía 15 años cuando tuvo que abandonar la vida que hasta ese momento conocía: “Era tan joven que no medí mucho las consecuencias. Lo único que me dolía enormemente era irme de mi tierra, tenía dos hermanos mayores que ya nos habían dejado y muchos de mis amigos ya se habían ido porque la revolución los había echado”.

Por la condición de extranjero de su padre, el hostelero belga Marcel J. Hermand, y la posición acomodada que su madre, terrateniente egipcia, la familia se vio forzada a salir del país ante la inminente nacionalización de la economía, por parte del nuevo mandatario. La primera parada de su exilio fue Nueva York, donde su padre había aceptado un trabajo en el Hotel St. Regis, a principios de los años 60.

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