Patricia Hearst, alias 'Tania': el secuestro más famoso del siglo XX

Se cumplen 40 años de la detención de Patricia Hearst, la heredera multimillonaria que se enamoró de sus captores y delinquió por ellos.

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A los 19 años, Patricia Hearst era una jovencita multimillonaria –nieta del magnate de la prensa William Randolph Hearst y perteneciente a una de las familias más ricas de EE.UU.– que, en su coqueteo con el aire de los tiempos, se enamoró de un profesor de guitarra. Él era un chico de izquierda y algo hippy con el que planeaba casarse y junto al que vivía en un apartamento del campus de Berkeley. Pero el 5 de febrero de 1974, unos desconocidos entraron en su casa, redujeron a su novio con melena y a un vecino con ganas de ayudar y, al secuestrarla, modificaron tanto el rumbo de una biografía previsible que, además de su apelativo cariñoso, “Patty Hearst” es el título de una película de Paul Schrader.

La bella Patty entró así en una suerte de yincana revolucionario-lisérgica aderezada con promesas de amor tan rocambolesca que solo se entiende repasando, uno a uno, los hechos posteriores a su secuestro.

Mientras medio mundo se preguntaba qué había sido de la heredera, ella pasaba días y noches encerrada en un armario y sometida a vejaciones de todo tipo por los integrantes del grandilocuente Ejército Simbiótico de Liberación (SLA). Hay que reconocer que la banda atinó con la elección de su víctima en su empeño por hacer llegar su mensaje a las masas. El problema es que su mensaje era muy largo: "Somos una entidad armónica surgida de entidades y organismos capaces de vivir en profunda y amorosa armonía, así como en compañerismo, en interés de la entidad”. En los setenta todavía no se sabía que un mal eslogan arruina reputaciones.

Los "simbióticos" creían en el liderazgo del Tercer Mundo para un eventual proceso revolucionario de orden planetario. Y sabían que el Tercer Mundo empieza siempre al lado de casa, así que convirtieron el secuestro de Patty en un chantaje a las autoridades y a su padre, que debían cumplir una condición cada uno: liberar a dos militantes del SLA presos en San Quintín y entregar “una cesta con comida de calidad por valor de 70 dólares” a todos los californianos pobres. Lo de los reclusos ni se valoró. Pero las crónicas de la época cuentan que el padre de Patty gastó millones de dólares en alimentos que repartió por la Bahía de San Francisco. Sin embargo, la comida no fue de la calidad deseada por los secuestradores –que tenían la comanda clara y pedían pavo, jugo de tomate y latas de carne superior entre otras viandas– y la chica no apareció en la fecha acordada.

Pasaban las semanas y el secuestro más mediático de la época se dilataba hasta que, un par de meses después de su rapto, Patricia comunicaba a través de una cinta casette que formaba parte del grupo terrorista y que estaba dispuesta a “quedarse y pelear”. También aprovechaba la ocasión para pedir que no la llamaran más por su nombre, que ahora prefería responder al de Tania, en recuerdo y honor a otra sediciosa célebre, la compañera sentimental del Ché Gevara, Tamara Bunke, alias “Tania”.

Pero las sorpresas solo acababan de empezar. A los pocos días, las cámaras de seguridad de un banco de San Francisco grababan a varios asaltantes con carabina entre los que se encontraba Patricia. Además de ir armada, la heredera iba conjuntada como la perfecta revolucionaria de los setenta.

A su impactante foto con el logo del Ejército Simbiótico no le faltaba ningún un elemento de atrezo, quizá porque con la subversión pasa como con el dinero y el amor, que no se pueden ocultar. Y Patricia –ya Tania-, no solo no lo ocultó, sino que tras la muerte de uno de sus captores a manos de la policía cuando esperaban detenerla a ella, envió otra cinta en la que confesaba un amor platónico por un tal Cujo, “el más gentil y hermoso hombre que he conocido”.

Tan platónico y entregado era el romance que en la cinta decía “nunca Cujo ni yo habíamos amado de la forma que lo hicimos. El establecimiento de nuestra relación fue también un compromiso con la lucha y el amor por nuestro pueblo”. Pasaron los meses y el seguimiento mediático del caso pasó a formar parte de la vida diaria de los estadounidenses. Detenían jóvenes que se le parecían, aseguraban haberla visto en lugares como Honduras o Hong Kong, cada dos por tres se cubría un asalto policial en el que ella podía caer...

Más de año y medio después de su secuestro, el 18 de septiembre de 1975 fue arrestada por fin. Patricia siguió sorprendiendo a autoridades y allegados. Cuando, en la ficha carcelaria le preguntaron su profesión omitió el hecho de que en los tiempos de el de la guitarra y el campus había obtenido una brillante licenciatura en Zoología y aseguró que ella era “guerrillera urbana”.

Con estos mimbres, meses más tarde se inició uno de los juicios más famosos de la historia de Estados Unidos. Abogados de tarifas imposibles recurrieron al atenuante más moderno que encontraron aunque sin jurisprudencia todavía ni aunque fueras la nieta del inspirador de Ciudadano Kane. En 1976, el Síndrome de Estocolmo apenas se conocía, había surgido tres años antes en un lejano país escandinavo, también con un idilio entre secuestrada y secuestrador y los abogados no convencieron al tribunal. Así que Patricia escuchó una sentencia de 35 años. Luego una de 10. Y finalmente solo cumplió 22 meses gracias a una amnistía que concedió el presidente Jimmy Carter y fue indultada definitivamente por Bill Clinton en los noventa.

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