Hassan II: el rey cruel que atrajo a los Rolling Stones

Se cumplen 16 años de la muerte del controvertido monarca alauí, gran amigo del Rey Juan Carlos de España.

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Hassan II fue un hombre cruel, un playboy y tuvo mucha suerte. Los marroquíes, que le temían más que a la propia muerte, decían que tenía “baraka” por su proverbial capacidad para salir vivo, física y políticamente, de hasta seis rebeliones o tentativas de asesinato. La más sonada fue en 1971, cuando cumplía 42 años, mientras lo celebraba en uno de sus palacios, en Skhirat, al sur de Rabat al estilo lujoso y derrochón que le gustaba: con más de cuatrocientos invitados, que podían entretenerse jugando al golf, a tenis o al tiro cuando no degustaban el generoso banquete celebrado al mediodía.

La fiesta iba de maravilla hasta que dos mil soldados entraron en palacio para matar al rey. Murieron 130 personas acribilladas (al principio los invitados pensaron que eran fuegos artificiales) pero Hassan II se escondió en el lavabo de hombres con algunos miembros fieles de su guardia personal. Cuando el sonido de la metralla terminó, el soberano salió de su escondite, miró fijamente a los ojos al jefe de los rebeldes y le recitó un verso del Corán. El comandante rebelde se arrodilló, besó su mano y le pidió perdón. Da igual, los había fusilado a todos.

Cuenta la leyenda que el monarca captó por radio las comunicaciones de los subversivos y les anunció su propia muerte bajo el grito '¡Paren el fuego, el tirano ha muerto!'".

Al año siguiente, los militares volvieron a la carga y trataron de derribar su avión mientras volvía de París. Cuenta la leyenda que el monarca captó por radio las comunicaciones de los subversivos y les anunció su propia muerte bajo el grito “¡Paren el fuego, el tirano ha muerto!” para regresar al aeródromo y ordenar su detención.

No tuvo mucha piedad con ellos. Los que no fueron fusilados vivieron un destino peor encerrados de por vida en la cárcel de Tazmamart, al pie del Atlas, convertido en uno de los centros de tortura y detención más tristemente famosos de todos los tiempos. Sus puertas no cerraron hasta 1991, cuando la presión internacional logró la salida de todos los encarcelados y la creación, poco después, de una comisión de la verdad y la reconciliación para curar las heridas de la represión ordenada por Hassan II.

Considerada una leyenda urbana durante muchos años, las notas que algunos cautivos lograron mandar a sus familiares sobornando a los guardias acabaron por confirmar la existencia de un lugar que describían como el infierno. Encerrados en celdas de apenas dos metros por tres, sin acceso alguno a la luz del sol, asados de calor en verano y muertos de frío en invierno, pasando años enteros sin poder salir y acribillados por cucarachas, ratas y escorpiones... la cárcel de Tazmamart se convirtió en un símbolo internacional del absolutismo. Fue también el iniciador de la brutal represión contra los saharauis iniciada en 1975 con la invasión de la por aquel entonces colonia española en la Marcha Verde. Una guerra que dura hasta nuestros días.

Hombre famoso y poderoso en su época, Hassan II supo sobrevivir en un entorno difícil llevándose mejor con los occidentales que con los suyos. Fue el primer líder árabe en recibir a un primer ministro israelí (Simon Peres en 1986) y dijo la famosa frase “no tienen la capacidad ni la fuerza suficiente para acabar con Israel ni la diplomacia para hacer la paz” y con sus trajes occidentales trató de llevarse bien con Washington y París al tiempo que permitía que Marrakech se convirtiera en un centro internacional para la jet set europea por la que correteaban figuras como Yves Saint Laurent o Carmen Ordóñez mientras en Tánger escribían sus mejores libros figuras subversivas como Burroughs, Paul Bowles o se drogaban a ojos vista del mundo entero los Rolling Stones. Un mundo de contrastes en el que se mezclaba la revolución sexual y de costumbres occidental con el exotismo de un país bello y cercano en el que la seguridad la ponía un hombre que bajo un manto de modernidad gobernaba su país con puño de hierro.

 

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