El príncipe eterno y la "mujer malvada" cumplen 10 años de matrimonio

Tras una fastuosa boda, un divorcio y una tragedia, el Príncipe Carlos, por fin, se casó con la mujer que amaba hace 10 años.

El 29 de julio de 1981, Carlos Felipe Arturo Jorge Mountbatten-Windsor hacía el papel de novio enamorado en el cuento de hadas en que se había convertido su boda con la joven aristócrata lady Diana Spencer.

El 9 de abril de 2005, hace ahora 10 años, Carlos Felipe Arturo Jorge volvía a pronunciar el “sí, quiero”.

Esta vez la desposada no era ni joven, ni bella, pero el heredero a la Corona británica, finalmente, se casaba por amor.

Una historia de amor que había arrancado 35 años atrás, en 1970, durante un partido de polo. Entonces conoció a Camilla Rosemary Shand, hija de un héroe de guerra, enamorada del militar Parker Bowles y que, al poco de tratar al Príncipe de Gales, le comentó: “¿Sabía que su tatarabuelo el rey Eduardo VII fue amante de mi bisabuela Alice Keppel? ¿No le emociona la historia?”.

La dicharachera Camilla destacaba por su sentido del humor. Quién iba a decir entonces que si Alice Keppel fue la amante más famosa del hijo mayor de la reina Victoria, al que incluso visitó en el lecho de muerte con el consentimiento de su esposa (la reina Alejandra de Dinamarca), ella gustara tanto al joven Carlos que primero la haría su amante, 35 años después su esposa y quién sabe si en el futuro su reina.

Duquesa de Cornualles, no Princesa de Gales.

No es fácil que Camilla Mountbatten-Windsor se convierta en reina. Lo tiene difícil incluso su marido, el heredero al trono más meritorio de todas las monarquías. Aunque volviese loco al hijo nunca engatusó a la suegra, la reina Isabel, que ya la señaló en su momento como “esa mujer malvada” al responsabilizarla de la ruptura matrimonial de los Príncipes de Gales.

Y, aunque les prestase el Rolls-Royce Phantom VI para que la pareja llegase al ayuntamiento de Windsor para convertirse en marido y mujer, la reina sólo asistió a la bendición posterior a cargo del arzobispo de Canterbury, dedicó escasas sonrisas a la novia y menos tiempo aún para las fotos oficiales.

Isabel II fue la “reina de hielo”, según tituló el día después el diario News of the World, pero sabía que no podía seguir ignorando a la mujer que durante 35 años ocupaba el corazón de su hijo y que incluso había recibido el visto bueno de sus nietos Guillermo y Enrique.

Hay que reconocer que ese 9 de abril Camilla se esforzó. Lució dos trajes, un vestido corto con abrigo en blanco roto para la boda civil en el ayuntamiento y un precioso traje de corte princesa para la ceremonia religiosa oficiada en la capilla de San Jorge del Castillo de Windsor. Ese día Camilla confió los tocados a Phillip Treacy, y los trajes a las diseñadoras Robinson Valentine, los zapatos a Linda Bennet, el peinado a su estilista para las grandes ocasiones, Hugh Green, y el maquillaje a Julia B.

Parecía otra. Los asesores del Príncipe habían echado el resto para acallar al fantasma de Diana de Gales. Porque ocho años después de su muerte, el día de la boda de Carlos y Camilla, la policía aún invitó a retirar algunos carteles que exhibían en el recorrido de la comitiva nupcial: “Diana para siempre; Rey Carlos y Reina Camilla, nunca”.

Y eso que para limar susceptibilidades Camilla renunció a llevar el título de Princesa de Gales para ser Duquesa de Cornualles y, si algún día su marido ocupase el trono de los Windsor (algo que empieza a asemejarse al milagro de San Pantaleón), Camilla prefiere ejercer de Princesa Consorte y no llevar el título de Reina.

La boda de Carlos y Camilla fue discreta, como suelen ser por otra parte los segundos matrimonios, retrasada un día porque el Príncipe Carlos tuvo que acudir a los funerales del Papa. A la ceremonia eclesiástica y el posterior festejo asistieron 700 invitados, entre ellos el ex marido de la novia y los cuatro hijos de los contrayentes. Realeza, poca: Constantino y Ana María de Grecia, Constantin y Laurentien de Holanda, Haakon y Mette-Marit de Noruega y la familia real inglesa, claro.

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