La duquesa de York: pelirroja y peligrosa

Sarah Ferguson vuelve 25 kilos más delgada y con el perdón oficial de la reina Isabel.

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Enero. Vestida con ropa de montaña negra y aferrada a dos bastones de senderismo, Sarah Ferguson, de 55 años, abandona el chalet Helora, en la estación de Verbier, en el cantón suizo de Valais, para salir a caminar por la montaña. Fuera le espera una nube de periodistas. La noticia se ha conocido pocas horas antes: el nombre de su exmarido, el príncipe Andrés, duque de York, tercer hijo de la reina Isabel y quinto en la línea de sucesión al trono, aparece vinculado en un tribunal de Miami al del misterioso y polémico financiero de Nueva York Jeffrey Epstein. A Epstein, amigo de los York y condenado por prostitución de menores, se le acusa de dirigir una red de prostitutas entre las que figura una mujer que asegura que el príncipe mantuvo relaciones
sexuales con ella cuando era menor.

Hoy, el caso es más favorable para el príncipe, tras conocerse en abril que el juez había decidido dejar fuera de la causa el testimonio de aquella mujer. Pero en esos primeros días del año, la noticia estalló como una bomba en Londres. Y desde el palacio de Buckingham, en un movimiento poco frecuente para una institución que nunca habla de la vida privada de sus miembros, negaron categóricamente los hechos. En aquel momento, sin embargo, fue su exesposa quien mejor le defendió. “Es el hombre más maravilloso que puede haber. El mejor del mundo”, dijo antes de continuar colina arriba.

Aquella intervención devolvió de súbito a Sarah Ferguson a la primera página de los tabloides. Y volvió a repetirse cuando, a los pocos días de que se conociera aquella noticia, la prensa británica desveló además que el príncipe y su exmujer habían comprado el chalet suizo en el que se alojaban por 17 millones de euros. Una vivienda que ya habían alquilado anteriormente para ir a esquiar a los Alpes y donde Ferguson se encerró durante tres meses el año pasado para iniciar un régimen y un entrenamiento cuyos resultados mostraría después en exclusiva en la revista Hello!. Fergie volvía entonces a exhibirse públicamente, 25 kilos más delgada y con la confesión incluida de que le duele que sus compatriotas hagan escarnio de sus problemas de peso y le cambien su título de duquesa de York por el grotesco “duquesa de Pork”.

“Uy, últimamente hemos hablado muy poco, solo por SMS, porque ella vuelve a estar ahora en todas partes”, responde al teléfono una dama de la alta sociedad británica, amiga de Ferguson. Una de esas fieles que confiesa “amarla” por encima de todo y que, antes de esquivar cortésmente la llamada, señala como uno de sus rasgos más destacados la “vida muy familiar” que hace la duquesa. “La bondad siempre vence. Sarah es buena, por eso tiene nuevas oportunidades”, me dice antes de colgar.

Han pasado ya cinco años desde que Ferguson dinamitase públicamente la última de sus oportunidades. Acuciada por las deudas y “espoleada” por el alcohol, como confesó después. En mayo de 2010 Mazher Mahmood, reportero del desaparecido The News of the World, se hacía pasar por un jeque millonario para grabarla aceptando dinero a cambio de tener acceso al príncipe Andrés. “500, 000 libras [casi 800,000 dólares] para mí, cuando puedas, abren puertas”, decía Ferguson en aquellas imágenes, mientras su mano derecha imitaba en el aire el despegue de un avión, frente a una botella de vino y un fajo de 40,000 libras (más de 60,000 dólares).

Tras el escándalo contrató los servicios de Bell Pottinger, una prestigiosa agencia de comunicación especialista en gestión de crisis y reputación. Y desde entonces ha estado prácticamente desaparecida.
El objetivo, como me confirma uno de los asesores de la duquesa, era “neutralizar” aquella polémica, solventar su pésima situación económica y mantenerla con un perfil bajísimo. “La única imagen que debía dar es la de ser la buena madre de las princesas Beatriz y Eugenia. Y eso ha hecho”. “Creo que ya se ha recuperado de aquello”, concede el reportero Richard Kay, del Daily Mail, uno de los periodistas que cubren la información de la casa real británica desde hace más de dos décadas y que mejor conoce a los duques de York. Sentado frente a un capuchino, en una cafetería de Kensington High, junto a la impresionante sede de su diario en el edificio Northcliffe House, Kay cree que el trato que ha recibido Ferguson por la prensa no ha sido justo. “Su mala imagen se remonta a los ochenta, cuando aún estaba casada con el príncipe. La gente la veía como una mujer codiciosa que se aprovechaba de su estatus y vivía de la familia real en lugar de con la familia real”, afirma el periodista.

Cinco años después de haber tocado fondo, Ferguson vuelve a la primera plana. No es un personaje que funcione como reclamo para vender periódicos, como cree Kay: “Desde luego, nunca lo hizo como Lady Di, que fue un caso histórico”. Pero sus nuevas aventuras atraen todavía la atención. El último ejemplo de ello, su misteriosa relación con un atractivo empresario españolirlandés, Manuel Fernández, ocho años más joven, con quien se le ha visto esta primavera en un acto benéfico en Cannes, Francia, y en una escapada privada en Asturias, al norte de España. Fernández sería así (según los titulares) la última conquista sentimental de la exduquesa. Y ella, de nuevo, objetivo de los tabloides.

 

Conoce la segunda parte de esta historia en nuestra edición impresa de agosto.