¿Nueva crisis entre Margarita de Dinamarca y su esposo?

La reina intenta conjugar su vida con la de su marido, el príncipe Enrique, que siempre se ha sentido a su sombra.

Parece una reina simpática, excéntrica y afable. Pero en realidad, Margarita de Dinamarca es más bien todo lo contrario: fría como el acero. En su caso, desde luego, eso de que el clima moldea el carácter parece del todo cierto. Aunque ser la cabeza de una Monarquía cuyas raíces se retoman a la época de los vikingos y que está entre las más antiguas del planeta conlleva una gran responsabilidad.

Estar al lado de una mujer de tal envergadura no debe ser nada fácil. Su marido, el príncipe Enrique, nunca ha llevado nada bien su papel de consorte y ser el esposo de quien tiene el poder ha ocasionado crisis personales e institucionales en la pareja.

Con el paso de los años y el cambio en las sociedades las monarquías han ido aceptando a princesas y reinas plebeyas, pero parece que aún no saben muy bien cómo encajar ni qué funciones dar a los maridos de las jefas del Estado.

Margarita, desde bien joven, mostró mucho interés por la cultura. De ahí que estudiara en varias de las mejores universidades de Gran Bretaña y Francia. Fue en Londres donde Margarita y un joven diplomático, hijo de condes, se conocieron. El flechazo fue inmediato, “amor a primera vista”, confesó ella años más tarde. A los dos les gustan las artes, los deportes, la literatura y la música. Tras un tiempo de noviazgo se casaron el 10 de junio de 1967. Desde ese momento Enrique pasaría inmediatamente a ser príncipe.
 

“Inútil y relegado”
Este agravio con su tratamiento ha marcado desde entonces la existencia de un hombre que parece no encontrar su sitio y que ha originado alguna que otra crisis matrimonial. Sus problemas y el descontento del príncipe tuvieron su cénit en la boda de Guillermo y Máxima de Holanda. El 2 de febrero de 2002 Margarita llegó sola a la ceremonia con cara de circunstancia mientras ese mismo día se publicaba una entrevista en el periódico danés BT en el que el príncipe declaraba sentirse “inútil y relegado” en la institución y fue más allá reclamando su título de rey: “Hoy, a la mujer de un rey se le da el título de reina, pero el marido de una reina no se convierte en rey al casarse. En estas condiciones la relación de pareja queda desequilibrada, no en privado, pero sí a los ojos de la opinión pública. Eso es traumático”, aseguró hace ya 14 años.

Margarita, estupefacta, no dudó en volverse a Copenhague e intentar apaciguar a su marido. Con el tiempo parece que Enrique ha ido aceptando, a regañadientes, su papel de segundón. Aunque de vez en cuando, cuando no soporta la presión, se va a su castillo de Francia para coger fuerzas (par algunas personas la vida es muy dura).

Escapadas a Francia

Es, precisamente, por las cada vez más frecuentes escapadas francesas por lo que hace unos meses la prensa danesa volvió a comentar sobre el distanciamiento entre ambos. Al parecer, esta primavera, Margarita y Enrique habrían pasado varias semanas sin verse. Y aunque ella desmintió una separación formal la realidad es que la ruptura parece más real que nunca desde el momento que él decidió dar un paso atrás a principios de año y no tener actividades públicas. Resulta curioso que un hombre que se ha quejado de su poca notoriedad en la vida pública de su país decidiese jubilarse.

Los primeros años de matrimonio fueron felices y fruto de su amor nacieron los príncipes Federico, el heredero, y Joaquín. En esos años Margarita y Enrique eran príncipes y su actividad pública aún estaba relegada a un segundo plano. Pero cuando Margarita es proclamada reina, Enrique se convirtió en ‘hombre florero’ desde el preciso instante en que su esposa recibía el tratamiento de Majestad. Él, mientras, tenía que conformarse con el de abnegado príncipe consorte.

La idea de la abdicación ni se le pasa a Margarita por la cabeza y más cuando su imagen pública goza de muy buena salud. La monarquía en Dinamarca es la institución mejor valorada por los daneses que se sienten plenamente identificados con ella.

Aunque esta reina morirá con las botas puestas, quizá tener más tiempo libre le ayudaría a recuperar la chispa en su matrimonio y tener tiempo para cultivar sus variopintas y diversas aficiones. Ha traducido al danés varios libros, es aficionada a la Arqueología (ha participado en excavaciones en Italia, Egipto y Sudán) e ilustró ‘El señor de los anillos’. También es muy aficionada a la danza y fue escenógrafa de varias representaciones. Dice que lo único que no le gusta de ser reina es que no le deja tiempo para practicar ballet. Desde luego que personalidad y carácter le sobran.
 


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