Naruhito de Japón, el heredero que ya no camina solo

El príncipe de la dinastía más antigua del mundo cumple 56 años centrado en la recuperación de su mujer, quien al parecer ha comenzado a salir de su profunda depresión.

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Por su lejanía, sus milenarias tradiciones y su opacidad, la monarquía japonesa siempre ha levantado una ávida curiosidad más allá de Asia. Y si alguien ha sido el centro de todas las miradas ha sido su príncipe heredero, Naruhito. Un hombre menudo, con una media sonrisa perenne y de apariencia muy afable. Sin embargo y pese a su aspecto, la procesión va por dentro. Naruhito conoce de primera mano los rigores de la casa real nipona. Unos rigores que hicieron que su esposa, la princesa Masako, enfermase de depresión obligando a Naruhito a caminar solo por medio mundo en bodas reales, cumbres internacionales o funerales de estado.

A punto de cumplir los 56 años, el heredero de la dinastía más antigua del planeta será el futuro emperador de Japón más preparado de la historia. Se licenció en Historia en la prestigiosa universidad de Oxford, habla perfectamente; además de japonés, inglés, chino, alemán y algo de español. Su formación no acaba ahí. También es un virtuoso violinista.

En sus años de formación, Naruhito realizó varios viajes internacionales, a veces en representación de su padre, y otras, como turista ya que siempre le ha gustado conocer otras formas de vida y culturas distintas a las niponas. No obstante, pese a su carácter aperturista sabe que la tradición en su país es un gran valor y por eso cuando asumió su condición de heredero al Trono del Crisantemo, Naruhito se adaptó sin rechistar a la encorsetada vida palaciega.

Una esposa elegida a dedo
Esta obediencia y tradicionalismo le llevó a elegir esposa con métodos más propios del Medievo que del siglo XX. Y es que todo parece detenerse cuando se sobrepasan los muros del Palacio Tsugo. La losa de una monarquía milenaria es demasiado pesada para un hombre tan menudo con ansias aperturistas. Así que Naruhito aceptó sin rechistar el método tan poco ortodoxo para casarse: elegir a dedo a su futura mujer entre seis candidatas. La elegida fue Masako, una joven que a todas luces parecía perfecta: culta, bien relacionada (su padre fue Ministro de Asuntos Exteriores de Japón) con una carrera profesional brillante y simpática. Aunque en un principio Masako tuvo algunas reticencias, su patriotismo y sentido del deber fueron el empujoncito que necesitaba para dar el sí quiero a su alteza real. Si bien su relación tuvo un comienzo un tanto atípico, Naruhito siempre ha defendido que ama a su mujer con locura.

En aquellos primeros años poco podía imaginar la pareja, que acabó casándose en 1993, que su vida en común se transformaría en melancolía y en un encierro en jaula de oro. La existencia de Naruhito se vio completamente ensombrecida por la enfermedad de su mujer: una profunda depresión que le sobrevino por las presiones para engendrar un varón (Japón mantiene la Ley Sálica y solo permite reinar a hombres). La perfecta esposa del heredero no era capaz de dar un niño al país. Tras un calvario de tratamientos de fertilidad y abortos, la princesa quedó embarazada. Pero la feliz noticia se truncó al conocer el sexo del bebé: una niña que a día de hoy ya es una adolescente. Desde entonces la vida del heredero se ha repartido con igual dedicación a sus obligaciones institucionales y al cuidado de su ‘princesa triste’.

Portavoz de la depresión de su mujer
Fue él quien se atrevió a hablar en público de la enfermedad de Masako y el que informa de vez en cuando de los pequeños progresos que la princesa va haciendo. “Masako está todavía en terapia, Además está trabajando también su condición física. Se han dado los pimeros pasos en la dirección correcta, pero no creo que ella pueda volver a cumplir de nuevo todas sus tareas públicas y privadas. Su médico nos ha asesorado para fortalecer su estado mental, y trabajar en ese sentido para ampliar los resultados satisfactorios”, según declaró el propio Naruhito haciendo un alarde de transparencia y de aperturismo nunca antes visto sobre la vida privada de la familia real nipona. Es precisamente esta apertura y cercanía la que le gustaría que algún día reinara en Japón, un país que ha considerado divinidades a sus monarcas, mientras aspira a cambiar la ley para que su única hija, la princesa Aiko, pueda sentarse en el trono algún día.

La pequeña de la casa también ha sufrido los sinsabores de no sentirse aceptada. Aiko tuvo en el pasado problemas de adaptación en su colegio, lo que hizo que su madre fuera a buscarla a diario a la escuela y generándola una terrible preocupación. Pasados esos momentos de dificultad, la joven princesa está plenamente integrada lo que le ha dado también nuevas fuerzas a su madre para ganar la batalla a la depresión.

Este nuevo impulso ha hecho que Masako haya ido dando pequeños pasos. Ya ha acompañado a su marido en algún viaje oficial como fue la coronación de Guillermo y Máxima de Holanda, muy amiga de Masako cuya espontaneidad y alegría latina han sido fundamentales para que la princesa nipona se vea cada vez más segura.

Parece que poco a poco Naruhito va consiguiendo la familia feliz que siempre quiso. Su mujer se va recuperando y aunque la llegada de un varón es bastante improbable ahora, Naruhito ya no es el príncipe que camina solo.