Sheikha Mozha bint Nasser: la jequesa con más clase del mundo

Su último capricho ha sido comprarse un palacio en Londres por valor de 253 millones de euros.

Nada nos puede trasladar más al lujo que se respira en los países de Oriente Medio como ver una foto de la que fue durante años la Jequesa de Qatar. Lejos de la austeridad y los colores oscuros que suelen predominar en las abayas que lucen la gran mayoría de las mujeres árabes, Sheikha Mozha bint Nasser echa mano de vestidos de Dior, Chanel y Prada que marcan su cintura, turbantes que enmarcan su cara y joyas que le dan luz para posicionarse en los puestos más altos de las listas de las mujeres más elegantes del mundo.


La Jequesa de Qatar es mucho más que una mujer elegante y eso lo sabe bien su marido el emir Hamad bin Jalifa al Zani, pues, aunque el estilo es su seña de identidad y el saber estar su mejor tarjeta de presentación, siempre ha sido su preferida por encima de las otras dos esposas que tiene. Siendo Mozha la única, como él reconoció, con la que se casó por amor. No en vano siempre ha acudido con él a los actos oficiales, visitas de Estado e incluso apareció junto a su marido en la única entrevista que concedió el entonces emir a la BBC.

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A todo esto hay que sumarle que es licenciada en Sociología y que fue galardonada como Honoris Causa en las Universidades de Virginia, Texas , Georgetown y el Imperial Collage of London. Todos estos títulos se quedan cortos con su mayor mérito que es poner todo su esfuerzo a favor de las mujeres árabes, en provocar un cambio en la mentalidad del país, hechos que ha inculcado a su hijo, el ahora emir de Qatar y que ella sigue impulsando a través de su presidencia de la Qatar Foundation y en el Consejo Supremo de Asuntos de Familia, entre otras.

Y, aunque visto así, todo lo referente a familia parece maravilloso, en su caso hay luces y sombras, ya que su padre, el rico empresario Abdullah al-Missned era el eterno oponente del emir Jalifa bin Hamad Al Thani, padre de su marido, lo que hizo que la familia emigrara a Egipto y Kuwait hasta 1977, fecha en la que regresó para casarse con el entonces jeque y romper así las rígidas reglas de la realeza árabe, que no consentían que una plebeya se casara con el emir. Detestada también por los hombres de su país, a quienes les costaba ver que ella tuviera más protagonismo que su marido, era en igual medida alabada por la generación más joven que veían en ella la apertura de mente con la que siempre habían soñado.


A pesar de que desde 2013, fecha en el que su marido traspasó el poder a su hijo, ella dejó de ejercer de primera dama, de lo que no se ha olvidado es de sus labores solidarias. De hecho, hace apenas un mes se la pudo ver visitando uno de los campamentos sirios en el sur de Turquía, faceta que contrasta con su vida privada llena de lujo y ostentación. No en vano, hace unos meses saltó la noticia de que había comprado la residencia más cara de Inglaterra, por valor de 254 millones de euros. Se trata del edificio situado en el número 1 Cornwall Terrace frente al Regent’s Park y que ella misma se ha encargado de convertir en su Buckingham particular con sus más de 3,000 metros cuadrados, 13 habitaciones, 9 baños, spa, piscina, bodega, sala de juegos y once salones. Propiedad que hay que unir a los almacenes Harrod’s, el rascacielos londinense The Shard o el complejo residencial One Hyde Park, entre otras, y que sitúan a la familia real qatarí por delante de la Familia real inglesa en lo que a valor de propiedades se refiere. Éste será ahora el refugio de Mozha, su marido y sus seis hijos, dos años después de que el emir abdicara a favor de su segundo hijo, Tamir alegando “tener un delicado estado de salud”.

A pesar de que sus apariciones son más contadas y exclusivas, no hay duda de que cada vez que aparece llama la atención. De hecho, siguiendo con el contraste que parece marcar su vida, pocas mujeres consiguen ser tan sexys y sensuales sin enseñar ni un ápice de piel. Con el turbante como seña de identidad, la jequesa siente admiración por las grandes firmas de moda consiguiendo que adapten sus modelos a su estilo particular. En su vestuario tampoco faltan las joyas, siendo las perlas sus piedras predilectas y llegando a lucir piezas únicas de Cartier o Chaumet. Mujer presumida donde las haya, una vez al año acude a la clínica Sha Wellness de Altea (España) para someterse a tratamientos de belleza y a una estricta dieta macrobiótica y, aunque ya no cumple los 50, su edad exacta forma parte de los secretos de Estado.

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De lo que no cabe duda es de que, además de ser una de las grandes impulsoras del mundo árabe, cada vez que aparece en alguna recepción consigue hacer sombra a reinas mucho más jóvenes que ella y pertenecientes a dinastías con más solera que la qatarí, demostrando que el estilo ni tiene edad, ni nacionalidad, ni se mide por el largo de la falda ¿o sí?