¿Cómo vive la infanta Cristina su imputación?

Sus íntimos relatan el alegato final que vive la ex duquesa de Palma por las presiones a las que está sometida.

La casa está sola. Pero dentro queda su rastro. Una bici de niño cuelga de la pared del garage; hay varios helicópteros dirigibles y un futbolito en el cuarto de juegos; resisten en la puerta de la habitación de Irene unas letras pintadas con su nombre; un traje de baño de rayas blancas y azules languidece en el cambiador de la alberca y en la entrada recibe un nacimiento con figuras de madera que le regalaron en 2008 en Mozambique a la infanta Cristina.

Este fue entre 2004 y 2013 el paisaje privado de los entonces duques de Palma y sus cuatro hijos, Juan (15), Pablo (14), Miguel (13) e Irene (10). Recorro las estancias vividas de esta casa en la que un periodista entra por primera vez. Me adentro en el dormitorio de la pareja, donde tan solo cabe una cama y donde todavía permanece un cabecero de madera clara y dos lamparitas blancas. Al fondo del pasillo, el enorme vestidor circular que la infanta hizo construir para poder traer desde Zarzuela sus vestidos de fiesta. Allí mismo hay un tocador, un toilette independiente y una pequeña regadera de gresite.

—No busque el jacuzzi —me advierte Agustín Hernández, el abogado que esta misma tarde se ocupará de rubricar el contrato de esta propiedad que los duques compraron y reformaron en 2004 por unos 7,5 millones de euros y han vendido por 6,9—. Como ve, no es un palacete, es una casa funcional. Son 1.000 metros cuadrados y 2.000 de parcela, pero no es un pequeño palacio. Si los conociera, entendería que ellos son lo menos palacete posible, lo menos aparentar.

Es la idea que me repetirán una y otra vez sus mejores amigos y su familia: Rosario Nadal, Kyril de Bulgaria, Pablo y Alexía de Grecia, Cristina Castañer, Vicky Fumadó, Marta Mas, Roberto Molina y su mujer, Cristina Fernández, o Consuelo García Píriz, viuda de José Manuel Lara. Sus íntimos hablan hoy, tras cuatro años de silencio, porque están cansados de leer en los medios sobre una Cristina que no reconocen. La persona detrás del personaje. Quieren ofrecer su punto de vista, el humano, distinto al de los hechos que se juzgan. Ponen, eso sí, límites y condiciones: no comentarán con detalle el proceso judicial ni el papel de Iñaki Urdangarin o de la Familia Real, a quien no desean importunar. Pero sí tienen la necesidad de hacer una defensa pública. “Aunque no lo dice, está dolida. Cree que se está juzgando solo una parte de su vida y se olvida todo lo que ha hecho por España”, me confesará Alexía de Grecia, “mucho más que su prima, su hermana”. “Imagínese cómo se siente cuando a su hija pequeña le dicen: ‘Tu papá va a ir a la cárcel’. A eso no hay derecho, los niños no tienen culpa de nada”, se lamentará García Píriz.

Me he parado un momento en el estudio enmoquetado de la primera planta donde, en 2005, Iñaki Urdangarin estableció la sede social de la sociedad Aizoon, que compartía al 50 por ciento con la infanta, y más tarde su despacho, después de que la Casa Real le pidiera que abandonara el Instituto Nóos “porque por razones estéticas y de imagen no se veía bien que trabajara con administraciones públicas”. Este es el espacio que, según la Agencia Tributaria, el matrimonio se autoalquilaba como lugar de trabajo. Observo que el ambiente está unido a la habitación de los exduques. Solo una puerta corredera, que ahora está abierta, los separa. Y recuerdo el interrogatorio del juez Castro a Cristina de Borbón.

—¿Quién es Jan Gui?

—Mi sobrino.

—Aquí tenemos su contrato de trabajo. ¿Auxiliar administrativo de Aizoon?

—No lo sé.

—¿Le vería usted en su casa, en las oficinas de Aizoon?

—Yo no le veía, no trabajaba en casa.

—¿No veía allí a Jan Gui?

—No, el despacho tenía una entrada independiente y yo no veía quién entraba y salía.

He podido atisbar también los cuartos del servicio que ocuparon Elsa María Cunalata y, después, María Monalisa y Luciano Catalín Nonosel. Los empleados del hogar testificaron que los duques les propusieron cobrar “en negro” y más tarde los contrataron a través de Aizoon, como auxiliares administrativos o telefonistas. Según Hacienda, “empleados ficticios” que el matrimonio usó para defraudar a la Seguridad Social. “Yo no sé qué funciones ejercían cuando me iba de casa, no lo sé, igual sí hacían de auxiliar administrativo, no lo sé… Ahora veo que estaban contratados por Aizoon, pero yo lo desconocía”, arguyó doña Cristina en su declaración.

Es 16 de junio de 2015 y en septiembre hará dos años que la familia abandonó definitivamente esta casa. Es, sin duda, el símbolo de un periodo feliz de sus vidas. En Pedralbes celebraron cumpleaños, cenas y fiestas familiares que alguna vez acabaron con colchones por el suelo para que los sobrinos de Urdangarin pudieran dormir con sus primos. Una etapa que se cerró con su estancia en Washington entre 2009 y 2012, cuando el duque fue contratado por Telefónica y, tras un año en Barcelona, cuando en el verano de 2013 se mudaron definitivamente a Ginebra.

En medio de este ir y venir sucedió lo que sus amigos resumen con frases elípticas: “Cuando pasó lo que pasó” o “cuando todo estalló”. Lo que pasó es que Urdangarin fue imputado en diciembre de 2011 por supuestas prácticas delictivas en el conglomerado de empresas del Instituto Nóos, el organismo sin ánimo de lucro que había impulsado junto a su socio Diego Torres. Tras dos imputaciones, en diciembre de 2014 el juez ratificó la apertura de juicio oral contra su esposa por cooperadora necesaria en dos delitos fiscales de su marido. Urdangarin fue apartado de la Casa Real por su “comportamiento no ejemplar”. En junio de 2014 don Juan Carlos abdicaba, Felipe VI era coronado, la infanta dejaba de ser miembro de la Familia Real y el 11 de junio de 2015 dejaba de ostentar el título de duquesa de Palma.

Aunque es parca y asertiva, Marta Mas, arquitecta, habla con dulzura al evocar a alguien por quien siente verdadero cariño. Mas, Vicky Fumadó, Roberto Molina y su mujer, Cristina Fernández, se conocieron cuando la infanta tenía 19 años, había empezado su carrera de Políticas y se iniciaba en la vela. “Navegar implica conocer muy bien a las personas, vives momentos muy extremos y de mucha confianza”. Por entonces, cuenta, Cristina era una persona tímida (“no nos conocía y todo le resultaba nuevo”), pero cercana (“no ponía, y no pone, ninguna distancia. Nosotros le teníamos respeto, pero ella lo suavizaba.
No te hacía sentir nunca incómoda”).

Nos encontramos en una terraza mirando al puerto de Barcelona cuando aparece Vicky Fumadó, quizá la mejor amiga de la infanta. “Conocer a Vicky es conocer en parte a Cristina —me había advertido Agustín Hernández—. Se parecen muchísimo”. Fumadó, pediatra, dice de sí misma: “Pues yo soy tozuda”, y ríe. “La conocí por primera vez en el puerto de Palma. Estábamos tomándonos un café después de navegar y empezamos a hablar del bien y del mal, de cómo pretendía mejorar el mundo. Un poco con el idealismo de los 18… pero ya sabía lo que quería. Conecté mucho con ella”. 
Deseaba, me dicen ambas, ser “una más”.
 

Nosotros hacíamos kilómetros y kilómetros en furgoneta con barcos detrás y ella podría haber dicho: ‘Oye, yo tomo un avión y nos vemos allí’. Pero manejaba toda la noche si hacía falta”, recuerda Fumadó. Mas: “Con la misma facilidad que se integraba, era capaz de separarse cuando tocaba. Sabía que esa era su labor y jamás la oí quejarse”. Fumadó: “Cuando estalló la guerra de Irak íbamos a participar en un mundial y recuerdo perfectamente que dijo: ‘Yo no puedo, esto es muy grave. No me puedo divertir cuando hay sucesos que comprometen a mi país”.

“Nunca lo comentará, pero pasar de ser tan querida a tan criminalizada tiene que doler muchísimo”, dice Marta Mas. Fumadó y Mas me aseguran que el regreso a Barcelona desde Washington, en el verano de 2012, fue feroz.

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