La nueva vida de Ernesto de Hannover, el ex 'party boy' de la realeza

El todavía marido de Carolina de Mónaco dejó atrás su vida de excesos y ahora prefiere pasar largas temporadas en Ibiza.

Hubo un tiempo en que un príncipe emparentado con las Casas Reales más importantes de Europa hacía las delicias de los tabloides con sus salidas nocturnas y sus pleitos con los paparazzi. No había semana en que Ernesto de Hannover no apareciese en periódicos, revistas y televisiones de medio mundo en las que se le veía borracho o agresivo. Hoy en día poco queda de ese hombre vividor que ha cambiado su vida de excesos por una mucho más tranquila en la isla española de Ibiza.

El príncipe Ernesto, jefe de la distinguida Casa de Hannover, es uno de los miembros de la realeza con más abolengo y entre sus primos están, entre otros, la reina Sofía de España. Con estas credenciales parece mentira que este señor de apariencia distinguida –que el próximo febrero cumplirá 62 años– haya abochornado a más de un familiar con un comportamiento más propio de una estrella del rock que de un aristócrata.

No obstante, el príncipe Ernesto era relativamente poco conocido para la opinión pública hasta hace unos años. A finales de la década de los 90 empezó a ocupar las portadas por su relación sentimental con Carolina de Mónaco. La reina del papel couché y un príncipe con muchísimo pedigrí (su estatus es mucho más elevado que el de los Grimaldi) se convertían en la pareja del momento.

El matrimonio con la mayor de los Grimaldi no fue el primero para Ernesto. En 1981 se casó con la riquísima Chantal Hochuli y tras la boda decidieron instalar su residencia en Londres. Allí crearon un hogar en el que nacieron sus dos hijos: Ernesto Augusto, el heredero de la Casa, y Cristian. Fueron años felices hasta que la princesa Carolina, amiga de la pareja desde la juventud, empezó a mirar a Ernesto con otros ojos. Finalmente en 1999 Ernesto y Carolina se casarían y ese mismo año nacería su única hija en común: Alejandra de Hannover, que ya tiene 16 años.

Lejos de apaciguar su vida de excesos, el matrimonio de Ernesto con Carolina no hizo más que incrementarla. Frecuentes eran sus borracheras –los medios le llamaban en tono jocoso Ernesto Hang over (resaca en inglés)–, sus peleas con los fotógrafos y sus denuncias judiciales contra la prensa que sacaba a la luz detalles de su vida de desfase.

Desplante a Carolina de Mónaco
La gota que colmó la paciencia de Carolina fue cuando Ernesto la dejó literalmente plantada en la boda de los ahora reyes de España, Felipe y Letizia. Los dos acudieron a la cena de gala previa a la ceremonia en Madrid, pero Ernesto decidió continuar de juerga por discotecas turísticas madrileñas en muy buena compañía mientras su esposa se retiró al lujoso Hotel Ritz a descansar. A la mañana siguiente, el alcohol le pasó factura y no pudo levantarse para asistir al evento. Carolina acudía sola, y aguantando el tipo, a la ceremonia religiosa en la Catedral de La Almudena siendo la comidilla de royals y plebeyos.

Un año después de este escándalo la salud de Ernesto se colapsó y sus abusos con la bebida le pasaron factura. En 2005 tuvo que ser ingresado en un centro hospitalario por una pancreatitis aguda que hizo temer por su vida. Este dramático episodio fue un punto de inflexión y prometió dejar el alcohol y optar por hábitos saludables.

Su licenciosa vida afectaba su matrimonio con la princesa monegasca que empezó a hartarse de los desplantes de su marido y de tener que excusar sus faltas de asistencia en actos públicos. Ni corta ni perezosa, Carolina regresó a Montecarlo con su hija dejando atrás a Ernesto.

Aún casados
Desde 2009 no hay ninguna foto de la pareja y eso que, aunque cada uno hace su vida, aún permanece casada. El hecho de que no exista divorcio entre ellos hace que Carolina pueda seguir ostentando el título de Alteza Real y continuar perteneciendo a una de las familias más importantes y antiguas de la realeza, elevando así su posición social.

En los últimos tiempos el enfant terrible de la vieja aristocracia europea parece haber dejado atrás su vida salvaje, salvo un sustillo que tuvo en 2011 que le hizo volver de nuevo al hospital. Desde entonces parece como si se le hubiera tragado la tierra. Solo se ha dejado ver en las bodas de oro de los reyes Constantino y Ana María y en la Oktoberfest de Münich, donde apareció con su novia Simona, una mujer rumana tres décadas más joven que él.

Ernesto, que se ha bebido, literalmente, la vida a grandes sorbos, prefiere ahora, en su ocaso la tranquilidad de la isla española de Ibiza donde se le ha visto en diversas ocasiones con una apariencia más cercana a la de un hippie trasnochado que a la de un príncipe de Hannover. Allí su día a día es como el de cualquier jubilado, pero en este caso de la jet set.

Su vida se ha convertido en unas eternas vacaciones que parecen no tener fin, ya que tampoco debe preocuparse de su cuenta corriente pues su fortuna parece no agotarse. Para evitarse problemas en un futuro ya ha donado a su hijo mayor gran parte de los bienes de la Casa de Hannover.

Parece que pasados los 60 años Ernesto ha decidido cambiar las noches de fiesta, el alcohol y las peleas por los dulces y tranquilos atardeceres ibicencos.