Eduardo de Windsor o la historia del rey que lo dejó todo por amor

Al año de ser coronado renunció al trono para casarse con una mujer estadounidense dos veces divorciada.

Etiquetas:

Han pasado 44 años de su muerte y su vida aún sigue llenando páginas de los libros de historia y del papel cuché a partes iguales. Eduardo VIII del Reino Unido y duque de Windsor fue el hombre que cambió el destino de su país por amor. Al año de ser proclamado rey renunció al trono para casarse con una mujer estadounidense dos veces divorciada.

Este inusual romance comenzó en la década de los años 30. Eduardo, guapo, con buena planta, muy preocupado por su peso (se comenta que sufrió anorexia) y un auténtico fashion victim de la época (hasta nuestros días han llegado prendas que él usaba como el nudo Windsor o el traje príncipe de Gales) era todo un mujeriego y sus affaires eran de sobra conocidos. En este contexto conoció a Wallis Simpson, gracias a una amiga y amante de Eduardo: Lady Furness. La atracción entre ambos fue inmediata y de todos era sabido, incluso por Lady Furness, que Wallis y Eduardo se veían. Lo que empezó como una mera relación sexual se tornó en amor y el entonces príncipe heredero se fue enamorando cada vez más de ella. Las preocupaciones en la corte británica no habían hecho nada más que empezar.

Ya convertidos en novios, el romance fue objeto de seguimientos por parte del Servicio Secreto y cualquier fotografía del príncipe de Gales con la señora Simpson levantaba ampollas entre la opinión pública inglesa. La situación se complicó aún más cuando el rey Jorge V murió en 1936 y Eduardo subió al trono como Eduardo VIII. Ni el parlamento, ni el pueblo estaban dispuestos a consentir esa relación amorosa con una americana que además de plebeya era divorciada.

Hechizado de amor
Aunque Wallis no era especialmente guapa ni simpática, aún hoy sorprende lo hechizado que estaba Eduardo por ella. Al parecer, el rey era una persona de carácter débil y la personalidad dominante de Wallis ejercía un poder desmedido sobre él. Cuentan las crónicas de la época que incluso ella le trataba mal y se mofaba de él siempre que podía. Lejos de alejarse de ella, sus vejaciones eran lo que más le gustaba a Eduardo. Él estaba acostumbrado a que todo el mundo consintiera sus caprichos y el hecho de que una persona le plantara cara y le tratase mal le hicieron enloquecer de amor.

Mas cegado que nunca, Eduardo no dio su brazo a torcer y expresó su intención de casarse con Wallis. En noviembre de 1936 el rey comunicó al primer ministro sus planes matrimoniales algo que los británicos consideraron como “moralmente inaceptable”. Aunque el rey propuso la idea de un matrimonio morganático (Wallis nunca sería reina y sólo sería rey Eduardo) la propuesta no cuajó.

Abdicación y vida de lujos
Finalmente y para no crear una crisis política sin precedentes, un año después de subir al trono, Eduardo renunció al trono para casarse con la mujer que amaba. A partir de entonces ambos empezaron a llevar una vida disipada. Él conservó el título de duque de Windsor, pero ella jamás se convirtió en duquesa. Empezaron a viajar por todo el mundo, su presencia en fiestas de alta sociedad hacía subir el caché de cualquier anfitrión y eran habituales en las revistas de todo el mundo. En esta época no escatimaban en gastos. Wallis siempre llevaba vestidos de alta costura e impresionantes joyas, casi todas de Cartier, que le costaron al duque auténticas fortunas. Nunca tuvieron hijos y su lujoso tren de vida dio mucho que hablar.

Pese a que el suyo fue, sin duda, un matrimonio por amor los rumores de infidelidades mutuas les acompañaron durante toda su vida en común.

Ya en la década de los años 60 la salud del duque fue deteriorándose. En 1971 se le diagnosticó un cáncer. Finalmente murió el 28 de mayo de 1972 en su casa de París, rodeado del lujo con el que siempre vivió. Wallis murió 14 años más tarde que su marido, muy anciana y con la memoria deteriorada convertida en una señora débil que no fue ni sombra de lo que fue, la única mujer que puso en jaque a la monarquía británica y fue capaz de crear la mayor de las crisis instituciones en una Casa Real.