Los 90 años de la más regia de todas las reinas

Isabel II de Inglaterra cumple 90 años, 64 de ellos en el trono, sin un ápice de debilidad y en muy buena forma.

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Con apariencia de entrañable abuelita, con un estilo inconfundible –siempre con sus bolso Launer bajo el brazo y sus llamativos sombreros– Isabel II cumple el 21 de abril 90 años en un estado físico envidiable y sin que el debate de su sucesión, pese a su avanzada edad, esté todavía sobre la mesa.

Isabel es la monarca británica que más tiempo lleva en el trono inglés y la segunda del mundo (sólo le gana el rey de Tailandia por un año). Aunque no estaba destinada a reinar ha dejado su sello personal en una particularísima forma de representar a la monarquía y de aguantar, contra viento y marea, supuestas infidelidades conyugales, los divorcios de varios de sus hijos, el fallecimiento de Lady Di y hasta la quema de un castillo. Todos estos contratiempos no han hecho más que fortalecerla y ensalzarla a la altura de un icono mundial del pasado siglo y del presente.

Nacida en el elitista barrio londinense de Mayfair, Isabel era la tercera en la línea de sucesión al trono, detrás de su tío Eduardo y de su padre así que su nacimiento pasó sin pena ni gloria. Cuando su tío abdicó, para casarse con la divorciada estadounidense Wallis Simpson, todos los focos se centraron en ella. Pasó de ser una segundona a convertirse en heredera. Desde bien joven la princesa a la que llamaban Lilibet en la intimidad tuvo mucha presencia pública, bien acompañando a sus padres o en solitario. Y también desde bien jovencita se fijó en un apuesto príncipe de Grecia y Dinamarca, primo lejano suyo, con el que finalmente se casaría en 1947 en la Abadía de Westminster a los 21 años. Desde el momento en que se casaron Felipe pasó a ser Duque de Edimburgo.

La salud del rey empeoraba y finalmente murió en 1952. Un año más tarde, una joven Isabel era coronada con todo el boato propio de la monarquía británica en el que fue el primer gran acto retransmitido por televisión a todo el planeta. Las impresionantes joyas del imperio británico y el espectacular manto de armiño cubrían a una mujer que pese a su inexperiencia ya daba muestras de un fuerte aplomo. Quizá, el hecho de saber desde bien joven que heredaría el trono de uno de los países más influyentes de todos los tiempos o el hecho de ser monarca tan joven, forjaron en ella una personalidad basada en el sentido del deber y las tradiciones.

El matrimonio tuvo cuatro hijos: el príncipe Carlos, el eterno heredero, la princesa Ana, el príncipe Andrés, duque de York y el príncipe Eduardo, conde de Wessex. Todos ellos, salvo el benjamín, con unas vidas un tanto azarosas. A los grandes fastos por sus casamientos les siguieron un sinfín de escandalosos y sonados divorcios.

El ‘annus horribilis’ de su majestad
En sus inicios, la reina Isabel y la monarquía británica en general gozaron de una gran reputación que empezó a tambalearse a principio de la década de los 90. El año 1992 fue calificado por Isabel II como “annus horribilis” para la Monarquía. En ese periodo los duques de York, los príncipes de Gales y la princesa Ana se separaron de sus cónyuges y el Palacio de Windsor se incendió siendo pasto de las llamas infinidades de estancias y obras de arte.

Pero después de la tempestad siempre viene la calma y ya en el siglo XXI la reina de Inglaterra ha logrado recuperar parte de su popularidad perdida antaño y por el momento no se plantea abdicar, quizá por lo denostada que está la imagen de su primogénito.

Isabel II goza de una salud de hierro al igual que muchos de sus antepasados Windsor que fueron muy longevos. La reina ha pasado por el hospital en contadísimas ocasiones y siempre por temas menores.

Con colores fuertes para que la reconozcan
Su manera de dirigir la nación es única, como única es su forma de vestir. La reina siempre va perfectamente conjuntada en colores vivos. De hecho conforme va cumpliendo años es más atrevida con las tonalidades. La razón, que la multitud pueda verla en la lejanía. Isabel es de ideas fijas y por eso le gusta combinar atuendo con sombrero. En público siempre lleva guantes y sus zapatos, generalmente en tonos oscuros y de modelos muy similares, se los hacen a mano. Cuentan que en Palacio una de las mujeres que se encarga de su vestimenta se los pone para darlos de sí y que no le rocen. La climatología de la isla británica obliga a Isabel a usar el paraguas en más de una ocasión. Para ello recurre a paraguas transparentes, también hechos a mano, para que sus súbditos puedan verla. El resto de sus complementos son su bolso Launer, casi siempre de charol negro y con un precio de 1,550 libras, y alguno de los fabulosos broches con los que suele adornar su solapa.

Pese a su imponente imagen, la reina del Reino Unido disfruta mucho en el campo y siente devoción por los perros, especialmente por los de la raza Corgis, y los caballos. Cuando está en Escocia suele calzarse botas de agua, gabardina y pañuelo en la cabeza, una estampa más propia de una jubilada que de una royal.

A lo largo de su vida, Isabel II se ha hecho con una gran fortuna personal que abarca una importantísima colección de pinturas de todas las épocas, joyas y muchas propiedades inmobiliarias repartidas por todo el Reino Unido.

Sin duda, Isabel II es una reina incombustible a la que aún le queda mucho que decir, con un gran carisma y a la que, a buen seguro, sus súbditos podrán seguir cantándole por muchos años eso de: "Dios salve a la reina".


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