Charlene de Mónaco, la princesa que aún no ha encontrado su sitio

Las constantes ausencias de la esposa del príncipe Alberto aumentan las especulaciones de una crisis entre ambos. Su último desplante: quitarse su alianza de boda

Si la cara es el espejo del alma, la esposa de Alberto de Mónaco debe tener un espíritu aún más atribulado, si cabe, de lo que refleja su rostro. Charlene de Mónaco, la que parecía digna heredera del glamour de Grace Kelly parece no encontrar su sitio en el pequeño principado y se ha convertido en la ‘princesa triste’ del siglo XXI. Un semblante serio, rumores de huidas al aeropuerto, su ausencia en el último Baile de la Rosa –la cita más importante del calendario social de Montecarlo– o haberse quitado su alianza de boda han hecho saltar las alarmas. ¿Será Charlene la nueva Lady Di? ¿Se sentirá prisionera en su jaula de oro? ¿Es una incomprendida en el Palacio Grimaldi?.

Aunque Charlene nunca ha tenido la espontaneidad de otras royals (véase Máxima de Holanda) bien es cierto que cuando se conoció su relación con Alberto parecía que la exnadadora estaría como pez en el agua (y nunca mejor dicho) en su nuevo hábitat. Su espléndido porte, su aspecto dulce, su melena rubia, su timidez… Alberto, por fin, había sentado cabeza eligiendo a una joven fiel reflejo de su madre, la malograda Grace Kelly. En 2006, cuando su relación se empezó a conocer, los medios, los diseñadores y el gran público eran fans incondicionales de esta esbelta africana, orgullo nacional, con un gran afán de superación que, por si fuera poco fue deportista olímpica.

Sin embargo, Charlene se fue deshinchando más rápido que un soufflé mal hecho. Medio mundo pudo ver la tristeza en sus ojos al dar el “Sí quiero” a Alberto el día de su boda. Una Charlene envuelta en lágrimas parecía expresar con los ojos su angustia. De hecho, antes del enlace matrimonial, varios medios apuntaron la posibilidad de que la exdeportista diera marcha atrás a la boda y huir. Hay quien asegura que fue interceptada en varias ocasiones en el aeropuerto a punto de poner rumbo a su Zimbabue natal.

Ya casados, Charlene solo deslumbraba al mundo con sus maravillosos trajes, sombreros y guantes (tiene una de las colecciones más fascinantes de la realeza), pero todos sus estilismos quedaban deslucidos por su semblante extremadamente serio. La princesa parecía ausente y poco cómplice con su marido y cuñadas: las princesas Estefanía y Carolina. En aquella época aún hacía ciertos esfuerzos por agradar, unas imágenes que recuerdan a las que protagonizó Lady Di en los peores momentos de su matrimonio con el príncipe Carlos.

Sus gemelos, su mayor alegría
Todo pareció cambiar con la llegada de los gemelos de la pareja. El mundo pudo ver a una Charlene feliz, con sonrisa plena y entregada a su papel de madre. El bautizo de sus hijos fue la guinda del pastel de una mujer que parecía disfrutar de su condición de princesa.

Sin embargo, la melancolía volvió pronto a su vida. Su rostro inexpresivo ha sido constante desde entonces (quizá también hayan ayudado sus múltiples retoques de cirugía estética) pese a que tanto Alberto como ella no han parado de desmentir una supuesta crisis. “Todo va maravillosamente entre Charlene y yo”, dijo el príncipe a la revista People.

En los últimos meses el aislamiento de la princesa ha ido a más. Ha estado en Córcega en varias ocasiones, despareciendo así de los actos públicos del Principado, se ha cortado el pelo de manera radical, como si quisiera expresar así su rebeldía. Sus constantes ausencias no sientan nada bien a sus súbditos que no la ven a la altura de las circunstancias y están hartos de ver a su monarca solo en los actos oficiales, máxime cuando lejos de Montecarlo la princesa recupera la sonrisa y parece disfrutar de la vida.

No se habla con la princesa Carolina
Pero no solo no se siente querida entre los súbditos. Dentro de Palacio la exdeportista no se habla con la princesa Carolina, según la prensa alemana, por una presunta rivalidad entre ambas que ya ha saltado al ring público. El desplante en el pasado Baile de la Rosa, el acto más importante de la familia principesca organizado por Carolina y un escaparate mundial para los Grimaldi, puso de relevancia las tensiones entre ambas mujeres y el tremendo esfuerzo que supone para Charlene estar con los Grimaldi.

Esta ausencia en el Baile ha sido una de las comentadas y hay quien da por hecho una crisis matrimonial en toda regla. Lo último que ha convulsionado a los monegascos ha sido la aparición de la princesa en una procesión de Semana Santa sin su joya más importante. Desde que se convirtió al catolicismo el día de su boda, Charlene se ha convertido en una mujer muy religiosa. “El catolicismo es la religión del Estado. Pero para mí, representa mucho más, sus valores coinciden perfectamente con mi espíritu”, declaró en una ocasión.

Fue en este acto religioso cuando pudo verse que Charlene ya no lucía su alianza de casada desatando aún más si cabe la posibilidad de una ruptura con Alberto. La pareja firmó un acuerdo prenupcial en el que la africana debía darle un heredero a Alberto (algo que ha cumplido por partida doble) y convivir con él, al menos, durante un lustro. La pareja se casó en 2011 con lo que a estas alturas Charlene ya habría cumplido con su parte del trato y, por fin, podría volar libre.


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