Los 59 espléndidos años de la princesa más ‘chic’ del mundo

Carolina de Mónaco celebra su cumpleaños feliz, aunque la tragedia la ha perseguido toda su vida.

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Igual que ocurre con el buen vino hay mujeres (y hombres) que mejoran con la edad. Carolina de Mónaco cumple este sábado 59 espléndidos años como la royal más sofisticada y chic del panorama internacional. Nadie como ella tiene esa elegancia despreocupada heredada de su madre, la malograda Grace Kelly, y nadie como ella es capaz de llevar los diseños de alta costura de Chanel con tanta clase.

A punto de entrar en la edad dorada, Carolina sigue manteniéndose estupenda. Viéndola resulta difícil de creer que estemos ante una jubilada. Su genética privilegiada hace que aún quepa en diseños de la talla 38 y su sonrisa nunca se ha apagado, incluso en las etapas más amargas de su vida. Porque sí Carolina es la princesa del ‘glamour’ que desde ese minúsculo principado que es Mónaco ha fascinado a todo el mundo, pero a sus espaldas acarrea toda una vida de tragedias y de muchos sinsabores, sobre todo amorosos.

Su rebelde juventud, igual que la de su hermana Estefanía, la hizo famosa, para disgusto de sus padres: el príncipe Rainero y la súper estrella de Hollywood convertida en princesa, Grace Kelly. Carolina es digna heredera de su madre en casi todos los aspectos, salvo en el de la discreción y la responsabilidad.

Nació en la biblioteca del Palacio de Mónaco rodeada de telas verdes, por expreso deseo de su madre, y eso, marca carácter. Su infancia y adolescencia transcurrieron en Mónaco y cuando cumplió los 18 años se fue a estudiar Filosofía a París. Fue allí donde la princesa tuvo ocasión de conocer el mundo de la moda y comenzar un idilio con la alta costura que dura hasta hoy.

Encaprichada con un ‘play boy’
El ambiente universitario, el París de aquellos años y, sobre todo, estar fuera del control paterno –tanto Rainiero como Grace eran muy severos con la educación de su hija– convirtieron a Carolina en una princesa rebelde, mucho más preocupada por conocer gente e ir de fiesta en fiesta que por mantener las formas y ser la perfecta royal. En este caldo de cultivo lleno de sofisticación y beautiful people, la joven e inocente Carolina se enamoró de un conocido play boy de la Costa Azul, el francés Phillipe Junot, el hombre del eterno moreno y las cadenas de oro. A los tres años de conocerse, cuando Carolina tenía apenas 21 años y Junot 38, se casaron en Mónaco ante el disgusto de Rainiero y Grace. Junot nunca fue visto con buenos ojos por Rainiero ni su esposa que aspiraban a poder casar a su primogénita con algún heredero europeo, sin embargo, la obstinación de su hija hizo que aceptaran el matrimonio.

Carolina debía ser la única, quizá por su inocencia, que no se daba cuenta de que su marido seguía siendo un animal party y muy mujeriego. No había que ser adivino para saber que esa pareja tenía los días contados. Una infidelidad de él puso fin a la relación. Tras su primer matrimonio, Carolina volvió a estudiar, pero esta vez marchó a Inglaterra donde alternó con diversos hombres.

Sin embargo, su vida y la de medio mundo se paró de golpe un 13 de septiembre de 1982 tras el trágico accidente de tráfico en el que murió su madre. El fallecimiento de su Alteza Serenísima sumió a Mónaco, a su marido y a sus hijos en una profunda tristeza que ha lastrado a los Grimaldi durante años. La muerte de la princesa Grace hizo madurar de golpe a Carolina (las imágenes de la primogénita rota de dolor en el funeral conmovieron a la sociedad de la época) que empezó a asumir el rol de primera dama del Principado.

El trágico adiós de Stefano Casiraghi
Poco a poco la joven Carolina empezó a recuperar la ilusión de la mano de Stefano Casiraghi, un guapo empresario italiano. En 1983 se casaría, eso sí, por lo civil, ya que la Grimaldi había estado casada antes. Fueron tiempos felices y tranquilos y la pareja tuvo tres hijos: Andrea, Carlota y Pierre. Sin embargo, una vez más el destino se guardaba un terrible as bajo la manga. Casiraghi, amante de los deportes de riesgo, sufría un gravísimo accidente acuático el 3 de octubre de 1990 en aguas de Montecarlo. A los pocos minutos moría. La pérdida de Casiraghi fue quizá el mazazo más duro de su vida. La princesa guardó luto durante seis años por el que dicen que ha sido su gran amor.

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Lejos de renunciar al amor, la Grimaldi resucitó de sus cenizas cual Ave Fénix. Como mujer obstinada volvió de nuevo a fijarse en un vividor, pero esta vez con mucho pedigrí: Ernesto de Hannover. Con él volvería a casarse por tercera vez en 1999 y procrear a su hija Alejandra. Los excesos del alemán, su vida desordenada y las borracheras hicieron poner distancia a Carolina, que pese a todo aún sigue casada con Ernesto, lo que le permite ostentar el título de princesa de Hannover, un estatus mucho mayor que el de los Grimaldi.

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Ahora, la princesa parece que ha alcanzado, por fin, la serenidad gracias a su condición de abuela, una labor que adora y que hace que ya no tenga tanto interés mediático. Sin embargo y de vez en cuando en algún Baile de la Rosa de Montecarlo o en alguno de los bautizos de sus nietos, vuelve a dejarnos boquiabiertos con la elección de sus estilismos, porque aun siendo abuela, Carolina siempre será la princesa chic.