Andrea Casiraghi, el ‘playboy’ que pudo ser y no fue

El primogénito de Carolina de Mónaco se ha reconvertido, a sus 32 años, en un perfecto padre de familia.

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Con su aspecto grunge, su inconfundible pelo dorado, sus desgarbados andares y esa actitud relajada nadie diría que detrás de ese hombre, que este mes cumplirá 32 años, se encuentra un perfecto padre de familia. Poco, mejor dicho nada, queda ya de aquel joven apuesto, irreverente aficionado a las fiestas de la isla española de Ibiza, mujeriego y que era una de las mayores preocupaciones de su madre, la princesa Carolina de Mónaco.

Andrea es el primogénito de Carolina y el difunto Stefano Casiraghi y nació en Mónaco en 1984. Pronto se convirtió en un precioso niño de cabellos rubios que llenaba de alegría a los Grimaldi. El joven príncipe desde bien pequeño se ganó el cariño del público y es que Andrea era un pequeño adorable que guardaba un gran parecido físico con su padre. Sin embargo, su apacible vida enseguida se vio salpicada por la tragedia. Cuando tenía seis años su padre fallecó en un accidente náutico que sumiría al nieto mayor de Rainiero en una profunda tristeza que obligó a su madre, la princesa Carolina, a llevarlo a terapia.

Seguramente la repentina muerte de su padre, que conmocionó al mundo, provocó en Andrea unos deseos de rebeldía y aquel niño adorable se convirtió en un joven provocador al que parecía que solo le interesaba el alcohol, las fiestas y las chicas. Según fue creciendo Andrea se volvió más atractivo y se convirtió en uno de los solteros de oro más codiciados, no solo de la realeza sino de la jet set, gracias a un estilo a la hora de vestir único que le otorgaban un halo de misterio, abandono y unos looks relajados que le convirtieron en uno de los 50 hombres más hermosos del mundo. Famosos han sido sus pareos, sus sombreros, sus colgantes y sus camisas de lino desabrochadas lucidas como nadie por este joven alto y delgado, siempre con un cigarrillo entre los dedos que parecía vivir en unas constantes vacaciones.
 

Parecía que Andrea iba a ser carne de cañón de los paparazzi a semejanza de lo que ha sido su padrastro, Ernesto de Hannover, un party boy aficionado al alcohol, al desfase y a las broncas con los fotógrafos.

Una millonaria con aspecto muy común
Sin embargo, todo pareció cambiar cuando una joven de larga melena morena y de aspecto tímido se cruzó en su camino. Tatiana Santo Domingo apareció en la vida del joven príncipe de la mano de su hermana, Carlota. Ambas eran amigas del Liceo de París y la pequeña de los Grimaldi se encargó de hacer de Celestina. Nadie diría por su aspecto que Tatiana proviene de una de una rica familia colombiana, de las más adineradas del planeta. Sin embargo, su naturalidad, su estilo boho chic y belleza fuera de artificios encandilaron a Andrea que estaba harto de mujeres explosivas y citas de una noche.

Aunque nadie daba un duro por esa relación la pareja se fue asentando hasta tal punto que en 2013 nacía su primogénito, Sacha. Un niño muy parecido a su padre y a su abuelo, rubio y simpático que hacía las delicias de la ya la abuela más chic del mundo, Carolina.

Boda de cuento de hadas en Los Alpes
Cuando todo parecía apuntar a que ya la boda nunca se celebraría, Andrea y Tatiana dieron el campanazo casándose por partida doble: primero por lo civil y, después, por lo religioso en una boda de cuento de hadas en un pueblo de Los Alpes. Aunque ellos son de costumbres sencillas, la joven pareja dejó su impronta en la boda religiosa, mucho más relajada en la que Andrea llevaba un traje y Tatiana un vestido hippy con sandalias planas. El glamour monegasco se notó en su segunda boda donde se celebró una gran fiesta digna de reyes.

Tras su boda la pareja tuvo a su segundo hijo, una niña de nombre India. Desde entonces Andrea no ha dejado de evolucionar, una metamorfosis que empezó de la mano de Tatiana y que poco a poco le está convirtiendo en un padre ejemplar y un marido de manual. También su estilo ha cambiado: se ha cortado el pelo, suele llevar trajes y tiene una actitud más seria y madura. Sus corbatas lucen impecables y le gusta llevar gafas de sol clásicas al más puro estilo de la década dorada del Principado.

Atrás han quedado las noches de desfase. Ahora, Andrea ha encontrado que la felicidad está en su hogar cambiando pañales y viendo series infantiles.