Nicolás Sarkozy o la última gran superestrella que ha dado Francia

El expresidente francés acapara más titulares que su sucesor.

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Existen rumores de que Sarkozy podría volverse a postular como candidato presidencial. Algo que, de ser cierto, tendría que luchar con el otro Sarkozy que conocemos: el dueño de esa vertiente mediática que ha acabado por convertirlo en una figura pop, una celebridad reconocida e interesante incluso para aquellos a los que no les interesa la política y ven en que haya sido Presidente de Francia algo menos relevante que el hecho de que sea el marido de Carla Bruni.

En múltiples ocasiones se ha comparado la figura de Sarkozy con la de Napoleón, algo por lo que –hay que ser justos– pasan regularmente todos los presidentes franceses en su vida. Pero en su caso, los caricaturistas aún podían dejar pasar menos la analogía al ser Nicolas de baja estatura, narcisista y de temperamento volcánico.

Los delirios de grandeza y el mezclar asuntos sentimentales con políticos sin el menor desmán siguió siendo práctica habitual de los monarcas franceses, que se habían ganado una justa fama de libertinos (si no de depravados) a ojos de los monarcas españoles, que también tenían sus escarceos, pero a los que jamás se les habría ocurrido hacer de ello un asunto público.

Ni mucho menos se les pasaba por la cabeza que existiese la figura de una favorita oficial, una amante que competía en poder e influencia con la reina en un complicado juego de cortejo y protocolo muy difícil de comprender a día de hoy. Esta liberalidad llegó hasta François Mitterrand y está instalada con admirable salud en nuestros días en la figura de Hollande y sus aventuras y desventuras con Trierweiler y Gayet.

Y aunque este triángulo haya protagonizado horas de debates, multitud de chistes, cotilleos jugosos y elucubraciones maledicentes, su vórtice, François Hollande, no polariza ni interesa tanto a la opinión pública en su vertiente mediática como su antecesor Sarkozy. Es imposible quedarse en medias tintas al hablar de él: su divorcio causado por “años de múltiples infidelidades”, su matrimonio con la ex modelo y posterior cantante Carla Bruni, su egocentrismo, su personalidad arrolladora y su carisma le han ganado tantos detractores como admiradores.

El anuncio de su intención de regresar a la política provocó una ola de apresurados comentarios que recordaban su implicación en distintos casos de financiación ilegal. Probablemente sus escándalos de corrupción (el verano pasado pasó varias horas detenido mientras era interrogado por la Policía) lo hayan alejado definitivamente del Elíseo, pero si la política no le acoge de nuevo en su seno, tiene una bien construida carrera de superstar.

Al casarse con Carla Bruni, en 2008, fueron muchos los que vieron tanto estrategia de marketing como amor. Con su matrimonio con una glamorosa top model reconvertida en cantante indie encontraba a una Primera Dama capaz de atraer los flashes estuviesen donde estuviesen, y se transformaba en parte de una de esas poderosas máquinas de generar interés sin fin: una supercouple, ésas que logran el increíble efecto del 2 + 2 = 5 porque el poder de las dos partes sumadas es mucho mayor que el de las dos partes por separado.

Los años en los que fue presidente, ya casado con Bruni, marcaron un antes y un después en su imagen pública. Fue ese matrimonio el que puso la guinda definitiva en su reconversión en icono pop en un tiempo en el que las campañas políticas se diseñan pensando a la americana, a modo de concursos de popularidad y dejando atrás el concepto de “seriedad” que se le exigía a los representantes públicos europeos.

En un mundo en el que la imagen lo es todo, Sarkozy consiguió una relevancia que acabó por convertirlo en tan personaje de la prensa del corazón como político, lo que acabó por dañar al final –precisamente– su presencia política, criticada entre otros por su sucesor Hollande antes de verse envuelto en polémicas casi exactamente iguales. A su órbita además se sumaban personajes menores, pero siempre útiles como un hijo DJ y un poco tarambana (Pierre Sarkozy) y un hermano, Oliver, prometido –o tal vez casado– con una estrella de Hollywood, Mary Kate Olsen, y un círculo de amigos íntimos que incluye a otras estrellas de Hollywood como Jean Reno, quien nos contó:  "Cuando se convirtió en Presidente de Francia todo el mundo quería ver una lectura en nuestra amistad, pero no la hay").

En cierto modo, Sarkozy simboliza en nuestro imaginario colectivo esa Francia del tópico construido a base de muchas décadas de chauvinismo y camareros que te miran con desdén: la joie de vivre, la grandeur, el hedonismo vibrante, la libertad de costumbres sexuales, el pasotismo de lo establecido y ese disfrutar de la vida con un aire mundano no exento de sinvergonzonería tan envidiable como cuestionable. En ocasiones, nos encanta encontrar a alguien que encarne todos los tópicos. En ocasiones, los votamos. Y en ocasiones, nos gobiernan.

*Raquel Piñeiro es escritora, editora de guías de viaje y su personaje favorito de 'El Pequeño Nicolás' es Clotario porque tenía televisión en casa. 

En cierto modo, Sarkozy simboliza en nuestro imaginario colectivo esa Francia del tópico construido a base de décadas de chauvinismo, camareros que te miran con desdén, la joie de vivre, la grandeur, el hedonismo vibrante