La apasionante historia de Hugh Hefner, el Walt Disney del erotismo

Al borde de los noventa años, el creador de Playboy sigue al pie del cañón. Así se forjó su imperio.

Hugh Hefner vive la vida que muchos varones heterosexuales soñarían tener a su edad: es millonario, no viste otra cosa que no sea un batín y una gorra de capitán de barco, está casado con una mujer 60 años más joven que él llamada Crystal Harris y, lo mejor de todo, en su mansión californiana sólo dejan entrar a mujeres con poca ropa, famosos con ganas de fiesta y, en contadas ocasiones, algún curioso dispuesto a pagar un dineral por conocer en directo la Disneylandia del erotismo.

Definitivamente, Hugh Hefner es un ídolo que cumple todos los clichés del jubilado bonvivant. Todos excepto uno: sigue trabajando. Aunque no por necesidad, sino por principios. “Retirarme sería el primer paso hacia la tumba”, asegura siempre que alguien le ha preguntado por qué no se olvida de Playboy y se lanza a disfrutar de todos esos placeres por los que muchos matarían. No lo culpes. ¿Acaso abandonaría a su suerte el imperio que convirtió a un licenciado en psicología en el Walt Disney del entretenimiento para adultos?

Porque del mismo modo que al padre del ratón Mickey le debemos mucho más que unos simpáticos dibujos animados, el padre del conejo más famoso del mundo (con permiso de Bugs Bunny) se merece un reconocimiento por mucho más que por sus desnudos femeninos rodeados de buen periodismo y por hacer de un logo de un conejo diseñado en 1954 un top en ventas. No se equivoquen: Hef, como le conocen sus amigos, es mucho más que un caballero obsesionado por las tetas bien puestas. Pasen y vean.

TODO SOBRE SU MADRE

Como cualquier ser humano, la llegada al mundo de Hugh Hefner no habría sido posible sin sus padres, Glenn Lucius y Grace Caroline Hefner, dos maestros conservadores y metodistas descendientes de suecos y alemanes asentados en Chicago.

Otra cosa es a quién de los dos debamos la existencia de Playboy, y en ese caso todas las flores son para su madre Grace, que fue la que le prestó 1.000 de los 8.000 dólares que Hugh, sin saber qué hacer tras trabajar como periodista para Squire y un diario militar durante la Segunda Guerra Mundial, necesitaba para fundar su propia revista. Una que acabara con la mojigatería imperante en la época. “No lo hizo porque creyera en el proyecto, sino porque creía en su hijo”, reconoció hace unos años el editor durante una entrevista. No es lo único que le debe. La buena de Grace murió en 1997 a la nada desdeñable edad de 101 años. Vamos, que hay Hugh Hefner para rato…

MARILYN MONROE NUNCA ESTUVO AQUÍ

Antes de convertirse en la estrella del cine más grande de la historia, Marilyn Monroe se llamaba Norma Jean y no tenía problemas en posar desnuda para varios calendarios. Con lo que no contaba ella es con que años después Hefner compraría una fotografía inédita de aquellas sesiones por 500 dólares y la convertiría en el póster despegable del primer número de Playboy (nombre elegido tras descartar otros como Stag Party, Sir o Bachelor), publicado en diciembre de 1953. La revista salió sin ningún número que indicara su periodicidad porque el empresario no sabía cuánto tardaría en sacar la siguiente, pero aquella imagen de la actriz sin ropa sobre un fondo rojo de terciopelo logró que los 55.000 ejemplares de aquella primera tirada se agotaran en un santiamén. Al mes siguiente el número 2 ya estaba en los quioscos.

Curiosamente, Hefner y Monroe, que tenían la misma edad, nunca llegaron a conocerse. Eso sí, cuando llegue el momento descansarán para siempre el uno junto al otro. En 1992 el magnate compró por 75.000 dólares una tumba al lado de la de Marilyn para pasar a la eternidad al lado de su “icono sexual de juventud”.

CUESTIÓN DE FILOSOFÍA

¿Cuántos matrimonios se habrán salvado gracias a que después de que la mujer descubriera algún ejemplar de Playboy por ahí escondido aceptara la manida excusa de “La compro por los artículos, que son muy buenos”? Sobre todo porque bastaba abrir las páginas de la revista para finalizar la discusión. Realmente lo eran.

Qué multitud de cabeceras se hayan subido después al carro de erotismo con fundamento con más o menos acierto se lo debemos también a Hugh, que en un editorial publicado en aquel primer número describió lo que hoy se conoce como ‘filosofía Playboy’: no es una revista de sexo, sino una publicación sobre estilo de vida que dedica una atención especial al sexo porque el sexo es una parte importante de la vida’.

¿En que se tradujo esto? En que además de fotos subidas de tono de mujeres, cada número incluía relatos cortos de escritores como Vladimir Nabokov, Arthur C. Clarke, Truman Capote, Kerouac o Gabriel García Márquez. Es más, Ian Fleming usó la revista para publicar las primeras aventuras de James Bond (dónde mejor) y Ray Bradbury hizo lo propio con Fahrenheit 451, que apareció íntegra por entregas, algunas de ellas ilustradas por Picasso.

Pero el de la cultura no fue el único ámbito que supo ver un éxito en Playboy para difundir sus ideas. Además de relatos, Hefner nunca olvidó sus orígenes como periodista y también se empeñó en hacer entrevistas en profundidad a grandes personalidades de la política como Fidel Castro, Jimmy Carter (que reconoció que había sido infiel de pensamiento alguna vez), Martin Luther King o incluso Malcom X, que concedió la suya semanas antes de ser asesinado.

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