La gente no dejará de aplaudir, pero él sí se va

Vicente Fernández deja los escenarios; un repaso por su carrera nos recuerda por qué es “el Sinatra mexicano”.


Faltaba poco para el gran día y parecía que el sol no iba a salir nunca. Era la una de la tarde, Vicente había ido a reconocer el lugar y se paseaba sobre el escenario en forma de cruz frente a la vacía inmensidad de La Plaza de Toros México —la más grande del mundo—, donde se tenía que realizar el concierto unos días después. La lluvia no había dejado de caer durante toda la semana. ¿Sería este el primer fracaso de Vicente Fernández?

Unos meses antes se había obsesionado con cantar en el gran recinto taurino y de paso, apabullar a Julio Iglesias, quien recién se había presentado en el mismo lugar con mediano éxito. Era un poco de nacionalismo y orgullo charro; a Vicente no le parecía justo que le hubieran permitido a Iglesias hacer un concierto ahí antes que a él, sobre todo porque se suponía que el espacio estaba vetado tras los desmanes ocurridos un año antes con la boy band puertorriqueña Menudo, cuando la juventud mexicana se desbordó con heridos, golpeados y desmayados de por medio.

¿Por qué diablos a Julio Iglesias no se atrevieron a decirle que no? ¿Acaso los chicos que cantaban Súbete a mi moto ataviados de licra o el crooner español de moda iban a venir a ser profetas en las tierras del “Ídolo del Pueblo”?

Pero a escasos días del 15 de septiembre de aquel orwelliano 1984, una tormenta amenazaba con cancelar ‘Un Mexicano en la México’, el masivo que podría hacer historia. Vicente no iba a dar su brazo a torcer, había decidido presentarse a como diera lugar y apostaba, como si de su personaje de ‘El Tahúr’ (película de 1979) se tratara, a que el sol iba a salir en algún momento y que las nubes de la incertidumbre que se erigían sobre su sombrero de charro, iban a despejarse. ¿Le ganaría la partida de cartas al viejo Tláloc, eterno tramposo acostumbrado a arruinar desde los picnics hasta los festivales musicales?

Hasta el momento, nada parecía haberle salido mal a Vicente, llevaba casi 20 años siendo el rey de la música popular vernácula y su éxito iba en ascenso.

Pero la víspera del concierto había llegado y seguía haciendo frío, llovía y las calles de los alrededores estaban llenas de lodo. Eran casi las cuatro de la tarde, el lugar comenzaba a poblarse, los instrumentos de los mariachis estaban cubiertos con plásticos para protegerlos del despiadado clima; la peregrinación de almas devotas al culto de la Ley del Monte llegaba lentamente al lugar, esperando un milagro que hiciera salir al señor sol de su retiro.

Vicente miraba desde su camerino la ola de personas y la lluvia que amenazaba con volverse catastrófica. Entonces, alguien se acerca y le advierte: “A lo mejor y tendríamos que cancelar”. ¿Cruzaría Vicente el pantano sin ensuciarse las botas?

Desde sus inicios, Vicente Fernández había dado muestras de carácter, de ser un tipo que lograba lo que se proponía. Nacido de cuna humilde, el cantante se hizo a sí mismo probando suerte, primero en su natal Jalisco y luego en la capital, cantando a cambio de propinas, trabajando en mil y un oficios ingratos, y tratando de sobrevivir junto a su esposa de toda la vida, la señora María del Refugio “Cuquita” Abarca Villaseñor. Con ella afrontó el reto de hacer que Vicente Jr., su primogénito nacido prematuramente, sobreviviera incubado al calor de unos focos caseros.

Hoy irónicamente, la familia posee, entre otras cosas, una piscina enorme en forma de guitarra —única en el mundo— que destaca en el rancho de 500 hectáreas llamado “Los Tres Potrillos”; ahí retozan caballos miniatura y de pura sangre, muchos de los cuales el mismo Vicente se ha encargado de traer al mundo ayudando personalmente a las yeguas a parir y sí, además (¡cómo olvidar el pequeño detalle!) ha vendido más de 60 millones de discos e incluso lo han considerado el Sinatra mexicano.

Pero antes de despegar y grabar su primer álbum en 1967 (‘La voz que usted esperaba’), con el cuál su compañía discográfica de toda la vida (hoy Sony Music México) buscaba posicionarlo como el nuevo ídolo de la canción ranchera tras la prematura muerte de Javier Solís, el futuro astro no podía permitirse ni siquiera pagar la incubadora de un hospital. La pareja tuvo tres hijos más: Gerardo, Alejandro y Alejandra, quien en realidad es adoptada ya que el matrimonio siempre quiso tener una potrilla.

 

Con todas menos contigo
Desde principios de los 70 y durante las siguientes décadas, el cantante filmaría una película tras otra para capitalizar el éxito de sus canciones. Con el tiempo se haría socio del realizador Gregorio Walerstein con quien tuvo algunas diferencias, como cuando en ‘Un hombre llamado el Diablo’ (1983), donde la hacía de un vengativo y oscuro ranchero que abusa sexualmente de una joven Patricia Rivera, Vicente exige que cambien el final a la cinta para que el criminal que caracterizaba terminara muerto; se la hacía injusto y un mal ejemplo que un forajido saliera airoso, como dictaba el guion original.

El “ranchero sexy” (bautizado así por Raúl Velasco) era lo mismo un tipo rudo que un sensible macho de pelo en pecho que podía gritar a los cuatro vientos que había grabado en la penca de un maguey el nombre de esas mujeres divinas que lo acompañaban en el cine y en la televisión, y con las que tuvo amoríos. ¿Hacemos cuentas? ¿Más de 40 películas?: “No peleemos... con todas tuve romance, pero hay una con la que no… ¡y eso que ya tenía el permiso de doña Cuca!”, nos cuenta su amiga, la periodista Blanca Martínez, que le confesó el artista alguna vez. Al parecer, su bigote y patillas no tenían tantas feromonas como las cejas de Manuel “El Loco” Valdés. La verdad es que la susodicha, Verónica Castro, se “le fue viva”. Vicente siempre la respetó porque era la novia de su amigo.

Otro de sus cercanos de la época, el locutor Gustavo Alvite, nos cuenta en exclusiva que cuando Patricia Rivera, —quien fuera amante del charro— se embarazó a mediados de los 80, el cantante rompió todo vínculo con ella. Vicente le había advertido a la actriz que no quería hijos fuera del matrimonio por ningún motivo, pero cuando Rodrigo Fernández nació, el artista se conmovió y acompañado de sus hijos —a quienes tuvo que confesar el desliz, con lágrimas en los ojos— lo llevaron a registrar legalmente para darle su apellido. Dieciocho años después, una prueba de ADN arrojó que a Patricia le habían salido mal las cuentas y que Rodrigo no era ni iba a ser jamás el cuarto potrillo.

*Lee la nota completa en la edición impresa de abril.