‘Vaselina’, la exitosa película que tenía todo para fracasar

John Travolta, Olivia Newton-John, Stockard Channing y otros miembros del reparto hablan sobre esta antológica fiesta.

Allan Carr manejaba un Mercedes amarillo con una placa personalizada en la que se leía ‘CAFTANS’, en referencia al centenar de túnicas floreadas que colgaban de los ganchos de su armario. La decoración interior de su mansión en Benedict Canyon era estridente y un poquito narcisista: de las paredes colgaban varios retratos de sí mismo en marcos dorados. Celebraba estrafalarias fiestas en las que corrían el caviar Petrossian y el champán Cristal, y sus invitaciones eran tan codiciadas en Hollywood que las dividía salomónicamente por orden alfabético: una noche la lista de invitados iba de la A a la L y la noche siguiente de la M a la Z. Pero lo más subido de tono solía llegar después de la fiesta: veladas solo para homosexuales en las que actores y mandamases de la industria se mezclaban con flexibles y musculosos jóvenes a quienes él apodaba sus “bizcochitos”. Carr, como anfitrión, se dedicaba a contemplar estas hazañas sexuales colectivas por circuito cerrado de televisión desde el dormitorio principal. Justo allí, albergaba un frigorífico de acero inoxidable y una máquina de diálisis: pruebas, ambas, tanto de su apetito voraz como de los problemas de salud que lo persiguieron durante toda su vida.

Había crecido a las afueras de Chicago con el nombre de Alan Solomon, un agradable chico judío conocido como Poopsie, con una llamativa personalidad y un físico obstinadamente rollizo. En los 60, financiado por sus padres, hizo sus primeros pininos produciendo obras teatrales antes de hacerse planificador de eventos (en una ocasión montó una fiesta en una cárcel para Truman Capote) y representante de artistas como Tony Curtis o Joan Rivers. Poco a poco fue implicándose en la comercialización de películas. La primera, la ópera rock de Robert Stingwood titulada Tommy en 1975 y, un año más tarde, la película mexicana Supervivientes en los Andes, sobre un accidente aéreo cuyas víctimas se dieron al canibalismo. Fue este último filme, despedazado por la crítica pero que cosechó un sorprendente éxito en taquilla, el que le dio un nombre en Paramount Pictures. Allí Carr revivió él solito un género cinematográfico que había sido dado por muerto, contribuyó a consolidar el estrellato del actor más rentable de toda la época y supervisó la película musical estadounidense más taquillera del siglo XX: ‘Vaselina’.

La desorganizada producción, planificada en cinco semanas y rodada en dos meses, recibió un humilde presupuesto de poco más de 100 millones de pesos. La protagonista era extranjera y carecía de experiencia como actriz; el resto de actores, demasiado viejos; la música, desigual; y la coreografía y la puesta en escena se improvisaban sobre la marcha. Los papeles secundarios corrían a cargo de un variopinto grupo de viejas glorias y su actor secundario principal era un jovencito asilvestrado que posteriormente fallecería por complicaciones derivadas de su drogadicción. Había muchas razones por las que Vaselina no debería haber funcionado. Pero Vaselina tenía a Carr. “Era como el tío Allan”, cuenta Didi Conn, que interpretaba a la alumna desertora de la academia de estética, Frenchy. Y, a fin de cuentas, eso es lo que hizo que, en lugar de ser una gran tontería cursilona se transformara en un icono del celuloide. “Sin Allan, látigo en mano, no habríamos sido capaces de salir adelante —reconoce John Travolta, sobre cuyos hombros recayó la responsabilidad de interpretar al chico malo de buen corazón, Danny Zuko—. Él era el director de todo aquel circo”.

“Allan venía y se ponía en pie sobre la plataforma móvil de la cámara, ataviado con una de sus túnicas, abría los brazos como si fuera Moisés y nos decía: “Niños, niños, vengan aquí”, y entonces nos hablaba sobre los visionados y nos contaba qué acogida estaban teniendo —recuerda Dinah Manoff, que en la película interpretaba a Marty, una de las Pink Ladies—. No había nadie como él. Él era la verdadera estrella de Vaselina”.

'Vaselina' fue concebida por un redactor publicitario, Jim Jacobs, y un profesor de plástica de preparatoria, Warren Casey. Ambos se conocieron en una compañía de teatro amateur en Chicago a principios de los sesenta. En la preparatoria, Jacobs había sido uno de los chicos malos engominados que representa la película; mientras que Casey era un nerd. Al tiempo que escuchaban discos de Led Zeppelin en una fiesta ambos lamentaron la muerte de las grandes canciones del doo-wop de los años 50, y aquello desembocó en la idea de escribir una obra musical sobre una pandilla de desastrados estudiantes de preparatoria con esa música como columna vertebral de su banda sonora. Lo titularían Vaselina en homenaje a una época en la que todo era grasiento: el gel de sus peinados, el aceite de los motores de los coches que manejaban y la grasa de la comida que consumían. Esa descarnada y atrevida historia, cargada de groserías, sobre adolescentes se estrenó el 5 de febrero de 1971 en una antigua cochera de tranvías en Chicago.

Cuando llegó a Nueva York, un año más tarde, fue representada fuera del circuito de Broadway, en el Eden Theatre y Carr, que asistió a la representación, comprendió al instante que tenía posibilidades como película. Los derechos cinematográficos ya habían sido adquiridos por Ralph Bakshi (el animador que creó El gato Fritz, la película X de animación), pero cuando expiraron, Carr los adquirió por unos 3.5 millones de pesos y se llevó el proyecto a Paramount. En el estudio despreciaron la idea por ser demasiado vulgar. “Barry Diller —entonces presidente de Paramount— y Allan Carr se odiaban a muerte —cuenta Robert Hofler, el biógrafo de Carr—. Barry consideraba que Allan era una broma de mal gusto andante”. Diller niega esa interpretación y lo recuerda como un “tipo extravagante que, de vez en cuando, demostraba tener buen instinto”. Lo que sí admite Diller es que “hubo discrepancias a lo largo de toda la producción y la edición, cosa que no era particularmente rara, pero que, dadas las partes involucradas, solía ser complicado”.

*Lee el texto completo en la edición de mayo 2016 de Vanity Fair México.