Un mundo raro: 43 años sin la bohemia de José Alfredo

Un 23 de noviembre de 1973 nos dejó uno de los compositores mexicanos más importantes de la historia. Un escritor y un músico le rinden homenaje en este perfil.

Dolores Hidalgo, Guanajuato, siempre ha sido un pueblo bohemio. De unas noches de tertulia conspiratorias —de música y bebida— se fraguó el inició de la Independencia de México. Ahí, en el atrio de la parroquia de Nuestra Señora de Dolores, la madrugada del 16 de septiembre de 1810, el cura Miguel Hidalgo convocó a los pobladores a desconocer el gobierno y alzarse en armas para derrocar a los tiranos de la Nueva España.

Algunos años después, el 19 de enero de 1926, nació en la bohemia Dolores Hidalgo el máximo bohemio de México, José Alfredo. Así nomás, porque José Alfredo es tan grande que no precisa de apellidos para que lo reconozcan, exactamente igual que un tal Juan Gabriel.

No se puede pretender trazar un mínimo acercamiento a la bohemia mexicana, esa que toca su cúspide en las décadas de los 40 y 50, sin poner al gran guanajuatense en el epicentro. Él es el verdadero punto de partida, el centro de distribución, el marcapasos de la vernácula mexicana.

La bohemia capitalina

El niño José Alfredo perdió a su padre, Agustín, en 1936, por lo que se tuvo que mudar con su madre, Carmen, y sus hermanos, Concepción, Víctor e Ignacio, a la Ciudad de México, al clasemediero barrio de Santa María La Ribera.

Mártir desde joven, jugó en la posición más ingrata del futbol, la de portero, en el Oviedo y el Marte de la primera división mexicana. El mítico Antonio La Tota Carbajal llegó a compartir balón con él en el Kiosko Morisco, en el centro de la Ciudad de México. Pero la suerte estaba echada para él, que dejaba el campo, de repente: “Le llegaba la inspiración y se iba a escribir por ahí”, recordaría el mítico Cinco copas.

A mediados de los años 40 trabajaba como mesero en el restaurante La Sirena, donde escribió sus primeras canciones. Todavía era un chiquillo, pero ya se notaba en sus letras las sensibilidad, la tristeza, el dolor que lo acompañarían durante toda la vida. “Cuando el destino” fue uno de los temas que llamaron la atención del músico veracruzano Andrés Huesca —uno de los máximos exponentes del son jarocho—, quien no dudó en presentarlo en la XEW. Antes de cumplir los 20, José Alfredo escribí así:

Qué bonita es la venganza

cuando Dios nos la concede

yo sabía que en la revancha

te tenía que hacer perder

Una (varias) piedra en el camino

Rodar y rodar. Si José Alfredo vivió todo lo que compuso, entonces sufrió más que su compadre Pedro Infante en las películas Nosotros los pobres (1947) y Un rincón cerca del cielo (1952), juntas. “Creo que cuando estás contento muchas veces no te fijas en las letras de las canciones, pero cuando estás triste, las sientes mucho. Los temas de José Alfredo iban mucho por ahí: son de desamor, una especie de blues mexicano; de ‘vamos a ponernos borrachos porque no puedo con el dolor que traigo dentro’. Sabías que tenías a alguien que estaba igual o peor que tú”, dice el Cha!, bajista de Fobia y Moderatto. Con esta última banda, hizo un cóver de “El rey” en versión spanglish para al tributo a José Alfredo, XXX Un mundo raro. “Fue el primer sencillo del disco y nos dio a conocer internacionalmente; gracias a José Alfredo”. Compruébalo aquí:

José Alfredo escribía donde le agarraba la inspiración: en los camerinos del teatro Blanquita, en su destartalado Ford Mustang blanco —de ahí el corrido “El caballo blanco”—, en las cantinas, principalmente. Plasmaba sus letras en servilletas de papel y componía la música de silbidito. Era lírico. Cha! reconoce que hay artistas que conectan y José Alfredo era así. “No era ningún virtuoso musicalmente, ni siquiera sabía en qué tono estaban sus canciones, pero era uno de esos que tenía un talento nato, tocado por Dios. José Alfredo era muy especial porque reflejaba a su público”.

Ojo verde, delgado, bien parecido —con marcas de acné juvenil en la cara, eso sí— y 1,76 metros de estatura, el poeta fue un enamoradizo. De su historial amoroso se sabe, en estricto orden alfabético: Columba Domínguez (le escribió “Si nos dejan”) Lucha Villa, Irma Dorantes (le dedicó “Muy despacito”) e Irma Serrano “La Tigresa”. Estuvo casado con Paloma Gálvez y Alicia Juárez.

Así que no todo era tristeza en las canciones de José Alfredo. “Si nos dejan” posiblemente sea una de las canciones más bellas jamás escritas. Y está también “Un mundo raro”, la favorita del escritor Carlos Velázquez, autor de La biblia vaquera y El karma de vivir al norte, y un estudioso del cantautor guanajuatense. “’Un mundo raro’ es quizá la canción más bella escrita por un mexicano, tiene un componente metafísico que pone a José Alfredo por encima de cualquier pensador contemporáneo, sea Žižek o Chomsky. Cuál es ese mundo raro del que habla”, dice en ese tono provocador que lo caracteriza.

— ¿Por qué es tan popular?

— La literatura, el arte en sí, no ha dejado de tener las mismas preocupaciones desde el principio de los tiempos: el amor, el temor a la muerte, las preocupaciones ontológicas. Los temas de José Alfredo son universales. Su obra no le pide nada al Ser y la nada, de Sartre.

— ¿Por qué te gusta José Alfredo?

— Por lo mismo que me gusta Bob Dylan o Leonard Cohen: por la poesía en sus canciones. Pero el Nobel no era para José Alfredo porque si existe algo alejado de la academia es él. A diferencia de Dylan, que tiene una formación literaria, José Alfredo nunca leyó a Yeats. Su canto es agreste y ahí radica su encanto.

— ¿Cada cuánto lo escuchas?

— Al menos una vez a la semana. José Alfredo es el soundtrack tanto del triunfo como de la derrota. Es decir: de la vida cotidiana.

— ¿Tienes que estar borracho para sentir más sus canciones?

— Oír a José Alfredo sobrio es como querer bailar trance sin tacha. El alcohol es el mejor amigo del dolor.

¿La vida no vale nada?

Mientras a varios se les despidió con los más altos honores o en el Palacio de Bellas Artes, el máximo recinto de la cultura en México —Salma Hayek estrenó ahí Frida, en 2002—, José Alfredo (“Qué suerte la mía, estar tan perdido”) dijo adiós a su público durante un programa de Siempre en domingo, en 1973…, con Raúl Velasco como maestro de ceremonias. Moriría semanas después, el 23 de noviembre de 1973, víctima de una cirrosis hepática provocada por su alcoholismo. Una década después se estrenó una telenovelera película sobre su vida, Pero sigo siendo el rey (René Cardona Jr., 1988), con Leonardo Daniel en el papel del cantautor y Jorge Ortiz de Pinedo como patiño. Caray.

De la lejana montaña

Va cabalgando un jinete

La vida no vale nada. Pero a veces da revancha. Desde hace siete años, el llamado poeta del pueblo ya tiene su propio festival internacional en Dolores Hidalgo, Guanajuato, la ciudad bohemia que lo vio nacer, una fiesta de música, bebida y comida. “La bohemia tiene la capacidad de cristalizar el tiempo. Es una borrachera eterna. Nadie, aunque a los mexicanos se nos acuse de hüevones, se ve a sí mismo trabajando todo el santo día. El trabajo mata el alma, pero la bohemia la resarce”, dice Carlos Velázquez.

Si eso no es suficiente, la heladería La Flor de Dolores, ha bautizado a una nieve con el nombre de José Alfredo Jiménez. Ingredientes: xoconostle y tequila. Faltaba menos.

También hay un museo en su ciudad natal: la casa donde el maestro nació, edificada a mediados del siglo XIX. Ahí es posible recorrer, de manera cronológica y temática, los diversos momentos de la vida y obra de José Alfredo. Durante los primeros días de noviembre (anótalo para una próxima visita) se coloca un altar en su honor, por el Día de Muertos.

Salud por José Alfredo, entonces.