Cita con un seductor

Sarah Ellison descubre cómo Tony Blair compagina su aspiración a convertirse en líder global con su labor en favor de turbios regímenes.

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Tal como afirmó el escritor y ministro británico Enoch Powell, “todas las carreras políticas, a no ser que se trunquen antes de tiempo o que se interrumpan en un momento dulce, están abocadas al fracaso, porque esa es la naturaleza de la política y de los asuntos humanos”. Cuesta imaginar a un gobernante que encarne esa declaración de forma más precisa que Tony Blair, que ha pasado de ser uno de los primeros ministros más populares de la historia del Reino Unido a convertirse en uno de los personajes más detestados de la esfera pública británica. El exmandatario, que aspira a convertirse en líder a escala global e incluso a ser un referente moral en todo el mundo, posee un patrimonio que supuestamente asciende a los 100 millones de libras [unos 2 mil millones de pesos], cifra que él niega. En la actualidad, apenas se deja ver en contadas apariciones públicas en Londres. En 2010, anuló el evento con el que se iba a celebrar la publicación de su autobiografía, titulada Memorias, para rehuir las inevitables protestas. A Blair no lo invitaron a la boda del príncipe Guillermo con Kate Middleton en 2011. El pasado mes de enero, un camarero londinense interpuso, a título personal y sin éxito, una demanda contra él por supuestos crímenes de guerra ocurridos a raíz de la invasión de Irak.

Me reúno con él en su despacho londinense, desde el que se divisa Grosvenor Square. Cuando se presenta, da la impresión de que sus ojos azules y su amplia sonrisa llegan antes que el resto de él. Sus otros rasgos han perdido lozanía por culpa de la edad. Quiere analizar con perspectiva los años transcurridos desde que dejó de ser primer ministro, y empieza comentando lo que sintió al convertirse de repente en un ciudadano normal. “Cuando te vas, no tienes nada”, reconoce. “Lo primero que echas de menos es la infraestructura. Debes crear una red de contactos, lo cual cuesta un esfuerzo grandísimo. Y luego tienes que disponer del dinero necesario para mantenerla”.

¿Para mantener qué? ¿Cómo definiría sus actuales objetivos vitales? Blair guarda un silencio de diez segundos, y después contesta: “Estoy tratando de fundar una organización que pueda cambiar las cosas en los temas que me preocupan”. Esos temas son la tolerancia religiosa entre distintas confesiones, así como la buena gobernanza, especialmente en los países africanos en vías de desarrollo. “El islamismo radical constituye el mayor reto al que nos enfrentamos en la actualidad”, asevera. “Y todavía no hemos logrado comprender su alcance, su profundidad y lo peligroso que resulta. Para combatir esta amenaza, uno de los aspectos vitales consiste en educar a la gente desde la infancia para que respete al otro”. A continuación, habla de sus organizaciones benéficas Faith Foundation y Africa Governance Initiative. Calcula que dedicaba dos tercios de su tiempo a ellas y a la labor que llevaba a cabo con el denominado Cuarteto, una iniciativa conjunta de Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia y Naciones Unidas para mitigar las tensiones entre Israel y Palestina, a la que renunció en junio. El resto lo dedica a ganar dinero para financiar todas estas actividades.

Le pregunto por el sinfín de críticas que recibe, especialmente en su país, referidas a sus negocios. Blair cree que los periódicos británicos exageran las acusaciones y comenta que lo que él considera desde hace tiempo una de sus cualidades positivas ha producido con frecuencia un efecto negativo. “Siempre he sido un político de centro y sigo siéndolo. Ahí se sitúa la mayoría de los electores, pero no sucede lo mismo con los medios de comunicación. A los de derechas no les caigo bien porque ganaba elecciones, y a los de izquierdas tampoco porque creen que traicioné mis ideales... Todo esto se multiplicó debido a la herencia de Irak”. No es la primera vez que recibe esos ataques. Si le afectan, como apuntan algunos de sus exsocios, él no da la menor muestra de ello. Se comporta con cercanía, sin darse aires. Mientras pasa un brazo por el respaldo de una butaca y se acomoda en ella, transmite una actitud en la que no se detecta ningún arrepentimiento. “La gente habrá podido censurarme por muchas cosas, pero casi nunca me han considerado tonto desde un punto de vista político”, alega.

El veterano periodista Robert Harris coincide en que Blair no es tonto. Este reportero y escritor es uno de los examigos más conocidos del político. El grupo de personas que se ha distanciado del ex primer ministro es bastante nutrido, y en él se encuentran personajes como su sucesor en el cargo Gordon Brown; su ex viceprimer ministro, John Prescott; así como el presidente de News Corporation, Rupert Murdoch, cuyos periódicos contribuyeron inicialmente a que llegara al número 10 de Downing Street. Harris dio una visión positiva del entonces líder laborista durante los años previos a la campaña electoral de 1997. Después de la guerra de Irak, el periodista rompió con el político.

Irak y Cherie

Roman Polanski llevó a la gran pantalla The Ghost Writer, basada en la novela de Harris The Ghost. En la cinta aparece un primer ministro británico (inspirado en Tony Blair) que, tras abandonar el cargo, contrata a un escritor fantasma para redactar sus memorias. En el transcurso de la trama, se revela que un espía encubierto de la CIA logró manipularle para que este se plegase a los designios del Gobierno estadounidense mientras ocupaba el poder. Harris tuvo la idea de escribir The Ghost Writer durante una cena celebrada en 2003 en la residencia del mandatario, mientras escuchaba cómo Cherie Blair se quejaba de que el entonces presidente de Francia, Jacques Chirac, no apoyaba la invasión de Irak con suficiente entusiasmo. “Tony la interrumpió y dijo: ‘Bueno, querida, no hablemos de la guerra”. Posteriormente, el periodista se enteró de que la esposa del primer ministro se había dedicado a llamar a varios diputados para instarles a que apoyaran la moción en favor del conflicto bélico. La abogada abordaba dicha cuestión de forma “más beligerante” de lo que Harris había advertido hasta el momento, y ejercía una gran influencia sobre su esposo.

El escritor asegura que fue ella quien contribuyó al ascenso de Blair dentro del Partido Laborista: “Él nunca se habría convertido en líder de dicha organización sin ella”. El padre de Cherie, Tony Booth, y su pareja Pat Phoenix, eran dos actores conocidos que se contaban entre los miembros más distinguidos del Partido Laborista. “Cuando Tony quiso aspirar a un escaño, esta circunstancia lo ayudó enormemente”, afirma Harris. El padre de Blair, en cambio, se situaba en el otro extremo del espectro político. “Uno de los rasgos esenciales de Tony es que, en el fondo, es conservador”, comenta el periodista, quien recuerda su conversión religiosa al catolicismo, sus opiniones sobre limitar el papel del Estado, y su apuesta por la guerra de Irak.

Antes de las elecciones generales británicas de 2005, con la popularidad del mandatario en sus horas más bajas, Cherie concedió una entrevista al periódico The Sun, la más influyente publicación de Rupert Murdoch en el Reino Unido. El reportaje fue objeto de burla, pues en él se hablaba de la vida íntima de la pareja. En determinado momento, Cherie pidió a su esposo que “se quitara la ropa” para que luciera su torso. Cuando el fotógrafo le preguntó si estaba en forma, el político respondió: “¡Desde luego!”. El reportero gráfico añadió: “Cuánto, ¿cinco veces por noche?”. Y él contestó: “Por lo menos. Según cómo me encuentre, lo puedo hacer más veces”.

Blair logró ser reelegido para un tercer mandato en 2005, aunque obtuvo su mayoría menos holgada. Poco después reconoció que la guerra iraquí había creado “profundas divisiones”. Aquel era un buen momento para marcharse y ver qué tal le sentaba el papel de expresidente, así que dimitió en junio de 2007 y le pasó las riendas del Gobierno a Gordon Brown. Después no volvió al Parlamento, algo que sí hicieron otros primeros ministros del siglo XX.

En 2012, The Sunday Telegraph analizó los viajes de Blair. El diario mostraba que, en un año, había estado 61 veces en el extranjero, y había recorrido casi 360,500 kilómetros, lo que equivale, según explicaba el periódico, a la distancia entre la Tierra y la Luna. Supuestamente, había establecido contactos laborales en Kazajistán, Mongolia, China, los Emiratos Árabes Unidos, Vietnam, Kuwait, Colombia, Brasil, Albania, Perú, Corea del Sur y Azerbaiyán. Varios exsocios aseguran que no es la obsesión por el dinero en sí lo que impulsa a Blair, sino la necesidad de “hacer cosas”.

Desde que abandonó su cargo, ha creado una considerable serie de negocios y organizaciones benéficas. Entre 2007 y principios de 2013, según Bloomberg, esas empresas facturaron unos 90 millones de dólares [unos 1,388 millones de pesos]. Recientemente, el exprimer ministro declaró en Londres ante un grupo de seguidores que “las informaciones relativas a mi riqueza se han exagerado enormemente. Me gustaría aclarar esta cuestión. Por lo visto, mi patrimonio asciende a los 100 millones de libras [2 mil millones de pesos]. Cherie me ha preguntado dónde están”, afirmó en medio de unas calurosas carcajadas. Y añadió que dicho patrimonio no llegaba “ni a la mitad de eso, ni a un tercio, ni a un cuarto, ni a un quinto. Y así podría seguir”.

Otra de sus actividades principales fue la que llevó a cabo durante casi ocho años como alto representante del Cuarteto, tarea que siempre le costó explicar. Según revela un exsocio de Blair, el presidente George W. Bush presionó para lograr su nombramiento y llegó a decir que “este tipo ha echado a perder su carrera profesional para ayudarme”. En los años que el británico desempeñó el papel de representante del Cuarteto, Cherie le acompañó pocas veces a Jerusalén. Este detalle, junto a sus frecuentes cenas con Ofra Strauss, heredera israelí de una fortuna del sector de la bollería y asidua del Foro Económico Mundial de Davos, dio pie a insistentes rumores en la prensa israelí sobre la existencia de un romance entre ambos. En su país de origen, a Blair le persiguen aún las sospechas de haber tenido una aventura con Wendi Murdoch, en la actualidad exesposa de Rupert Murdoch. Pese a que negó haber mantenido cualquier relación extraconyugal, su amistad con el magnate terminó. En una decisión que ciertos miembros de la prensa británica interpretaron como un intento por parte de Murdoch de vengarse del exmandatario, The Sunday Times, propiedad del australiano, reveló que Blair había firmado en 2010 un contrato secreto a cambio de 41,000 libras mensuales [unos 981 mil pesos] con PetroSaudi International, una petrolera fundada por un miembro de la familia real saudí. Esa fue la primera vez que se hicieron públicos los detalles de un contrato del exlíder laborista con una empresa petrolera de la región, lo que según el reportaje cuestionaba “su papel como enviado a Oriente Medio”.

 

¿Reputación, qué Reputación?

El exprimer ministro se sienta en un sillón de orejas situado junto a la chimenea de mármol de su despacho. Lleva un traje marrón y camisa azul sin corbata. En una mesa cercana hay botellas de vino, diversos licores y varios montones de su autobiografía; por lo visto, estos artículos son para regalar. Al otro lado de la estancia se alza un escritorio de madera en el que se ven unos papeles desordenados, así como una computadora de gran tamaño y un portátil abierto, y también una fotografía dedicada de John Kerry. Al lado de la imagen reposa el número conmemorativo del trigésimo aniversario de la revista Gay Times, que nombró a Blair uno de los 30 “iconos gays” de la publicación por el reconocimiento que su Gobierno brindó a las uniones civiles de homosexuales, entre otras medidas a favor de este colectivo. Al principio habla con cautela pero, a medida que avanza la entrevista, va comentando sus actividades con un entusiasmo cada vez mayor.

Por mucha influencia que haya tenido anteriormente en la vida pública británica, en la actualidad Blair se encuentra tanto física como emocionalmente alejado de ella. Por mucho que haya defendido con firmeza sus decisiones sobre Irak y Afganistán, resulta evidente que le molesta que hayan dañado su reputación de forma irrevocable. “La gente se dará cuenta de que las cosas no están como están por algo que hayamos hecho nosotros. El terrorismo está muy arraigado y dentro del islam hay voces que lo justifican con gran vehemencia. Esto va a seguir sucediendo después del presidente actual, y del que venga después. Fuimos a Irak y desplegamos tropas de tierra en aquel país. Acabamos luchando contra esa gente y, por cierto, logramos identificar y controlar a todos los que se habían instalado en nuestro país. Pero aquello fue largo, duro, brutal, sangriento y mucho más complicado de lo que todos esperábamos. Al final, lo más sensato es darse cuenta de que este problema es tremendo, de que vamos a tener que pasar mucho tiempo enfrentándonos a él”. Empiezo a plantearle otra pregunta, pero me interrumpe: “La gente dice: ‘No hay que hacerle caso debido a la cuestión de Irak’. Pero insisto: precisamente deben hacerme caso porque he vivido el problema mientras estaba en el Gobierno, y nunca he dejado de estudiar el tema. Los gobiernos occidentales de la actualidad, e incluyo al mío, son endebles en su comprensión de lo que pasa en el mundo. Creo que mi forma de analizar lo que sucede en Oriente Medio y en otros campos, es mucho más sofisticada y profunda que cuando era primer ministro, incluso con toda la infraestructura de la que disponía como los servicios de inteligencia o el Ministerio de Asuntos Exteriores”.
 

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