¿Son todos los cómicos personas tristes?

Hoy Robin Williams hubiese cumplido 64 años.

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Una vez entrevisté a José Mota para una sección de Vanity Fair llamada Entrevista Extrema cuyo espíritu exige que las respuestas sean rápidas, divertidas, espontáneas y tronchantes. Pensé que el trabajo estaba hecho. Mota era un cómico líder de audiencia que había popularizado a la vieja del visillo y frases como "Si hay que ir a Ikea se va, pero ir pa ná estantería". Pues bien, me encontré con un tipo enormemente serio, que hablaba con un hilillo de voz apagado y respondía con frases cortas y solemnes. "¡¡¡Pero sé divertido!!!", me dieron ganas de chillarle. Pero había caído yo en un error tremendo al creer que el que es gracioso delante de la cámara tiene que serlo detrás de ella, como si uno pide a un doctor que vaya curando gripes también en sus horas libres. Los cómicos no tienen que por qué ser gente alegre. De hecho, la experiencia nos dice todo lo contrario.

Lo del payaso triste no es solo una figura literaria. La idea de que el humor y el sufrimiento van de la mano, de que la risa sale de un lugar oscuro y lleno de tumores, tiene todo el sentido del mundo si pensamos en Robin Williams, Freddie Prinze o Charles Rocket (de Saturday Night Live), que se suicidaron, o en aquellos que, como Chris Farley o John Belushi, murieron debido a sobredosis de drogas, otra forma de suicidio para algunos. En 1980, el actor Richard Pryor se prendió fuego mientras fumaba cocaína y bebía alcohol a la vez. Corrió por su calle en llamas hasta que la policía lo encontró. En una película de Mel Brooks hubiese sido un gag para morirse de risa. Él no se murió, pero sufrió graves heridas. Y dos años después, en un show cómico, hizo bromas sobre su propia tragedia y explicó que había provocado una explosión al mojar una galletita en un vaso de leche pasteurizada.

Estrenan película después de su muerte

En una entrevista concedida al diario El Mundo en 1997, la cómica Lina Morgan (la más famosa y rica de España) declaró: "La vida se ha portado rematadamente mal conmigo". La noticia de su ingreso hospitalario en total soledad, con la única compañía de su hombre de confianza tras la muerte de sus hermanos, de una cómica que congregaba audiencias de nueve millones de personas cuando torcía las piernas en los años noventa, reforzaba el pasado año la imagen del cómico que busca en el público el amor que no parece haber conseguido en otro sitio. Un amor que encuentra exponiendo sus debilidades. Si lo prefiere usted, haciendo un poco el idiota.

Joan Rivers, la persona más divertida que ha visto la humanidad, capaz de hacer bromas sobre judíos, nazis, niños, gays y muertos, nos dejó el pasado septiembre. Pero no mucho antes, en 2011, protagonizó un incidente en Wisconsin que ilustra todo lo que estamos contando aquí.

"Odio a los niños", dijo durante un monólogo. "Creo que la única niña que me hubiese gustado tener es Helen Keller, porque no hablaba". (Helen Keller fue la primera escritora y activista política sorda y ciega de Estados Unidos). Y un hombre entre el público le chilla cabreado: "¡Eso no es muy divertido! ¡Tengo un hijo sordo!". Joan, venida arriba de pura rabia, le responde: "¡Sí es divertido! ¡Y si tú no lo eres, lárgate! ¡Yo tuve una madre sorda, gilipollas! ¡Déjame decirte de qué va esto de la comedia: la comedia está para hacer reír a la gente y hacer que podamos lidiar con las cosas, idiota! ¡Viví durante años con un hombre que solo tenía una pierna y más adelante haré un chiste al respecto!".

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