Esa chica de Barbados

Una visita al barrio de Bridgetown remonta a quién era antes convertirse en una de las artistas más ricas y poderosas del mundo.

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Dawn Johnson tiene pinta de estar castigada por la vida. Los dientes descolocados, cicatrices en los hombros y brazos. En el porche de su casa, sentada, esta mujer no quiere revelar su edad. Con una de esas risas sonoras dice que no hay que preguntarle eso a una señora. La vivienda es de madera, sobre una base de cemento, de una sola planta. Es lo que llaman en Barbados una chattel house, una construcción de clase baja de la isla caribeña. Dentro, sus nietos y su madre ven Pulp Fiction en una pantalla plana.

Es media tarde y estamos a mediados de febrero, temporada alta de turistas. Un taxi se para frente a la casa de al lado. Una pareja blanca, de apariencia británica, baja la ventanilla de la puerta trasera. “¿Es aquí donde vivía?”, preguntan sin poner un pie en el deteriorado asfalto que atraviesa Westbury Road, este barrio popular a las afueras de la capital del país, Bridgetown. Johnson asiente. Sacan el objetivo de la cámara y toman una ristra de fotos a las paredes color crema, al techo verde, a las escaleras grises. Suben el cristal y el coche sale pitando.

—¿Pasa esto muy a menudo?
—Siempre que llega un barco con turistas. Vienen unos cuantos, preguntan, sacan fotos por la ventanilla y se van. Siempre.

Es una de las desventajas que tiene haber sido vecina de Robyn Rihanna Fenty, la veinteañera que ha vendido más de 54 millones de discos y 210 millones de canciones digitales, la cantante que ha arrebatado a Michael Jackson su puesto en el podio de los tres artistas con más números 1 en el Top 100 de Estados Unidos. La ventaja es que tu casa y tu nieto pueden verse en todo el mundo durante un segundo. El tiempo que aparecen en el videoclip del tema Cheers (Drink to That).

—¿Sabe cómo solía llamarla? Red Robyn Breast, como el pájaro. Siempre estaba cantando. Canciones de Mariah Carey, Whitney Houston, Celine Dion... Todo el día. Viviendo puerta con puerta me dirás cómo no íbamos a escucharla.
—¿Cantaba bien?
Se hace un silencio. La mujer mira a un lado, como dando a entender que tampoco era increíble.
—Digamos que sí.

Y vuelve a soltar una carcajada fuerte.

Resulta irónico que Rihanna, quizá la cantante pop más importante del nuevo milenio, venga de un lugar tan diminuto. Barbados es una isla del Caribe marcada por las plantaciones de caña de azúcar y la esclavitud. La propia diva debe sus ojos verdes a la ascendencia irlandesa de su abuela paterna, una mujer que pertenecía a lo que en la isla se conoce despectivamente como red legs, una suerte de white trash local que desciende de los trabajadores forzados previos a la mano de obra africana.

Desde sir Garfield Sobers, un dios del crícket al que, lógicamente, solo conocen en la esfera anglófona, Barbados no había dado a nadie comparable a Rihanna en fama mundial. Y se nota. Su presencia inunda el país. Es su embajadora oficial y recibe en un póster gigante colgado del techo a los visitantes en el aeropuerto Grantley Adams. Con menos de 300,000 habitantes, todo el mundo tiene una historia, una anécdota que contar sobre ella. Algunos también de su adolescencia, justo antes de que emigrara de la isla.

Vere Norris es una de esas personas.
Tiene 64 años y antes de ser el director de Combermere Memorial School —donde estudió Robyn antes de convertirse en Rihanna—, era profesor de español. Es una escuela grande, con más de 1,100 alumnos. Todos de uniforme. Todos negros.

“Empezó un poco antes de que yo llegara, pero coincidimos y me acuerdo muy bien de ella”, explica en una oficina abarrotada de trofeos deportivos y fotos de Rihanna hasta rozar el barroquismo. Recortes de periódico con su foto, uno de los discos conmemorativos que le entregaron por sus grandes ventas y que donó a la escuela… Un collage que no desentonaría en la habitación de un fan. “Rihanna no pasaba desapercibida. Aunque claro, entonces la llamábamos Robyn —continúa—. Era su forma de vestir, la manera de moverse, incluso aquí, que llevamos uniforme, lograba convertirlo en algo propio”.

Norris se levanta de la mesa, abre un cajón y saca un pequeño libro con fotografías en tono sepia. Busca entre las páginas de The Combermere Cadet, un volumen conmemorativo de los 100 años de esta institución paramilitar juvenil vinculada a la escuela. Encuentra lo que busca y abre el libro. Cinco adolescentes, todos vestidos de caqui, miran a la cámara en posición de firmes con un fusil apoyado en el suelo. “¿La reconoce? Fíjese, es esta”, dice señalando a la cuarta empezando por la izquierda. LCPL Robyn Fenty, reza el pie de foto. “Observe cómo lleva la ropa, lo bien puesta que está, iba así siempre, con todo en su sitio... Estos cadetes son conocidos por su disciplina”

A lo largo de la charla, Norris no parará de contar las excelencias de la escuela y las contribuciones de sus antiguos alumnos a la sociedad barbadiense y al mundo en general. Por poner un ejemplo, Wilfred Wood, el primer obispo negro de Inglaterra.

Rihanna también rompió una barrera racial hace un año, al convertirse en la primera mujer negra que protagonizaba una campaña para Dior. La relación con el mundo de la moda de esa chica de barrio es muy estrecha. Es habitual verla en la primera fila de muchos desfiles y ha diseñado colecciones para Manolo Blahnik o Puma. Según cálculos de la marca deportiva, Puma invirtió unos 392 millones de dólares en cerrar un contrato con Rihanna y el Arsenal, y sus ventas aumentaron en 848 millones. Además, Rihanna prepara una firma propia que se llamaría $CHOOL KILLS [La escuela mata].

Pese a escoger este nombre para su marca Norris no la recuerda como una mala estudiante. Asegura que era una chica normal, que nunca se metía en líos y que no tenía que ir a su oficina por ningún motivo. Ella misma ha contado que los otros niños la insultaban por su color más claro de piel y su complexión ligera. Esto la volvió tímida y la motivó para unirse a los cadetes. Quería demostrar que era fuerte.
 

La Rihanna actual parece seguir enviando ese mismo mensaje. Su cuenta de Instagram es @badgalriri, es decir, Riri la chica mala. Allí pueden verse su veintena de tatuajes: un halcón egipcio en el pecho, una pistola modelo Desert Eagle en el muslo derecho… Una estética que ha evolucionado desde la princesa pop de su primer disco hasta l’enfant terrible de Good Girl Gone Bad y Rated R.

“La primera vez que la escuché fue en el concurso de Mister y Miss Combermere. Se subió al escenario y cantó Hero”, rememora Norris. “Tras esa canción reconocí que tenía algo especial. No era solo una chica cantando. Era una chica haciendo una performance. Lo tenía Robyn y lo sigue teniendo Rihanna”. A los pocos meses Robyn entró en su despacho. Le dijo: “Señor, me gustaría pedirle permiso para ir a los Estados Unidos”. Aunque estaban en pleno curso él contestó inmediatamente que sí. Vio que era su oportunidad. Acababa de hacer una prueba con el productor Evan Rogers, junto al grupo que había formado con dos amigas. Rogers contó a Entertainment Weekly que “en el minuto en que entró Rihanna fue como si las otras dos chicas desaparecieran”. Se fue a Connecticut con él, grabó una maqueta de cuatro canciones y enamoró a Jay-Z, que le ofreció un contrato por seis discos con su compañía. “El resto”, sentencia el director, “es historia”.

Desde que dejó la escuela, Robyn, ya convertida en Rihanna, ha vuelto una vez a Combermere. Fue en 2007, cuando donó el disco que cuelga en la pared del despacho. Conmemora la venta de un millón de copias de Music of the Sun, su álbum debut.

—Es una superestrella. Estoy increíblemente orgulloso de que sea un producto nuestro. No hay nadie como ella en el mundo. Ha batido muchísimos récords, es la artista del Caribe más famosa de todos los tiempos.
—¿Más que Bob Marley?
—Más. Es verdad que él tuvo mucho impacto, pero ella ha roto sus marcas.
—¿Sabe que hay gente que la critica en la isla?
—¿Fue Jesús admirado por todo el mundo? Esa es la naturaleza humana, no puedes preocuparte por eso. Nosotros, como gente de Combermere, no lo hacemos. Si Dios bajara de nuevo mañana, habría gente a la que no le gustaría.

Trevor Marshall, un historiador retirado, también compararía a Rihanna con el Dios de Abraham y su hijo bajado a la Tierra. Guía ocasional de turistas, Marshall orquesta una campaña en defensa de la diva y contra sus compatriotas meticones. Por ejemplo, la primera vez que Rihanna volvió a Barbados tras firmar su contrato con Jay-Z, muchos dijeron que lo había logrado por acostarse con el rapero. “Critican que no haya seguido el camino establecido, que no acabara la escuela, su estilo de vida, que beba alcohol, que sea casi una puta... La consideran un fraude. Alguien que no se merece esa fama mundial, ni el dinero ni el estrellato”. Y termina Marshall: “Es como cuando vino Jesús a decir su ministerio: sabemos quién es su madre, conocemos a su padre el carpintero José, a sus hermanos... Esa es la actitud de parte de la gente Barbados”.

*Lee el texto completo en la edición impresa de junio 2016.