'Una de las cosas más duras ha sido ver cómo mis matrimonios se derrumbaban'

Enferma, con dos hijos y una factura millonaria gastada en abogados, Pamela Anderson ha logrado reinventarse e iniciar una nueva vida.

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Los amaneceres en Malibú parecen fondos de pantalla de computadora que uno se descarga gratuitamente. La luz del sol de las 6 de la mañana se refleja en los muelles y los chicos hacen surf. A esa hora, mientras los 12,000 habitantes de esta localidad al oeste de Los Ángeles donde Britney Spears graba videoclips y Sean Penn tiene una mansión de más de 4 millones de dólares se despierta, la que ha sido considerada una de las mujeres más sensuales de la historia de la televisión pasea descalza al borde del mar mientras hace tiempo para llevar a sus hijos, Brandon y Dylan, aún adolescentes, al colegio.

El cabello platino y unas curvas que marcaron a toda una generación son lo único que la hacen fácilmente reconocible para los paparazzi que desde hace veinte años esperan agazapados tras los setos de su domicilio. Ha sustituido su larga melena rubia por un atractivo corte pixie, uno de esos tipos de peinado sanadores que anuncian renovación, y lejos ha quedado un ritmo de vida descontrolado y frenético que fue tan tentador y rentable para la prensa sensacionalista.

Ni Farrah Fawcett ni Brigitte Bardot. La mujer con la que hablo es Pamela Anderson (Canadá, 1967), la socorrista que a comienzos de los noventa revolucionó las pantallas de los hogares de medio mundo con su papel de C. J. en Guardianes de la bahía, elevando el erotismo a otro nivel, el doméstico. Nunca un sencillo traje de baño rojo fue tan sexy. Desde que se lo enfundara pasó a ser la imagen de la chica californiana por antonomasia, algo que no deja de resultar gracioso si se tiene en cuenta que nació en Canadá. “¡Y tampoco soy rubia!”, dice divertida la actriz con una voz tan dulce que es la que siempre habríamos imaginado para una Barbie girl. “Creo que muchas rubias lo consiguen así”, bromea. “Fue mi madre quien me enseñó a teñirme el pelo, no dejo que nadie me lo toque, soy yo quien lo decoloro con un producto de 5 dólares".

"En Guardianes de la bahía insistía en llevar pestañas postizas y acababan enterradas en la arena”, cuenta. “Me levantaba a las 3 de la mañana para ir a casa de una amiga a que me peinara, a las 4 ya estaba en el set, pero no quería que nadie me lo tocara”. En los más de 200 capítulos de la serie Pamela recorría metros y metros de arena defendiendo a los bañistas de terremotos, ataques de tiburones y hasta de asesinos en serie. Pero ¿quién defendía a Pammy?, le pregunto. “Dice mi amigo, el fotógrafo David LaChapelle que no sé estar sola, que soy una romántica”. —¿Cree que ha buscado el amor a la desesperada?— "Más bien una familia estable. Y lo he intentado. Una de las cosas más duras ha sido ver cómo mis matrimonios se derrumbaban. Quizá no he sido tan afortunada de tener la vida perfecta”.

Hija de una mesera y un reparador de hornos que llevan casados cuarenta años, fue descubierta durante un verano, el de 1989, cuando asistía a un partido de futbol y su imagen se proyectó en una enorme pantalla. Playboy llamó a su puerta. “Yo era muy tímida y nunca me sentí guapa, siempre me he refugiado tras mi melena. A mí me gusta disfrazarme, que mis novios me maquillen, jugar con los sombreros. Pero no para parecer chic sino para divertirme. Nunca quise ser cool”.

Tras protagonizar catorce portadas de la publicación americana aterrizó en Hollywood. “Me dejé llevar, todo pasó muy deprisa. Yo era muy ingenua y me costó asimilarlo. Recuerdo que la primera persona a la que vi y perseguí fue a Shirley MacLaine. Resultó mágico porque en el avión que me llevó desde Vancouver iba leyendo su libro Lo que sé de mí. Llamé a mi madre y le conté que eso parecía un desfile del orgullo gay. Le dije: ‘¡Mamá, no solo los gays existen sino que se pasean tranquilamente con pantalones cortos rosas!’. Acababa de llegar al sitio más gay que había visto jamás. Sin embargo, mi primer amigo en Hollywood fue Sean Penn”.

Hace una semana que Pamela ha vuelto a aterrizar en Los Ángeles tras una larga gira fuera de casa que la ha llevado por media Europa promocionando su último libro, Raw, una recopilación de poemas (“mi abuelo era poeta y yo escribo poesía desde niña”) y promover la labor de su fundación, Pamela Anderson Foundation, en defensa de los derechos de los animales y del medio ambiente.

*Descubre la historia completa en nuestra edición de enero.