Reflexión: las predicciones que Aldous Huxley escribió en 'Un mundo feliz'

Un 22 de noviembre, hace 53 años, murió el gran escritor británico. Lo recordamos a través de sus vaticinios.

¿Cuánto tiempo hace falta para declarar que una profecía se ha cumplido a cabalidad? Para Aldous Huxley, siempre hace falta menos tiempo del que uno esperaría. Al menos algo así dejó ver en un ensayo de 1961: “las profecías que he hecho en 'Un mundo feliz' van a ser realidad mucho antes de lo que yo creía”. Dos años después, el 22 de noviembre de 1963 (hace exactamente 53 años), el autor murió, seguramente con la certeza de que sus predicciones no sólo se cumplirían, sino de que al cabo de los años iban a quedar cortas respecto a la realidad.

Hoy, a 84 años de la publicación de la novela maestra de Huxley, los habitantes menos miopes del planeta estamos seguros de que el inglés fue, inclusive, optimista. Para muestra, tres breves contrastes de la visión de Huxley con el mundo que hoy, cuatro décadas antes de la ficticia historia de los personajes de dicha obra: Mustafá Mond, Bernard Marx y John tenga lugar.

1. El entretenimiento

En el orden mundial planteado por Huxley, se permiten básicamente dos formas de entretenimiento: el sexo sin control ni compromiso y una pastilla llamada soma, una droga con “todos los efectos del alcohol y la epifanía religiosa, pero sin ninguna de sus terribles consecuencias”. La sociedad de ese mundo feliz acepta con desparpajo la diversión que les es dada (que están condicionados a aceptar) porque, bueno, para ser francos, en realidad nunca ha hecho falta mucho más que eso. Sin embargo, la crítica que hace Huxley va mucho más allá, y es lo que hoy debería levantarnos pústulas.

En su libro Amusing Ourselves to Death: Public Discourse on the Age of Show Business (Entreteniéndonos hasta la muerte: el discurso público en la era de la industria del entretenimiento), el teórico Niel Postman aventura la siguiente idea: normalmente, cuando hablamos de distopías, de este lado del mundo solemos tenerle miedo a la que planteó otro autor, George Orwell, en su novela 1984: un mundo en constante vigilancia, sometido al rigor de las reglas arbitrarias de un régimen totalitario que no nos permite ser libres. Sin embargo, quizá estamos sometidos a otra forma de control, mucho más efectiva; dice Postman: “Huxley temía el momento en el que nadie quisiera leer libros, en el que todo nos fuera tan fácilmente dado, que terminaríamos convirtiéndonos en seres pasivos y egoístas; temía que la verdad se hundiera en un mar de irrelevancia, que nos volviéramos una cultura trivial”. En pocas palabras: temía que no quisiéramos ser libres. Y, cierto, hoy tenemos sexo con algún grado de libertad y sin demasiado control  y hay quienes consumen drogas de la felicidad con mayor o menor desparpajo, desde las legales Prozac y Rivotril, hasta las ilegales, cuyo nombre es por supuesto desconocido para quien esto escribe. Sin embargo, nuestras formas de entretenimiento son acaso mucho más extremas y, en el sentido de lo que dice Postman, más peligrosas: reality shows, celebrities sin más mérito que su propia fama, bullying en redes sociales, y un largo y más bien penoso etcétera.

2. La reproducción

Uno de los mayores escándalos de la obra de Huxley cuando fue publicada fue la primera parte, donde se describía el proceso artificial de reproducción, una suerte de fábrica de niños. La parte maquinal no era tanto el problema (o, bueno, sí: se hablaba de fetos formándose en largas filas de producción, como gelatinas en una maquila de coches, y de sustancias inyectándose en cantidades exactas pero antinaturales, etcétera); el problema era que la reproducción natural deja de existir. Con ella, el matrimonio y la familia. Como nadie tiene padre o madre, la sola idea de vivir en un núcleo de pocos individuos resulta obsceno para todos, lo cual generó evidente rechazo en una sociedad tradicional, donde la familia podía ser sólo de una manera: padre, madre, dos hijos, un perro. Menos mal que, en este aspecto, hoy somos mucho más tolerantes, ¿no es cierto?

Contenga la risa, querido lector: cierto, hoy ese escándalo persiste y se difunde. Si bien no hemos llegado al grado de industrializar toda la reproducción humana, sí hemos intervenido en un par de momentos, y ambos son tabú todavía: la inseminación artificial y el aborto. Ni hablar de las familias homoparentales o uniparentales, que provocan todavía en ciertas facciones de la sociedad tal repudio, que se hacen marchas en contra de ellas. Para Huxley, lo temible era que el excesivo placer eliminara al amor; nuestro siglo XXI le contesta que, en determinados casos, una definición de amor es suficiente para eliminar a todas las demás.

3. La política

En el capítulo 17 de la novela, Aldous Huxley pone en boca de Mustafá Mond (que es el interventor mundial en Europa Occidental, uno de los altos dirigentes de ese mundo feliz) la siguiente cita:

En una sociedad bien organizada, como la nuestra, nadie tiene oportunidad de ser noble o heroico. Las condiciones tendrían que ser completamente inestables para que tal ocasión pudiera surgir. Cuando hay guerras, partidismos, tentaciones que resistir, objetos amados que defender - allí, obviamente, la nobleza y el heroísmo tienen algún sentido. Pero hoy no hay guerras. (...) Todos están tan condicionados que no pueden evitar hacer lo que deben hacer. Y lo que deben hacer es en general tan agradable, son tan permitidos los impulsos naturales, que realmente no hay tentaciones de resistir. Y si alguna vez, por desgracia, algo desagradable sucediera, siempre hay soma para tomar unas vacaciones de los hechos. Siempre hay soma para calmar la ira, para reconciliarte con tus enemigos, para hacerte paciente.

Volvamos a leer el punto 1; veamos dos minutos las noticias, analicemos la política del mundo. Un discurso seductor, escandaloso, sin un fondo real, puede echar por tierra las aspiraciones de un proyecto de nación, como se ha visto ya varias veces a lo largo de 2016. Eso es por sí mismo alarmante. Sin embargo, quizá lo realmente alarmante es que todas las propuestas políticas, a la luz de nuestra sociedad del entretenimiento, son en el fondo la misma: los poderosos son siempre poderosos y los débiles siempre pierden. Huxley lo ilustró directamente como una cuestión genética: los humanos Alpha fueron creados químicamente para gobernar; en contraste, los Épsilon son poco más que simios capaces de martillar sin romperse un dedo.

¿Qué pensaría el difunto Aldous Huxley al ver que ni siquiera necesitamos de la tecnología genética para hacer esta clara división del mundo, para llegar a ese orden mundial absoluto, infranqueable? Acaso escribiría otras novelas, muchas más. Acaso en alguna de ellas nuestro futuro, el que ya llegó, sí se vería mejor que la ficción.