Fieles a la libertad

Montserrat Oliver y Yaya Kosikova, únicas

Etiquetas:

Este fin de semana miles de personas saldrán a la calle para reivindicar que todas las formas de amar son válidas. En Vanity Fair queremos recordar una de nuestras portadas más celebradas: la que protagonizaron Montserrat Oliver y Yaya Kosikova, quienes dieron un paso al frente por la visibilidad del amor y la diversidad. Recuperamos la entrevista y la sesión de fotos que marcaron un antes y un después.

Febrero de 2015: Montserrat Oliver se revuelve en su cama. Ha pasado un año desde que murió su madre. El año 2014 fue el peor de todos. En poco tiempo murieron los tres pilares que la rodeaban: su madre —a la que toda la familia llamaba Yaya— y sus dos tías. Las imágenes de los ausentes nublan sus sueños. También el recuerdo de su primera Yaya, su abuela, con quien tenía una conexión especial. Piensa: “¿Será que estoy apagándome? ¿Será que la pasión me abandona?”.

Montserrat cumplía 50 años el mismo mes que protagonizó nuestra portada y lucía (al igual que ahora) espectacular. Es una de las personalidades más reconocidas y predilectas de la televisión mexicana: su carrera como conductora, modelo, actriz y empresaria la ha convertido en el rostro de la audacia. Las especulaciones sobre su preferencia sexual le han deparado algunos quebraderos de cabeza con la prensa rosa, pero nada de eso la ha detenido. El único desconsuelo real es la muerte de su madre, que la sumió en un estado de melancolía. 

Aquella noche, un año después de la tragedia, Montserrat cierra los ojos y empieza, casi inconscientemente, a hablar con su difunta madre: “No sé si haya otras vidas, pero si las hay, por favor, háblame, porque estoy realmente triste. Me quedé sola en el mundo. Siento que ya no tiene sentido estar aquí. Mamá, dime algo, mándame una señal, por favor”.

Se despierta con pesadumbre y nostalgia. Revisa su celular. Hay un mensaje de WhatsApp de un número desconocido.
—Hi, I’m Yaya.
Observa extrañada la foto de perfil: es un oso polar. ¿Es una broma del destino?
—Me quedé muy sorprendida. ¿Yaya? ¿Por qué alguien me escribe de pronto diciendo que se llama Yaya?
La tal Yaya resultó ser Yaya Kosikova, una fotógrafa eslovaca que trabajaba en Planeta Foto y que había sido agregada a un chat común con Montserrat. El motivo del chat era una reunión de fotógrafos en una exposición de Nueva York. Ambas estaban invitadas.
Montserrat desconfía. Llega a Nueva York sin ganas de nada. La fiesta le abruma. Alguien se acerca por detrás y pronuncia las palabras anteriormente leídas: “Hi, I’m Yaya”. Se encuentra de frente con una modelo despampanante de 28 años, ojos azules, piernas largas y casi 1.80 metros de estatura. Trata de animarse, pero no es fácil. Yaya la nota incómoda y le propone salir. Allí, en el frío de la noche neoyorquina lanza su proposición: “Conozco un lugar especial para relajarse y descansar. Está en la costa de Long Island”.

Montserrat acepta el viaje. Unos días después alquilan un coche y llegan a una playa amplia y desolada en la aldea de Montauk. La costa está coronada por un faro rodeado de pequeñas colinas, un paraje bucólico que le resulta extrañamente familiar y que de a poco se va llenando de reminiscencias. Yaya le hace fotos sin parar. Montserrat luce afligida. Se sienta en un banco frente al mar. La eslovaca entiende que su amiga quiere estar sola. “Te espero en el café”, le dice señalando un hotel al otro lado de la playa.
Montserrat se queda en silencio frente a las olas y, después de un rato, decide seguirla. Se sube al coche, arranca, y suena la radio. Es una de sus canciones preferidas: ‘Rapsodia sobre un tema de Paganini’, del compositor ruso Serguéi Rajmáninov. Es el tema principal de su película favorita: Somewhere in Time, la que tantas veces vio con su mamá y en la que aparecía una playa igual con un faro idéntico.
—Me quedé de piedra. Todo aquello parecía preparado. Fue mágico.
Yaya Kosikova se une a nuestra conversación y complementa los detalles de ese 7 de marzo de 2015. Se toman de la mano. “Parece que pasaron
siglos”, ríen ambas, pero solo es un año. “Ese día cambió nuestras vidas”.

Para encontrarme con ellas atravieso la ciudad hasta Polanco, donde se ubica el estudio de foto de Montserrat: una casa marmoleada y ajardinada en la que luce un BMW negro y un cartel revelador que anuncia Yaya’s Studio.
—How are you? —me dice Yaya Kosikova. Constato que es tan alta y tan bella como en las fotos.
—¿Yaya’s Studio? ¿Entonces este es tu estudio?
—No. Lo de Yaya’s Studio no tiene nada que ver conmigo. Es por la abuela de Montse.
La voz de Montserrat —una voz fuerte, acorde con un físico poderoso— suena a mis espaldas.
—Ahora el Yaya’s Studio se refiere también a ti. Recuerda que tú eres la tercera Yaya. Aquí trabaja de fotógrafa.

Tengo que ponerme de puntillas para darle un beso al mismo nivel. Es casi tan alta como Kosikova y aún más exótica. Tiene el pelo dorado como una hoguera, los pómulos marcados, la nariz recta y unos enormes ojos verdes. Su rostro está geométricamente proporcionado, casi demasiado podría pensarse, pero si uno se fija en las fotos familiares, distingue el mismo primor físico. “Herencia catalana”, sentencia Montserrat. Luce unos jeans rotos ceñidos, camisa de cuadros y botas gastadas.
Montserrat me cuenta con todo tipo de detalles (fotos incluidas) su historia con Yaya. Pero cuando le pregunto por la homosexualidad —tema obligado en una entrevista en la que ambas posan juntas— se pone rígida.
—¿Qué les dirías a los que han cuestionado tu vida profesional por tu tendencia sexual?
La voz que antes suena dulce y generosa adopta una sonrisa irónica.
—Les diría que en este mundo no estamos para juzgarnos, sino para respetarnos y aprender de cada ser humano. Entiendo que hablen de mí, porque soy un personaje público y la gente me conoce, es un precio que hay que pagar, pero otra cosa es que me juzguen sin conocer nada. Yo soy una persona muy honesta, pero pienso que tengo mi intimidad bien asumida desde siempre. No me interesa ocultar mi intimidad, pero tampoco exhibirla. Algunos periodistas me piden que salga del armario, pero no tengo por qué hacerlo. He compartido momentos de mi vida, fotos, viajes, etc. La gente yo no sé qué quiere oír o qué quiere saber. Es absurdo. Cada quien tiene lo que quiere y no corresponde a nadie preguntarte: ¿Qué haces tú con tu… culo? (risas) ¿Verdad? ¿A quién le importa?
—¿Es difícil el tema de la homosexualidad en México?
—México es un país muy difícil, muy tradicionalista, que etiqueta y juzga sin saber, pero donde hay cada vez más apertura. Siento que cada vez más gente ha superado estos tabúes.
—¿Es un país machista?
—Más bien conservador y de doble moral.
—¿Hay machismo dentro de la homosexualidad? Quiero decir: ¿es más fácil para los hombres que para las mujeres?
—Para nadie es fácil. Para nadie.
A medida que vamos hablando del asunto, cambia el tono, acorta las frases, adopta un semblante serio, empieza a responder con monosílabos. 

Montserrat me enseña la casa, habitación por habitación. “Aquí vivía mi abuelita, la casa tiene unos ochenta años y algunos de los muebles casi cien, los trajeron desde Barcelona”.
—¿Aquí vivías de niña?
—Sí. Esta casa y esta terracita en particular me trae muchos recuerdos, aquí nos reuníamos toda la familia cuando yo era niña y merendábamos fuet, jamón serrano, cava catalán... Está todo prácticamente igual.
—¿Cuándo llegó tu familia a México?
—En los años veinte. Mis abuelos catalanes llegaron para hacer negocios, y les fue tan bien que jamás regresaron. Comenzaron haciendo pan con un molino, y acabaron fundando Bimbo. Esto no lo había contado nunca. Mi Yaya, Catalina Sendra Grimau, fue la que les prestó dinero para que fundaran la empresa en 1945.
—Tu nombre completo es Montserrat Lourdes Socorro Oliver Grimau.
—Qué horror. Aunque ese nombre tiene una buena historia. Mi mamá nació en 1927 y fue sietemesina. Estuvo a punto de morir. Mi Yaya rezó a la virgen María para que se salvara y metió al bebé en agua caliente. La prometió que si su hija salía viva, la llevaría a peregrinar a Lourdes, al santuario del sur de Francia donde, según la creencia católica, la Virgen se apareció a los fieles. Mi madre vivió y a los once años fue llevada al santuario para dar gracias. Allí prometió a la virgencita que si un día tenía una hija la pondría Lourdes en agradecimiento.
—¿Y por qué no te llamaron Lourdes?
—Mi padre quería ponerme Socorro, como mi abuela paterna. Cuando yo nací, mis padres no se ponían de acuerdo en cómo llamarme: Lourdes o Socorro. Hasta que llegó mi tía y dijo: “¿Por qué no se dejan de líos y le ponen Montserrat que es otro lugar sagrado y además es catalán?”. Y le hicieron caso a medias: me bautizaron Montserrat Lourdes Socorro. Ay, qué horror.
La niña de nombre triple nació en Monterrey y creció en una familia acomodada que pronto se mudó a Ciudad de México. A los dieciséis años empezó a modelar. Se casó con un empresario y se mudó a Miami, donde apareció en
varias revistas famosas y empezó su carrera como presentadora en Telemundo. Después de varios años en Estados Unidos, Montserrat se divorció y “cambio de rumbo”.
—¿A qué te refieres con eso de que cambiaste de rumbo?
Sonríe nerviosa. No quiere seguir por ahí. Se ríe de nuevo, como una niña que acaba de cometer una travesura y se ha delatado a sí misma.
—Me refiero a lo que me refiero. Cambié de rumbo y me instalé en México.

Ya instalada en Polanco, continuó su carrera como actriz, productora y conductora en su propio programa: Las Hijas de la Madre Tierra, que la presentaría ante el mundo como viajera y aventurera. Se asoció con la modelo y empresaria Bárbara Coppel y fundó la línea de ropa Royal Closet. Durante varios años Montserrat y Bárbara fueron inseparables. Nunca declararon tener una relación sentimental y tampoco lo negaron.
—¿Qué fue de Royal Closet?
Su agente interviene. Montserrat se pone seria.
—Yo me quedé con la empresa. Ahora se llama RC by Montserrat.
—Háblame de tu carrera empresarial —pregunto.
—Me apasionan los retos y las cosas nuevas. Lo que me mueve es el amor y hablo en todos los sentidos. Tengo la empresa matriz que es RC Apparel dentro la cual hay varias marcas de ropa accesible, otras dos marcas fashion, cremas, una línea de vajillas y otra de sábanas, accesorios de joyas MO by Montserrat Oliver que tienen energía y vibra para la buena suerte. También tengo Jerry ML, una agencia de Management, una marca de vinos: Grimau, que me sirve para hablar bien de México cuando el mundo solo habla de narcos y violencia.
—Gran parte de tu vida has sido modelo. ¿Qué opinas sobre ese mundo? ¿Hay mucha superficialidad?
—En el modelaje abunda la inseguridad, la competitividad, la frivolidad. Es horrible. Solo se basan en su físico, no se cultivan por dentro. Sí, hay modelos que están más guapas calladas.
—Modelo, empresaria, actriz, conductora. ¿Con qué te sientes más identificada?
—Como dije, lo que me mueve es la pasión y el amor. Poder ser yo: aventurera, cazadora de momentos. Si me tengo que quedar con algo me quedaría con mis viajes, con mis reportajes, con las cápsulas que realizo, con esa experiencia emocionante. Ahí soy cien por cien yo, lo disfruto muchísimo y cada vez es un reto diferente y enriquecedor. Soy muy inquieta, no sirvo para estar en una oficina muchas horas. Prefiero la aventura, aunque implique un riesgo. 

Aunque esta regiomontana viaja por todo el mundo, es en Ciudad de México donde se siente plena, porque aquí está su vida, su casa y sus negocios. Confiesa que el tráfico y el caos a veces la desesperan, pero no es de esas personas que se quejan: a Montse México le gusta tal y como es.
—Si no tuviera ningún vínculo, me iría a Sudáfrica, a las afueras de Cape Town, tiene un algo que no hay en ningún otro país. Es lo más virgen que nos queda en el mundo. Me fascinan los animales. Hay gente que hace yoga, terapias o limpias cuando están mal, yo cuando siento la energía pesada me acerco a los animales.
—¿De dónde viene ese amor por los animales y por los viajes exóticos?
—Empecé viajando sola, buscando países lejanos con costumbres diferentes (nunca me ha gustado el turismo tradicional). Y empecé a grabar pequeños videos sobre paisajes y animales. Actualmente sigo en el programa ‘Hoy por las mañanas’, en Univisión y en Televisa Deportes. Todos ellos sacan mis cápsulas.
—¿Alguna vez has sentido miedo en tus aventuras?
—Casi nada me da miedo, me encanta el riesgo. Solo dos veces he sentido miedo. Una vez en Londres, montada en un avión que hacía piruetas con un clima pésimo. La otra, en Brasil, grabando junto a un tigre dizque doméstico. De pronto el tigre se puso como loco y el domador se asustó, se marchó de la habitación y me dejó encerrada con el tigre. Me quedé paralizada. El tigre no me atacó, pero esa noche no pude dormir.
—Así que Montserrat no teme a la muerte.
—Una vez me dijeron: “Te quieres morir, ¿verdad?”. Y no, no es así. No quiero retar a la muerte, al contrario, lo que quiero es sentirme viva. Ni siquiera lo hago por adrenalina o por sentir miedo, sino porque me encanta vivir y experimentar.
—¿No tienes miedo a nada? Ni siquiera viviendo en México.
—Obvio que tengo miedo. El miedo es tu peor enemigo, pero la valentía consiste en vencer al miedo. Una vez me llamaron al celular y me dijeron que habían secuestrado a mi madre y a mi hermana. Dos mujeres gritaban por detrás. Yo creí que eran ellas. Las llamé, pero no contestaban. Con la única persona que pude comunicarme fue con una amiga a la que marqué para que oyera la conversación. Estuve hablando con el tipo una hora, me hizo agarrar un taxi e irme a una colonia muy peligrosa de la periferia. Era la una de la madrugada. Al taxista le conseguí escribir una nota: Me quieren secuestrar, habla a este teléfono cuando me baje. Y le dejé mil pesos, pero el muy cabrón nunca llamó. Bajé del taxi y me fui metiendo en ese barrio más y más adentro hasta que vi a dos policías correr. Pensé que estaban persiguiendo a una señora, pero venían a rescatarme a mí, porque mi amiga les había avisado. Estoy súper agradecida con esos policías. Sé que tienen muy mala fama, pero mira, algunos son honestos y efectivos. Esta historia me lo demostró.
 

—Tigres enloquecidos, leones mordedores, asaltantes... Te las arreglas para salir de todas. ¿Cuál es la clave de tu éxito? 
—La audacia. Y sobre todo que disfruto lo que hago y así progreso. 
Yaya se incorpora a la conversación. A pesar de su físico imponente, es parca en palabras y su mirada irradia timidez. La conversación muta al inglés.
—¿Aún no te ha enseñado español Montserrat?
—Poco a poco va enseñándome, pero nos comunicamos en inglés.
—La tendré que enseñar también catalá —bromea Montserrat, haciendo gala de un perfecto acento catalán.
—¿Cómo te sientes en tu nueva casa mexicana? ¿Es muy distinto a tu Eslovaquia natal?
—Totalmente distinto. Pero llevé a Montserrat a conocer a mi familia y decía que le recordaba a la suya en algunas cosas. 
—¿Qué cosas?
—No sé —responde Montserrat—. Su carácter, sus valores, la alegría, algunas formas de cocinar… Sus padres fueron muy buena onda conmigo.
—¿Cómo se tomaron los padres el hecho de que son pareja? —pregunto. 
Se remueve en su asiento. No contesta.
—¿Y tú? ¿Hablaste del tema directamente con tu madre? —pregunto a Montserrat.
—Digamos que mi madre siempre me entendió. Había cosas que no hacía falta hablarlas. 
—¿Y en tu caso? —pregunto a Yaya–.
Yaya parece aprovechar la ambigüedad del cambio de idioma para cambiar de tema.
—Me gusta mucho México, el clima, la gente... Estoy muy acostumbrada a viajar. He vivido en muchos países y en muchas ciudades.
—¿Con cuál te quedarías?
—De todas las ciudades en las que he vivido, Barcelona es la que más me ha gustado. 
—De allí viene la familia de Montserrat. ¿Se irían a vivir allí en el futuro?
—¿Por qué no? ¿Tú qué opinas? —le pregunta a Montserrat.
Se miran. La anfitriona la responde con un gesto de sorpresa o incredulidad. Es evidente que no quiere sacar el tema ahora. Y menos delante de un periodista. 
—Cualquier lugar es bueno si estamos juntas. 
Montse y Yaya juegan como dos chiquillas. No hablan de planes de futuro pero se las ve felices, casi joviales. Juntan sus cuerpos para comprobar que Yaya es unos centímetros más alta. 
—Pero yo tengo más chichis —bromea Montserrat. 
—¿Y quién es la más bella de las dos? 
—Ella —responden al unísono, señalándose a la vez con el dedo índice.