¡Abran paso a Martha!

A los 19 le dijeron que no servía para la radio. Hoy es una de las comunicadoras más influyentes de Latinoamérica.

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Cuando la joven de diecinueve años entra en la oficina, el jefe y dueño de la estación de radio —un quincuagenario respetado en todo el medio— se muestra frío y directo como un dardo. Sin más, le espeta:—Gracias, pero, la verdad, no nos convenció tu trabajo. Ya no te vamos a necesitar. Es más, te seré sincero: no creo que sirvas para la radio. Te recomiendo que te dediques a otra cosa. Dice el refrán que no hay mal que por bien no venga. Y la mexicana de origen nicaragüense, Martha Debayle, lo sabe mejor que nadie.

Desde pequeña, siendo una niña hiperactiva, rebelde y jovial, soñaba con la música. Cuando tenía doce años, mientras jugaba con una amiga, decidió llamar a una emisora en directo para pedir trabajo. Con apenas 19, recién comenzada su carrera de diseño gráfico, sintió un pálpito incontrolable: cambiar el lápiz por el micrófono. Poco después dio el paso: dejó su carrera para dedicarse en cuerpo y alma a la radio. Consiguió un empleo en una estación gracias a un conocido. Todo pintaba de maravilla, pero seis meses después, recibió la llamada del jefe. Treinta años después de ser despedida y humillada, Debayle es una de las locutoras más famosas de Latinoamérica.

Ha ganado el Premio Ondas al mejor programa de radio iberoamericano. La revista Forbes la ha incluido durante tres años consecutivos como una de las 50 mujeres más poderosas del país. También aparece entre los 300 líderes mexicanos por la publicación homónima. Su empresa: MMKGroup, ya tiene tres revistas a su cargo, casi cien empleados y goza de un crecimiento anual del 120% desde 2014. Martha no para de dar conferencias sobre educación y emprendimiento por todo el país y está preparando una nueva línea de negocio sobre la que no puede dar demasiados detalles. Seguramente, el jefazo que la recomendó dedicarse a otra cosa, se haya removido en su silla más de una vez. Cuando se lo digo a Martha, abre la boca y estalla en una estruendosa carcajada.

Llegué a su casa en una de esas típicas tardes primaverales de comienzos de enero, cuando la Ciudad de México aún reposa de su febril hiperactividad. El taxista se perdió tres veces en las Lomas de Chapultepec, uno de los barrios más ricos y refinados de la capital, mientras profería alabanzas a las suntuosas fachadas y preguntaba suspicazmente: “¿Y usted vive acá, güero?”, “¿Cuánto le costó su casa?”.—No. No vivo aquí. Más quisiera. En la casa de Martha, una mujer morena me da la bienvenida y me conduce a un salón amplio, lustroso y resplandeciente con suelos ajedrezados. Hay una gran mesa de cristal, media docena de ceniceros, figuras de animales salvajes, velas gigantes, facsímiles del siglo XVIII, enciclopedias antiquísimas y gruesos volúmenes sobre vino, cantinas, arte y psicología. Me recuesto en el sillón hasta que oigo la voz de Martha. Es profunda, poderosa y autoritaria. Inconscientemente me pongo firme.

En un perfecto inglés, explica que los perritos están haciendo pis en varias zonas para marcar su territorio. “And this is so rude!”. Al fin entra en mi campo de visión. Es tal y como la retrata la cámara: una mujer atractiva; menuda; elegante pero sencilla; de sonrisa vivaracha. Lo que destaca en ella por encima de todo es su labia torrencial y carismática. Enciende un cigarro, se sirve un té rojo y comienza la entrevista. Martha es encantadora, pero su voz guarda una llama de dragón que amenaza con incendiarse a cada rato. Su tono se eleva y las injurias y las bromas vuelan y se confunden entre la risa y el humo. Y a cada rato advierte: “Si publicas esto que acabo de decir, te mato, te fulmino, ¡te los corto!”. Pregunta a pregunta, temo morir carbonizado.

Martha viene de una familia de alta alcurnia y muy exigente. Casi todos los Debayle tienen una prometedora trayectoria académica, laboral o empresarial. Ella no iba a ser menos: a los diez años su papá le dijo que de mayor sería una gran empresaria. “Mi visión del empresario era un hombre gordo trajeado con un puro detrás de un escritorio caoba”, me dice y se ríe entre fumada y fumada. “Pero ya ves, ahora soy empresaria. Mi papá fue premonitorio”. La familia es un tema recurrente en su plática. De origen francés, los Debayle llegaron a Managua en el siglo XIX. El tatarabuelo de Martha fue un científico discípulo de Pasteur, Louis Henri Debayle, apodado “el sabio Debayle”, que se enamoró de una nicaragüense y decidió quedarse. La familia hizo fortuna en el país centroamericano. Los abuelos de Martha se convirtieron en mecenas de grandes artistas, entre ellos el poeta Rubén Darío. “Era un tipo muy borracho y muy escandaloso”, me cuenta Martha, “mi familia le cuidaba de la prensa, le daba posada y le protegía mucho”. Un día, allá por 1908, Darío se estaba meciendo en su hamaca en la casa de la playa de los Debayle, borracho como siempre. Llegó la tía abuela de Martha, Margarita, que por entonces tenía ocho años, y le dijo: Don Rubén: cuénteme un cuento. Y Rubén, casi improvisando, le hizo el famoso poema: “Margarita, está linda la mar/ y el viento / lleva esencia sutil de azahar/ yo siento/ en el alma una alondra cantar / tu acento/ Margarita, te voy a contar / un cuento”.

—Mi abuelo el científico tuvo el cerebro de Darío conservado en formol —añade orgullosa–. Decido jugármela y lanzarle una pregunta menos cómoda.—¿Qué relación tuviste con el dictador Anastasio Somoza Debayle?—Me encanta que me preguntes eso. Era el primo hermano de mi padre. Mi papá no tenía particular conexión con Somoza, pero mi mamá lo quería mucho. Tenía una foto en la que estaba cargándome en brazos, pero ya la perdí. Mi familia no tuvo mucho que ver con él, porque desde casi siempre estuvimos en el extranjero, en Nueva York. Mis papás estudiaron allá desde los 13 años, se casaron en Nicaragua y después regresaron a Estados Unidos. Nunca tuvimos relación con la política. En el 79, cuando ocurrió la revolución sandinista, ya estábamos viviendo en Nueva York. Pero decidimos no regresar. Apellidarte Debayle era demasiado fuerte en Nicaragua. Durante casi veinte años no regresé. Pero en 2003 presenté el primer Teletón, y desde entonces voy muy a menudo. Quiero que mis hijas sepan de dónde vienen.


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