La historia de los Ángeles Azules: 'Give Cumbia a chance'

Sin ellos, la cumbia romántica quizás sería una utopía olvidada en algún reducto de la historia de nuestra música.

Más de cuarenta mil almas los aguardaban expectantes. Los Ángeles Azules estaban a punto de hacer su debut en el festival de rock Vive Latino y el resultado era impredecible. Estaban ante un monstruo que bien podría devorarlos o los consagraría ante un nuevo público. A Elías Mejía, director de la agrupación, le faltaban las fuerzas para sostener su bajo eléctrico. “Mis manos estaban frías por el clima, temblaba y se me doblaban las piernas, no me respondían, me tuve que sostener del barandal porque no podía subir la escalera para llegar al escenario”, recuerda. “Durante dos semanas previas no pude comer bien, me salió una úlcera y vomitaba sangre. Me preocupaba que en las redes sociales hubiera tanta presión sobre nosotros”.

El grupo se presentaría apoyado por personajes, más ad hoc a la ocasión: Jay de la Cueva, Ximena Sariñana, su productor Camilo Lara y Centavrvs, quienes además eran algunos de los artistas con quienes ese mismo año, la agrupación había grabado un disco de duetos (Cómo te voy a olvidar). Pero ni los refuerzos garantizaban que aquel 16 de marzo de 2013 no se fuera a convertir en la noche triste de los Ángeles Azules. “Dijimos ‘en el nombre de Dios’ y nos lanzamos, no se veía nada desde donde estábamos, solo una ola de personas gritando”, rememora Guadalupe, una de las hermanas Mejía Avante. Para colmo, y para acrecentar la angustia, otro de los fundadores del grupo, José Mejía, había consultado por curiosidad en internet las terroríficas experiencias previas de los puertorriqueños Calle 13 o de Natalia Lafourcade en el Vive Latino. Un radical público los había bajado del escenario entre pedradas, monedazos y abucheos. ¿Cumplirían con la misión de convencer a esos millares de rostros? Unas cuantas personas del público deambulaban por ahí con sus playeras con la leyenda “Give cumbia a chance” impresa con orgullo; otros más, con su pose post-moderna y ropas negras, parecían incapaces de bailar una cumbia…así les pusieran una pistola en la frente para obligarlos.

“A mí me han puesto un arma en la cabeza no una, sino varias veces” me confiesa Elías. Originarios de Iztapalapa, uno de los rincones más bravos a las afueras de la metrópoli mexicana, —famoso porque en sus calles se realiza anualmente una sangrienta representación de la pasión de Cristo—, la historia de Los Ángeles Azules comienza a finales de los años setenta cuando los jóvenes hermanos decidieron que ser músicos era preferible a involucrarse en las peleas de pandillas de barrio. “Ustedes van a acabar mal si siguen en la calle” les decía su madre. “Pasábamos los días escuchando radionovelas de Kalimán, poniendo elepés en el tocadiscos y tratando de sacar canciones con instrumentos de juguete, guitarras de nylon y unos envases de refresco Orange Crush como güiro; soñábamos con ser artistas” rememora Elías.

Un día, su madre decidió apostar todo por ellos y (a escondidas) vendió a un precio irrisorio la camioneta que el patriarca de la familia había comprado recientemente. Cuando su padre regresó a casa y se topó con una consola de audio, micrófonos e instrumentos musicales en lugar del vehículo, pasó semanas sin dirigirle la palabra a su esposa. “Ya con el equipo de audio, comenzamos a tocar música moderna, psicodelia, rock and roll, Mike Laure y canciones populares”. Fue así, que surgiendo de las cenizas de Playa Azul (su primer grupo) e influenciados por el sonido colombiano, inician formalmente las andanzas de unos emergentes Ángeles Azules cuya popularidad comienza a crecer gracias al apoyo de los sonideros urbanos y a eso que ellos mismos llaman, “un instinto natural para componer cumbias románticas”.

Eran casi unos niños, pero eran como punks, algunos tenían el cabello largo y usaban pantalones raros”. Así describe Elías a los integrantes de la pandilla de la Alcancía, quienes asolaban violentamente algunos barrios del Estado de México, como el de San Ignacio. Eran los primeros años de la década de los ochenta y Los Ángeles Azules ya eran “casi famosos”, habían grabado un disco y se presentaban constantemente en fiestas y eventos populares en la zona. “Había un grupo de seguidores que iban a todos lados donde tocábamos, les decíamos ‘tibiris’ por su forma de bailar, pero eran hombres que se vestían y se maquillaban incluso mejor que muchas mujeres”, asegura Guadalupe. Esa noche, el grupo se estaba presentando en una de esas fiestas llenas de baile, lentejuelas y color, cuando la banda de la Alcancía arribó al lugar.

Como no los habían dejado entrar a la fiesta, comenzaron a romper los vidrios de la fachada con piedras y luego se marcharon, eran como 30 o 40 pandilleros. Cuando la calma parecía haber vuelto, los vándalos regresaron (habían ido por sus pistolas); comenzaron a perseguir a los ‘tibiris’ por toda la colonia y a agredir a los asistentes. Elías alcanzó a salir como pudo para proteger a su madre, quien esperaba en el asiento del copiloto en una (bendita) camioneta afuera del lugar: “Llegue corriendo y me subí junto a ella, le grité que se agachara y justo cuando lo hizo, una bala atravesó el vidrio de la ventana unos centímetros arriba de nosotros”.

Su madre actualmente tiene 91 años y todavía les sigue hablando por teléfono para darles su bendición, ofrecerles consejos y saber cómo les fue en las entrevistas.

Los Ángeles Azules son importantes porque tienen el ADN de la ciudad. Son el soundtrack del imaginario colectivo chilango. Su canciones representan a un México bueno, talentoso, alegre, emocionante. Inventaron un género que ilustra perfectamente al México de barrio”, me dice Camilo Lara, uno de los responsables del resurgimiento del grupo. “La cumbia nunca murió. Se oía en la calle. La oían los ricos en bodas y los hipsters en fiestas. Creo que lo que pasó fue que la gente comenzó a aceptar que era importante en nuestra cultura”, asegura el también integrante del Instituto Mexicano del Sonido. “En el futuro de la música no importa el género, sino la aportación que estés dejando a las nuevas generaciones. La gente tiene mucho trabajo, estrés, problemas con su pareja… Cantarle el amor es universal, la gente que viene a vernos es muy entregada, hemos visto a personas que vienen a nuestros shows después de haber estado en coma, a agradecernos porque nuestras canciones los ayudaron”, me cuenta Guadalupe.

Lo más que podemos hacer es enviar a alguien de incógnito o unos kilómetros cerca y ya si vemos que van a linchar o ahorcar a su hermano, intervenimos”, les contestó muy serio el sub-procurador de Justicia de Morelos.

Fue a finales de 2007 que Los Ángeles Azules, después de mucho meditarlo, deciden cumplir con el compromiso de presentarse en una fiesta popular en un pueblo llamado Tlayacapan, muy cerca de Cuernavaca, Morelos. Uno de los camiones que transportaba su equipo de audio se había averiado en el camino, pero las promesas del organizador de que contarían con las facilidades técnicas necesarias y un sonido profesional a su disposición, terminaron de convencerlos de asistir a la presentación. No acababan de llegar al lugar, cuando un grupo de habitantes con machetes y escopetas, comienza a acercarse amenazadoramente su camión: “¿Quién es el Licenciado Alfredo?” preguntan, mientras rocían de gasolina el vehículo y colocan piedras para impedir que las llantas retrocedieran. “No pasará nada, vamos a tocar, hablaré con ellos y todo saldrá bien”, les dice seguro Alfredo Mejía, (el tecladista de la agrupación) a sus atemorizados hermanos y miembros del staff, mientras se baja de la camioneta. Entonces, dos de los hombres de la turba lo someten y se lo llevan a la fuerza. “Nos llevamos a su hermano a un calabozo subterráneo, ustedes tienen que tocar y además, no les vamos a pagar”, les informa fríamente alguien que parece ser el líder. Los hermanos intentan hablar con el gobernador del estado para solicitar ayuda, pero en su lugar el sub-procurador local les explica que estaban ante un caso de “usos y costumbres” de la zona y que la situación estaba por encima de ellos… y de la ley. “Luego nos enteramos que el calabozo era un vil agujero en el suelo”, recuerda Guadalupe.

 

El grupo, con un integrante menos, no tiene más remedio que tocar en el evento sin cobrar, y bajo amenazas. “Señores, estamos aquí cantando para cumplir con ustedes”, le repite Elías una y otra vez al público, tratando infructuosamente de encontrar empatía ante una multitud indiferente que, eso sí, no dejaba de bailar las cumbias románticas teñidas (esta vez) de tristeza y preocupación, que resonaban a través de las bocinas en un pueblo que parecía sacado de una película del viejo oeste.

Es el año 2013. El grupo por fin está sobre el escenario del Vive Latino. El público se pone en alerta. Algunos infiltrados gritos en su contra se ahogan ante el rugido de la multitud… que ha decidido darle esa oportunidad a la cumbia. Muchos eran fans, otros acaban de convertirse al credo, otros al menos ya conocían el inconfundible sonido de inicio de sus éxitos musicales (“durante mucho tiempo todo mundo conocía nuestras canciones, pero no sabían cómo nos llamábamos”, acepta Elías); los acordes comienzan su invasión y el sonido del acordeón disipa las nubes de una tormenta que nunca se avecinó. A pesar de que ya se habían presentado con éxito en recintos tan imponentes con el Luna Park de Argentina, el Yankee Stadium en Nueva York y decenas de lugares más con llenos totales, el grupo estaba saliendo avante (haciéndole honor a sus apellidos) de un desafío muy sui generis. A diferencia de aquel pueblo sin ley en Morelos donde al final, felizmente, lograron liberar a su hermano de aquella prisión (el recuento de los daños fue un auto dejado en “garantía”), esta vez estaban no solo rompiendo paradigmas, sino conquistando corazones. Bajo el fulgor de miles de celulares iluminando la noche y personas bailando a su son, de Iztapalapa para el mundo, los ángeles lograron pintar de azul aquella noche.

*Lee el texto completo en la edición impresa de septiembre 2016.