'Me divierte mucho que, a mi edad, la gente diga que soy un icono de la moda'

Entrevistamos a Jane Fonda, la mujer que triunfó como reina del ‘fitness’ y que, a sus 78 años, conquista la televisión.

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"Me divierte mucho que, a mi edad, la gente diga que soy un icono de la moda”, declara Jane Fonda, que reconoce sin reparos sus 78 años. La actriz se encuentra en la habitación del hotel, que parece un pequeño apartamento (“Me encanta tener cocina”), situado cerca del Lincoln Center en Manhattan. Lleva un elegante conjunto de cachemira gris y su pelo corto recogido en una gorra de colegial a juego. Se ha puesto una larga cadena de oro y un enorme anillo geométrico que parece un pequeño planeta, en un guiño sesentero. Aunque asegura que sufre artrosis, se siente cómoda en su cuerpo. Quizá por haber practicado ballet y aeróbics durante toda su vida se mueve con elegancia, sin que se le note ningún achaque. Su postura erguida y su figura esbelta serían extraordinarias a cualquier edad, pero en el caso de una mujer que se acerca a los ochenta años, impresiona.

Y su cuerpo luce las prendas de forma espléndida. En los últimos premios Grammy, apareció en la alfombra roja con un jumpsuit de Balmain verde esmeralda que causó auténtico furor. Ese modelo no solo reflejaba las últimas tendencias de la moda de la pasarela de París, además resaltaba sus curvas. Al encontrarse con la actriz en el backstage, Rihanna exclamó: “¡Madre mía! ¡Quiero ser como tú cuando me haga mayor!”.
 

Al recordar el episodio, Fonda suelta una carcajada. “¿A que es raro? ¡Ahora que estoy en la tercera edad!”, exclama. “La verdad es que mi relación con la moda nunca ha sido fácil. En Nueva York, mientras daba mis primeros pasos como actriz, trabajé de modelo porque tenía que pagarme las clases de interpretación. Pero me faltaba lo que hay que tener para dedicarse a esa profesión. Odiaba que se hiciera tanto hincapié en mi aspecto físico y nunca le presté demasiada atención a las prendas”.

Sin embargo, gracias a sus mediáticos matrimonios con tres hombres muy distintos (Roger Vadim, Tom Hayden y Ted Turner) y a los personajes icónicos que ha encarnado en la gran pantalla (Barbarella, en 1968, y Bree Daniel en Klute, de 1971) la actriz siempre ha destacado por su estilo. Mucho antes de Klute Fonda empezó a llevar una melena corta que se convirtió en su imagen característica a lo largo de los setenta y que fue copiada durante décadas. Y, aunque asegura que el mérito estilístico de Barbarella es de Paco Rabanne, que diseñó el vestuario sexy y propio de la era espacial de la cinta, y también de Vadim, el director, fue Fonda quien logró que la película se convirtiera en un imperecedero punto de referencia en el ámbito de la moda.

“Supongo que siempre he sabido lo que me gusta llevar puesto”, me cuenta Fonda. “Nada más ver el jumper de Balmain, dije: ‘¡Ya está!’. Lo que mejor me sienta es llevar una prenda estructurada, sin florituras ni lazos. Algo que resalte mi cintura y mi trasero, porque siempre he tenido un trasero estupendo”. Se señala la parte superior de los brazos. “Eso sí, esto solo lo enseño a la luz de las velas en una noche muy oscura”. Hace una pausa. “Ahora soy mayor y tengo que cohibirme. Cuando eres joven te puedes permitir más cosas. Siempre había pensado que contenerse era algo malo. Pero ahora he cambiado de opinión”.

Fonda no siempre ha prestado tanta atención a su aspecto. Un día, en el plató de En el estanque dorado, largometraje que la intérprete coprodujo para poder protagonizarlo junto a su padre, el legendario actor Henry Fonda, Jane se estaba peinando cuando Katharine Hepburn (que en la cinta encarnaba a su madre), le dio un pellizco en la mejilla y le preguntó en tono imperioso: “¿Se puede saber qué pretendes con esto?”. “Estábamos en 1981, y yo no tenía ni idea de a qué se refería”, rememora Fonda. “En esa época no le sacaba todo el partido a mi físico, lo cual molestaba a Katharine. Me dijo: ‘Tu imagen es lo que presentas al mundo. ¿Qué quieres que diga de ti?’. Esa pregunta se me ha quedado grabada desde entonces. Ahora creo que Katharine hablaba de ser consciente del personaje que formamos. Pretendía que yo reflexionara sobre cómo quería que me percibieran los demás”.

En la imagen que Fonda tiene de sí misma (y que lo abarca todo, desde el color del pelo a las opiniones políticas) los hombres siempre han influido de manera decisiva. Cuando estaba a punto de cumplir 60 años, la actriz decidió rodar un documental autobiográfico que recogiese los múltiples y diversos episodios de su vida. Al pedirle a su hija, Vanessa Vadim, que la ayudase, esta contestó: “¿Por qué no tomas un camaleón y dejas que se arrastre de un lado a otro de la pantalla?”. Esa frase le dolió, pero era certera. Empezando por su padre y pasando por sus maridos, la actriz siempre ha ido mudando de piel, cual camaleón, para revelar una identidad completamente nueva.

Fonda es una auténtica superviviente. Cada uno de sus sucesivos “yo” le ha brindado una suerte de renacimiento. Su encarnación actual, la de estrella de la televisión (su serie de Netflix, Grace y Frankie, empezó a emitirse en streaming el 8 de mayo), filántropa (la organización benéfica que ha fundado trabaja con madres adolescentes y de escasos recursos en Atlanta), y, sí, también icono de la moda, la vive con la misma intensidad y compromiso con que ha experimentado todas las etapas anteriores. “Mi interés por lo que los hombres piensan de mí empezó con mi padre”, me cuenta con tono despreocupado. “Yo me reconocía en él y buscaba su aprobación”. Cuando tenía doce años, su madre, la socialite canadiense Frances Ford Seymour, se suicidó, y la intérprete recuerda que después de aquello dejó de estar en contacto con sus emociones. “Me convertía en lo que pensaba que querían que fuese las personas cuyo amor y atención deseaba”, escribió en Memorias, su autobiografía de 2005. “Intentaba ser perfecta”.

Pese a los recelos de su progenitor, Fonda empezó a actuar. Hizo su primera prueba en 1959 junto a Warren Beatty para un largometraje titulado Parrish que no llegó a rodarse. También era la primera prueba de Beatty, quien recuerda: “Nos juntaron como si fuéramos unos leones encerrados en una jaula, y nos estuvimos besando prácticamente hasta desgastarnos la cara”. Fonda no recuerda este episodio, pero añade en tono socarrón: “Me pareció que Warren era gay. Tocaba el piano y todos sus amigos eran homosexuales”. A ella, sin embargo, le atraía Robert Redford, con quien coprotagonizó Descalzos por el parque en 1967. “Estaba superenamorada de Bob”, confiesa la actriz. “No llegó a pasar nada entre nosotros, pero besarlo era algo maravilloso”.

En Descalzos por el parque Fonda inició su andadura como creadora de tendencias. Con sus botines de tobillo hechos de ante, estrechos pantalones de pana y abrigo tres cuartos de pelo de camello, se convirtió en el símbolo de lo bohemio y lo cool. En esa época, la intérprete ya se encontraba bajo la égida de Roger Vadim, quien la había dirigido tres años antes en Juegos de amor a la francesa, y que era famoso por sus conquistas femeninas, entre las que se encontraba Brigitte Bardot, a quien había descubierto, y Catherine Deneuve. Fonda se dejó el pelo largo, se lo tiñó de rubio y se trasladó a Francia. Aquel fue el capítulo jet set de su vida: el director y ella se casaron en 1965, y pasaban las vacaciones en Saint-Tropez, en Chamonix y en los Alpes franceses. Vadim no era fiel, y declaraba que los celos eran algo “muy burgués”. Para ser una buena esposa, Fonda empezó a participar en todo lo que le apasionaba al cineasta, incluyendo algún que otro trío. “A veces era incluso yo la que los proponía”, reveló Fonda en su autobiografía. “Había logrado ocultar mis sentimientos reales con tanta eficacia que acabé convenciéndome de que disfrutaba con aquello”.

Vadim también gestionaba la carrera de la actriz. El director le había recomendado que interpretara a la protagonista de Barbarella, una cinta basada en un cómic francés. El aspecto visual de la película, futurista, fantástico y de bajo presupuesto, refleja a la perfección el espíritu de los años sesenta. “Nunca he hecho nada parecido a ese proyecto, ni antes ni después”, me asegura Fonda. “Barbarella fue algo aterrador. Y divertido. Y salvaje. En la primera escena salgo completamente desnuda. Estaba tan nerviosa que me emborraché. Me pasé casi todo el rato borracha. ¡Eso también fue idea de Vadim!”. Durante el rodaje, Fonda, que tenía 30 años, descubrió que estaba embarazada de su primera hija, Vanessa. Cuando se estrenó el filme, en 1968, la actriz apareció en la portada de la revista Life, en la que se la presentaba como la mujer más deseada del mundo. Se creyera o no el papel, Barbarella convirtió a Jane Fonda en una sex symbol.


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