'Llorando y gritando en distintos idiomas', crónica de una noche violenta en Playa del Carmen

El cierre del festival de música electrónica más importante del país, y con mayor exposición a nivel mundial, se vio manchado por un letal acto de violencia. Platicamos con uno de los testigos.

Eran las dos de la mañana, y la calle 12 del centro de Playa del Carmen estaba tan viva como en cualquier tarde. Cientos de personas se aglutinaban afuera del legendario Blue Parrot Club, uno de los clubes de playa más populares de la región, para acceder a la fiesta Psychedelic Trip –presentada por la promotora española Elrow- y que fungía como uno de los eventos de cierre del festival BPM. Adentro, el lugar se encontraba casi al límite de su capacidad, con gente ocupando cada espacio entre la zona VIP, y el designado general para bailar, a orillas de la playa. En las tornamesas era el turno de Sidney Charles, un reconocido dj hamburgués que compartía horario con Santé (el dueño de la disquera en la que trabaja) para mezclar juntos, bajo la modalidad conocida como B2B (mano a mano).

Para Pablo -que por razones de seguridad prefirió omitir su apellido- ávido conocedor de la escena electrónica mundial, y que año con año realiza el peregrinaje a BPM, era un cierre perfecto, especialmente después de haber vivido la experiencia de los eventos de Elrow en Ibiza y Barcelona. “La expectativa era muy grande, porque son productores de las fiestas temáticas más importantes del mundo. Definitivamente, esta sería la mejor de todo el festival”. El plato fuerte para él iba a ser Technasia, proyecto del francés Charlie Siegling, y que estaba anunciado para presentarse a las 3am.

Pablo llegó al lugar a la una de la mañana, junto con un grupo de amigos y su novia. Pasaron sin contratiempos cada uno de los tres filtros de revisión de sus brazaletes de acceso total, y cruzaron el club hasta llegar a la mesa que especialmente reservó para esta noche. Él sabía que estaba en una ubicación ideal, a sólo unos metros de la cabina del dj, porque había ido días antes a Blue Parrot, para escuchar a otros djs que formaban parte del atractivo cartel del festival.

Emocionado ante la promesa de ser una gran fiesta, Pablo decidió no importunarse por la actitud del grupo de la mesa contigua, que no parecían estar ahí por la música. “Ya me había encontrado con ellos en una fiesta anterior. Actuaban y vestían de forma muy exagerada; simplemente no me dieron buena espina”. Sin embargo, se tranquilizó al ver que un escalón de medio metro dividía su sección de la del VIP, en la que estaban los otros. Esa distancia le ayudó a sentir que no tenía de qué preocuparse.

La música estaba en pleno apogeo. El ambiente entero en el lugar era de fiesta. De pronto, Pablo escuchó dos detonaciones que no parecían provenir de la canción que retumbaba en el sistema de sonido. “Teníamos muy cerca las bocinas, y aun así pensé que era un sonido más seco; al ver que la gente empezaba a agacharse, comprendí que eran balazos.” De forma instintiva, Pablo alertó a sus amigos para que se tiraran al suelo, donde permanecieron por algunos minutos. Desde su posición veía cómo la gente corría hacia los extremos del lugar, llorando y gritando en distintos idiomas.

Entre el caos que imperaba, pudo distinguir que una de las personas que le había parecido sospechosa al principio yacía en el suelo, y con lo que parecía un impacto de bala en la cabeza. Quien parecía ser novia del herido estaba a su lado, implorando ayuda. Segundos después, vio que un miembro del staff del lugar abría una puerta detrás de la barra; corrieron en esa dirección, y atravesaron todo el lugar por dentro. Conforme avanzaban, escuchaban a la gente detrás de ellos gritar “¡ahí vienen, ahí vienen!”. Sin embargo, Pablo no se sintió intimidado; después de haber escuchado lo que él cuenta como al menos 30 disparos durante el tiempo en el que estuvo debajo de su mesa, notó que en la ruta hacia la salida de emergencia las detonaciones cesaron.

Tardaron aproximadamente 20 minutos en salir del lugar. Pablo calcula que, de los 4 mil asistentes, más de un cuarto atravesaron el mismo pasillo estrecho; y a pesar de la gran cantidad de gente que corría aterrada por un espacio tan reducido, no presenció altercados durante la estampida. Afuera del lugar, el caos era de otro tipo. Las sirenas de las patrullas y ambulancias relevaron a la música que apenas una hora antes emanaba de los establecimientos de alrededor, que para ese momento estaban completamente cerrados, o en proceso de evacuación.

Pablo llamó a otro grupo de amigos que se encontraban en The Jungle, el club donde se llevaba a cabo una segunda fiesta de cierre del evento, a tan solo unas cuadras de Blue Parrot. “Me dijeron que ahí no había sucedido nada parecido, pero que como medida de precaución, los organizadores decidieron dar por terminada la noche”.

El posible final del BPM Festival

Cada año, más de 70 mil amantes de la música electrónica de distintos puntos del planeta, a principios de enero acudían a Playa del Carmen para escuchar las propuestas de 400 artistas locales e internacionales. La tarde de ayer se dio a conocer que el festival quedaba suspendido de forma definitiva.

El festival comenzó hace una década como propuesta dirigida a los actores de la vida nocturna (de hecho, el acrónimo BPM alberga un doble significado: el más conocido es de Beats Per Minute, haciendo alusión a la velocidad de las canciones; aunque las siglas corresponden originalmente a Bartenders, Promoters, Musicians (baristas, promotores, músicos).

La versión oficial de los hechos, hasta este momento, refiere que una persona no identificada forzó su entrada al recinto portando un arma de fuego, con la intención de matar a otra persona en específico. En el transcurso del altercado fallecieron cinco personas. La fiscalía de Quintana Roo indica que tienen detenidos a cinco sospechosos, incluyendo al taxista que dio servicio al pistolero, en el momento de su huida.