La revolución de las chicas comunes y corrientes

Si no quieres ser una princesa ni que te traten como a una, estás de suerte: ahora sales en el cine.

Muy lejos quedan los tiempos en los que las estrellas de cine eran ídolos etéreos, con una imagen sobrehumana forjada por unos estudios que protegían implacablemente la imagen inaccesible de sus productos, esculpidos por los magnates de la industria. El éxito de Pitch Perfect y las ganas que se respiran en las redes sociales de ver su secuela (que en un fin de semana ya ha superado la recaudación total de su primera parte) supone un nuevo sistema en el firmamento de Hollywood, cuya revolución acaba de empezar.

La evolución del modelo de estrella femenina ha sido mucho más compleja que la de sus compañeros masculinos, inevitablemente paralela a la transformación del papel de la mujer en el mundo real a lo largo del siglo XX. Tras la victimización de aquellas actrices lánguidas y frágiles durante los 70 y 80 (con la excepción hecha de Debra Winger), los 90 intentaron reflejar a una mujer consciente de las limitaciones que sufría en la sociedad, tanto profesional como sentimentalmente. La comedia romántica proponía mujeres que habían trabajado para labrarse una vida independiente, a pesar de su adorable torpeza y sus inseguridades. La independencia de los personajes femeninos era casi equiparable a la de los hombres. Casi. En el tercer acto, la película dinamitaba esa independencia cuando quedaba bien claro que en el fondo lo único que quería era casarse y trabajar a media jornada.

Meg Ryan, Julia Roberts y Sandra Bullock fueron el germen de Pitch Perfect. Anna Kendrick, Emma Stone, Emily Blunt y Emma Watson crecieron viendo sus películas, soñando que quizá sí había un hueco para chicas como ellas en Hollywood. No les dejarían ni acercarse a los ensayos de las animadoras, pero tampoco se sentaban marginadas en la cafetería como Christina Ricci. Son chicas que pertenecieron a esa enorme masa intermedia, cuyas opciones eran ser mediocre, pasar desapercibida y, en el mejor de los casos, ser la amiga graciosa de la reina del baile. Un grupo social que es tan amplio como irrelevante: Hollywood nunca se ha interesado en contar su historia. Hasta ahora.

La pobre Anna Kendrick debió ponerse muy nerviosa cuando vio que sus sueños de ser estrella de cine se reían de ella durante su adolescencia. En el cambio de siglo, volvieron a brillar las glamorosas, distantes, sobrehumanas: Angelina Jolie, Charlize Theron y Scarlett Johansson no eran solo actrices, eran diosas, eran una raza superior. Un espejo imposible en el que se mirarían millones de mujeres de todo el mundo para frustrarse e intentar copiar su maquillaje con tutoriales de YouTube y acabar pareciendo travestis.

Emma Watson es tan perfecta que duele

Pasarían 10 años hasta que Hollywood volvió a necesitar mujeres corrientes (la pobre y siempre infravalorada Kirsten Dunst llegó antes de tiempo y está en tierra de nadie), y de forma indirecta todo se lo debemos a Judd Appatow. El director de Virgen a los 40 o Knocked Up no se caracterizó por una construcción sofisticada de personajes femeninos: en sus películas las chicas solo estaban ahí para ser unas histéricas, indignarse ante chistes sobre su menstruación y/o acostarse con hombres mucho más feos y estúpidos que ellas. Lo que sí logró Appatow es resucitar la comedia clásica americana, ahora barnizada con el humor pseudovulgar (básicamente, gente con carrera universitaria haciendo chistes de pedos) y las frustraciones que caracterizan nuestra generación.

A diferencia de lo que pasó con el cine de acción y con el drama épico, esta vez las mujeres no iban a esperar a que el género se agotase para subirse al carro. Bridesmaids apareció en el momento adecuado, cuando la nueva comedia estaba en lo más alto. Escrita y protagonizada por mujeres, era una comedia de amigas y archienemigas en la que los hombres tenían una presencia circunstancial, y me atrevería a decir que eran tratados como vacíos objetos de fondo, tal y como las mujeres suelen ser retratadas en la comedia masculina.

El éxito de la película de Kristen Wiig demostró que el público sí está interesado en mujeres cercanas, ésas que están a punto de ser guapas, pero se quedan en monas. Lo que ha convertido a Kendrick, Stone y Blunt en fenómenos sociales es que se nota que son auténticas. Cualquiera querría ser amigo suyo. Podrían ser nuestras compañeras de clase, nuestras primas, y por eso cuando las vemos arregladas en la alfombra roja nos hace genuina ilusión, porque su triunfo es también el nuestro. Una utopía que Hollywood ha sabido explotar: si ellas pueden, cualquiera puede. Una vuelta más al sueño americano que esta vez tiene mucha verdad detrás. Porque ellas no van de graciosas (como Mila Kunis), ellas SON graciosas.

¿Qué tanto conoces a Anna Kendrick?

A esta nueva generación de actrices sus películas les han ayudado tanto como su personalidad, que bien aconsejadas por su publicista han explotado en cualquier programa de televisión al que les invitan. Al público le divierte ver a sus estrellas favoritas haciendose chistosas, y poco tardaron en hacerse virales momentos como Emma Stone llorando cuando recibe un mensaje de Mel B, de Spice Girls, o Anna Kendrick declarando su amor por Emily Blunt debate de John Krasinski, el marido de la actriz británica. Aunque para viral, el éxito de Cups, la canción de Pitch Perfect incluida por sugerencia de la propia Kendrick que ya lleva 200 millones de visitas en YouTube.

Da absolutamente igual cómo sean Meryl Streep, Daniel Day-Lewis o Jessica Chastain en la vida real, porque son ese tipo de actores cuyo físico es una portentosa herramienta para interpretar personajes ajenos a ellos. En el caso de nuestras chicas, su talento es distinto, y su carisma y espontaneidad chispeantes sí impregna a sus personajes. Van un paso más allá de la estudiada naturalidad de Winona Ryder y Reese Witherspoon, da la impresión de que quieren compartir su forma de ver la vida. Quieren que les traten bien, pero no que les traten como a princesas. No les hace falta, ni a Hollywood tampoco. La historia de las princesas modernas ya está contada.

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