La historia de Michelle Pfeiffer contada para menores de 30

Hoy la Scarlett Johansson de su tiempo cumple 57 años.

Por aterrador que resulte, ahora mismo hay mucha gente leyendo este artículo sin tener ni idea de quién es Michelle Pfeiffer. Así que lo voy a simplificar: Michelle fue Scarlett Johansson antes de que Scarlett naciera. Partiendo de la base de que en Hollywood todo el mundo es guapo (excepto los actores de carácter), llegar a ser un sex symbol significa que su belleza no es de este planeta.

La apabullante belleza de Pfeiffer (que no obstante solo le valió para ser sexta en Miss California, así que las 5 finalistas debían de ser como mirar a Dios a los ojos) era eléctrica, arrolladoramente sexual y a la vez siempre refinada.

Ser guapa es cuestión de genética, pero Michelle era mucho más que una cara perfecta. Y lo de cara perfecta no lo digo yo, hay varios estudios que determinan que sus facciones son las más armoniosas de la historia del cine. Michelle era una actriz visceral, con los ojos vidriosos más sobrecogedores del cine, que podía pasar de encarnar el sexo en estado puro (pregunten al que tenía que limpiar su piano durante el rodaje de Los fabulosos hermanos Baker) a una virgen en apuros en Relaciones peligrosas. Para los más jóvenes, estoy hablando de la versión con enaguas de Juegos sexuales.

Su carrera tocó fondo demasiado pronto con Grease 2, que Dios sabe por qué a alguien le pareció buena idea. Michelle contaba que durante las canciones a veces gritaba y no se le oía entre tanto bailarín histérico a su alrededor. También se lamentaba de que nadie quisiera contratarla, ni siquiera Brian de Palma en Scarface, que le acabó dando un papel que marcaría su carrera: el de mujer rota de belleza machacada, que le valió su primera gran portada en Vanity Fair en la que se le bautizaba como “la ambición rubia”, por su embriagadora pose e implacable hambre de ser una estrella.

¡Y vaya estrella! A pesar de/gracias a Ladyhawke (Michelle tiene una filmografía plagada de las películas favoritas de nuestras madres), su fama mundial enseguida le llevó a entrar en el imaginario colectivo de los mitos del cine.

Seis nominaciones consecutivas al Globo de Oro después (no es tan difícil, Madonna ganó uno, pero hay que ser muy famosa para conseguirlo), Michelle rechazó básicamente los mejores papeles femeninos de la época: Pretty Woman (cuando el guión era un drama sobre una prostituta drogadicta que volvía a la calle mal aconsejada por su compañera de piso), Thelma y Louise, Armas de mujer, El silencio de los inocentes (le pareció demasiado truculenta), Evita, Bajos instintos y Casino.

Esto deja dos conclusiones: que Michelle tenía el peor agente de Hollywood y que Sharon Stone le debe todo lo que tiene ahora.

En Mentes peligrosas (1995) inauguró el subgénero “mujer blanca guapísima ayuda a gente pobre” que le daría el Oscar a Sandra Bullock y a Julia Roberts años después. Con 36 años, Michelle entraba en la segunda fase de su carrera, una transición que viven (sufren) todas las actrices de Hollywood. Tienen que dejar de ser la chica de la peli y convertirse en la madre coraje. Y Michelle Pfeiffer, que tan hábilmente había explotado su magnetismo para lograr interpretaciones inmensas, fue derrotada por su propia belleza.

Su rostro maduraba espléndidamente, pero no es ningún secreto que la belleza ayuda cuando eres joven, pero boicotea pasados los 35. Rita Hayworth, Kim Novak, Jacqueline Bisset, Kim Basinger y Sharon Stone eran codiciados objetos de deseo durante su juventud, pero no encontraron su sitio en Hollywood como mujeres maduras. Scarlett Johansson debe de estar muerta de miedo.

Las sex-symbols no encajan como madres de familia, ni solteronas desquiciadas, y ya sabemos que eso es todo lo que la industria del cine tiene que ofrecer a sus actrices cuarentonas.

Resumiéndolo de forma atroz, Hollywood no quiere mujeres maduras que tengan pinta de seguir teniendo vida sexual. Ése es precisamente el momento de gloria de las “segundonas”, es el momento en el que Frances McDormand, Cate Blanchett, Julianne Moore, Holly Hunter o Emma Thompson dominan la (limitada) oferta de personajes femeninos maduros.

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