La guerra de Zuckerberg

Al fundar facebook, Mark Zuckerberg fundó algo más que un negocio: desarrolló una cultura en la que se combinaban los valores subversivos de los 'hackers' con el fervor de una secta mesiánica.

Mark Zuckerberg es un genio. No del modo en que aparece retratado en la muy ficticia película La red social, como si fuera autista o un genio de capacidades extraordinarias. Pero tampoco diría que Zuckerberg es un genio para crear productos al estilo de Steve Jobs. Cualquier persona que quisiera sostener esta opinión debería explicar por qué existe todo un cementerio de productos fracasados y olvidados de Facebook. Si es un genio en este sentido, solo ha podido superar sus divinas locuras gracias a grandes dosis de buena suerte.


No. Es un genio de la vieja escuela, una tremenda fuerza de la naturaleza y está poseído por un dios tutelar que lo anima y lo guía y que inspira en su séquito el deseo de alcanzar esa grandeza. Como Thomas Jefferson, Napoleón, Alejandro Magno... Posee una visión mesiánica que presenta una imagen arrolladora de un mundo nuevo y distinto. Al inculcarles esta visión a sus discípulos, Zuckerberg fundó la iglesia de una nueva religión. Con todo el fervor de los conversos recientes, los primeros seguidores reclutados atrajeron a otros ingenieros y diseñadores entregados, inteligentes y audaces, que quedaron seducidos por los ecos de la visión zuckerbergiana que les transmitían los demás. Y también estaba la cultura que Zuckerberg había creado.


En muchas empresas cool de Silicon Valley los ingenieros ocupan lo más alto del escalafón, pero Facebook llevó este fenómeno a otra dimensión. La empresa giraba en torno a estos profesionales, que gozaban de gran éxito. Existía una actitud singularmente filibustera: si lograban sacar los proyectos adelante rápidamente, a nadie le importaban mucho sus credenciales ni la moral legal tradicional. Imperaban los valores de los hackers.

Imbuidos de esta cultura, chavos de 23 años que ganaban medio millón de dólares al año [unos 9 millones de pesos] y que vivían en una ciudad que ofrece grandes diversiones para quien tiene dinero, se quedaban recluidos en el campus de la empresa durante jornadas de catorce horas. En él comían tres veces al día, a veces dormían, y se dedicaban únicamente a programar, a revisar los programas o a comentar los nuevos elementos de los grupos internos de Facebook.


Cuando ingresabas en la compañía lo celebrabas como los evangélicos conmemoran la fecha en que se bautizan y encuentran a Jesús. Este acontecimiento se denominaba Faceversary, y no es broma: todos los colegas se apresuraban a felicitarte por Facebook (cómo no), tal y como hacen el resto de usuarios en su propio cumpleaños. Muchas veces, la empresa o tus colegas te mandaban un ramo de flores ordinario con uno de esos enormes globos de helio con forma de 2, o del número que correspondiera. Cuando abandonabas Facebook (normalmente cuando los globos habían llegado al 4 o al 5), trataban la cuestión como si se hubiera muerto alguien. La lápida de tu muerte en Facebook era una fotografía publicada en la red social en la que aparecía tu gafete desgastado y deteriorado. Era habitual incluir un lacrimógeno epitafio que conseguía cientos de likes y de comentarios antes de un minuto.


La compañía está llena de auténticos creyentes que no trabajan únicamente por dinero y que no pararán hasta que todos los hombres, mujeres y niños del planeta estén contemplando un banner azul. Cosa que da mucho más miedo que la pura codicia. El avaricioso tiene un precio, su comportamiento es predecible. Pero ¿y el fanático? No se vende, y resulta imposible saber lo que él y sus seguidores pueden llegar a hacer inspirados por sus delirantes visiones. Y eso es lo que pasa cuando hablamos de Mark Elliot Zuckerberg y de la empresa que creó.

En junio de 2011, Google lanzó una copia de Facebook llamada Google Plus. El producto en sí era bastante bueno, en algunos aspectos mejor que Facebook. Aquella decisión fue sorprendente. Google llevaba años menospreciando a la compañía de Zuckerberg, se sentía intocable desde las alturas de su monopolio sobre las búsquedas. Sin embargo, a medida que el trasvase de talento de Google a Facebook aumentaba, en la primera empresa empezaron a cundir los nervios.


Google Plus cayó en Facebook como una bomba. Zuckerberg se lo tomó como una amenaza existencial, semejante al momento en que los soviéticos llevaron armas nucleares a Cuba en 1962. Google Plus suponía la incursión del gran enemigo en nuestro territorio, y afectó a Zuck más que nada. Impuso un “toque de queda” [Lockdown], el primero y único en mi paso por la empresa. El toque de queda era un estado de guerra que se había creado en los primeros días de Facebook y significaba que hasta que se decretara su fin, nadie podía salir del edificio.


¿Cómo se anunció oficialmente aquel toque de queda? Recibimos un e-mail a las 13:45 del día en que se lanzó Google Plus. En él se nos solicitaba que nos reuniéramos en el Aquarium, el cubo de paredes de cristal que era el salón del trono de Zuckerberg. Técnicamente nos pedían que nos congregásemos en torno al cartel de toque de queda [Lockdown], un luminoso de neón colgado en la parte superior del Aquarium. Cuando todos los trabajadores llegaron, el cartel ya estaba iluminado, avisándonos así de lo que se avecinaba.

Normalmente, Zuckerberg no era un buen orador. Empleaba la jerga de los frikis informáticos, el lenguaje que utilizan las personas que tienen cuatro pantallas de códigos abiertas a la vez. Presentaba una actitud distante ajena al público. Sin embargo de vez en cuando Zuck tenía un momento carismático de lucidez y grandeza, y aquello era impresionante. El líder pronuncio una encendida arenga en la que habló de uno de los antiguos clásicos que había estudiado en Harvard. “Uno de mis oradores romanos preferidos terminaba todos los discursos con la expresión Carthago delenda est (Cartago debe ser destruida). Por algún motivo, ahora me ha venido a la cabeza”. Hizo una pausa mientras las carcajadas se extendían entre el público.


El mencionado orador era Catón el Viejo, un destacado senador romano dado a lanzar incentivas contra los cartagineses. Un personaje que defendía que se debía destruir al mayor rival de Roma, lo que desembocó la Tercera Guerra Púnica. Concluía todos sus discursos con esa frase, hablara del tema que hablara. Carthago delenda est. ¡Cartago debe ser destruida! El tono de Zuckerberg pasó de ser el de un sermón paterno a convertirse en una proclama bélica. El discurso terminó en medio de un estallido de vítores y aplausos. Todos salieron de allí dispuestos a invadir Polonia, si hacía falta. ¡Cartago debe ser destruida!


El Laboratorio de Investigación Analógica se puso en marcha enseguida y creo un póster en el que se leía “Carthago delenda est” en unas imperiosas negritas, debajo de un estilizado casco de centurión romano. En esta imprenta improvisada se hicieron toda clase de carteles y objetos de recuerdo, que muchas veces se distribuyeron de forma semiclandestina por las noches y los fines de semana.

Los pósters de Cartago se colgaron en todo el campus. Se anunció que las cafeterías permanecerían abiertas durante los fines de semana y se planteó seriamente la posibilidad de que los fines de semana funcionara la lanzadera entre Palo Alto y San Francisco. Esto convirtió a Facebook en una empresa permanente abierta: se esperaba que los empleados estuvieran presentes y trabajando a cualquier precio. En un gesto que se interpretó como una bondadosa concesión a las pocas personas que tenían familia, se anunció que los parientes podían ir de visita durante los fines de semana y comer en las cafeterías, lo que permitiría que los niños vieran a papá (sí, casi siempre era papá) en las tardes de esos días festivos. Acudieron tanto mi novia como nuestra hija de un año, Zoë.


Era habitual presenciar la imagen de un empleado agobiado mientras pasaba un breve rato de ocio con su mujer y sus dos hijos antes de volver a su mesa. Facebook no iba de broma en absoluto. Aquello era la guerra total.


Una mañana de domingo, mientras iba al trabajo, me salté la salida de Palo Alto y me dirigí al campus de Google, que cada vez era más grande. El logo multicolor de la compañía estaba por todas partes y unas bicicletas con los mismos colores llenaban los patios. Ya había estado allí antes y sabía dónde se encontraban las instalaciones de los ingenieros. Me aproximé y contemplé el estacionamiento.


Estaba totalmente vacío. Interesante. Regresé y me dirigí a Facebook. En el edificio de California Avenue me costó encontrar sitio para dejar el coche. El estacionamiento estaba lleno. Era evidente qué empresa estaba luchando a muerte. ¡Cartago debe ser destruida!

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