La batalla por Picasso

La historia de esta dinastía es tortuosa y se complicó por las relaciones entre las esposas, amantes, hijos y nietos del genio malagueño que pelean por el vastísimo legado del pintor.

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“Tuve un padre que pintaba”, comentó en cierta ocasión Maya Widmaier-Picasso cuando expuso algunos de los cuadros, dibujos y acuarelas que heredó tras la muerte de su progenitor, en 1973. Su padre era Pablo Picasso. Su madre era Marie-Thérèse Walter, a quien el pintor conoció una tarde de 1927, cuando ella tenía 17 años y él, 45. Nueve años antes, el artista se había casado con Olga Khokhlova, una de las bailarinas de Sergéi Diáguilev, con quien tuvo un hijo, Paulo; pero el matrimonio se estaba desmoronando.

En la actualidad, Maya tiene 80 años, vive en París, es madre de tres hijos y es una de los cinco herederos con vida de Picasso, todos los cuales se han convertido en multimillonarios. Los otros son Claude Picasso y su hermana Paloma, nacidos de la unión entre Pablo y su amante Françoise Gilot (la única mujer que abandonó al artista en toda su vida); y Marina y Bernard Picasso, vástagos de Paulo, que falleció en 1975. Dado que uno de los cuadros del artista, Las mujeres de Argel (Versión O), estableció el año pasado el récord de la obra más cara vendida en una subasta (unos 175 millones de dólares), es muy probable que los cinco herederos de Picasso (que controlan el legado más extenso del mundo del arte) se hagan todavía más ricos.

Cuando el artista murió hace 43 años, a los 91, dejó una cantidad apabullante de obras: en total, más de 45,000. (“Tendríamos que alquilar el Empire State Building para albergarlas todas”, comentó Claude Picasso cuando se terminó el inventario). También un elevado número de libros ilustrados, planchas de grabado y tapices. Y estaban asimismo los dos châteaux y otras tres casas. (Picasso trabajó y vivió en unos 20 sitios entre 1900 y 1973). Según una persona que conoce bien el patrimonio, Picasso tenía al morir unos cuatro millones y medio en efectivo y en torno a un millón de dólares en oro. Por otro lado, poseía asimismo acciones y bonos, cuyo valor no llegó a hacerse público. En 1980, se estimó que el patrimonio del pintor ascendía a 250 millones de dólares, pero los expertos han afirmado que el valor real llegaba en realidad a los miles de millones.

Picasso no dejó testamento. El reparto de sus propiedades tardó seis años en efectuarse, y el proceso estuvo salpicado de durísimas negociaciones entre los herederos (que entonces eran siete). El convenio costó 30 millones de dólares y dio lugar a lo que se ha calificado de “una saga digna de Balzac”.

En 1996, Claude Picasso, a quien un tribunal francés había nombrado administrador legal del patrimonio del artista, creó la Picasso Administration, una organización con sede en París que gestiona los intereses de los herederos, controla los derechos de las reproducciones y las exposiciones del creador, concede todas las licencias de merchandising y persigue las falsificaciones, las obras robadas y el uso ilegal del nombre del artista.

Piensen que el año pasado se organizaron 34 exposiciones de Picasso. Existen museos Picasso en París, Barcelona, Antibes y Málaga. Unas empresas de París y Lyon (que tienen filiales en muchos países) poseen licencias para vender alfombras, bandejas, bolsos, almohadas y otros artículos de Picasso. Desde 1999, Citroën ha vendido casi tres millones y medio de coches modelo Picasso en más de 30 países. Esta empresa automovilística paga royalties anuales a la Picasso Administration, que mantuvo el derecho de controlar las campañas publicitarias, como hace con todas las licencias. Otra importante fuente de ingresos para la Administration lo constituye el droit de suite, que regula la concesión de derechos de autor sobre obras vendidas en galerías o subastas, creadas por artistas aún vivos o que llevan muertos menos de 70 años. Aunque la organización no revela la cuantía de sus ingresos anuales, la cifra, según ciertas estimaciones, ronda los ocho millones de dólares al año.

También está el mercado negro de obras de Picasso, cuyo desarrollo la Administration intenta conocer, muchas veces en vano. Es probable que existan cientos de marcas ilegales llamadas “Picasso” en todo el mundo, dedicadas a vender cualquier cosa, desde anzuelos de pesca a pizza.

En el cine llevan utilizándose reproducciones de Picasso desde hace años. Mientras rodaba ‘Titanic’ en 1996, James Cameron quiso mostrar una réplica de Las señoritas de Avignon. Cuando el barco se hunde, se observa cómo la obra se sumerge bajo las olas. La Administration decidió que no podía autorizar que se incluyera el cuadro en la película, “porque la pintura lleva expuesta en el MOMA más de 60 años e, indudablemente, no se hundió junto al Titanic cuando este naufragó”, declaró Theodore Feder, quien, además de presidir la Artists Rights Society, que representa a la Administration en Estados Unidos, es historiador del arte. “Cuando vi la película, me sorprendió descubrir que la escena en la que se mostraba la inmersión de Las señoritas no se había eliminado. Negociamos una tarifa a posteriori, en la que se incluía una cuantiosa penalización”.

La Administration suscita opiniones encontradas en el entorno del arte. Los críticos se quejan de que tardan en contestar a las peticiones de autenticación, de que ni Claude Picasso ni los otros herederos tienen formación académica, y que no han creado un comité asesor ni han hecho planes para publicar un catálogo razonado (libro monográfico que recoge la totalidad de obras creadas por un artista). Por su parte, Claude señala que él lleva inmerso en el mundo de Picasso desde que nació. “Los herederos hemos decidido no publicar por el momento este texto de consulta porque siguen apareciendo objetos que no se han catalogado”, asegura por e-mail. En lo que respecta a la autenticación, añade: “Muchas veces, las peticiones no están expresadas con profesionalidad. De media, archivamos unas 900 al año. En ciertas ocasiones, verificar la información puede requerir muchas horas. Con frecuencia hay que examinar las obras en persona”.

También ha habido quejas sobre las directrices según las cuales la Administration concede licencias. Cuando se anunció el acuerdo con Citroën en 1998, el difunto fotógrafo Henri Cartier-Bresson, gran amigo del artista, se mostró sumamente indignado. Escribió a Claude y lo acusó de haber “traicionado” a Picasso. Esta opinión también se ha expresado dentro de la familia. “Me parece intolerable que el nombre de mi abuelo [...] se utilice para vender algo tan vulgar como un coche —declaró Marina Picasso—. Fue un genio a quien ahora se está explotando de manera escandalosa”. Marina, que habla de “herencia envenenada”, vendió los derechos de reproducción de mil obras suyas y accedió a crear un plan de merchandising para comercializar pañuelos, corbatas, vajillas... con los que apoyar organizaciones benéficas.

Hace 25 años, las casas de subastas más destacadas solían consultar únicamente a Maya, según me cuenta un antiguo directivo de Christie’s. “Luego el asunto se complicó —añade—. Claude empezó a autentificar; en determinado momento, las autentificaciones requerían dos firmas. Nos producía pavor pensar que las opiniones pudieran no coincidir”. Efectivamente, sucedió. A veces uno aseguraba que una obra era original, y el otro declaraba que se trataba de una falsificación.

Se llegó a una situación casi insostenible que había que rectificar. En 2012, cuatro de los herederos (Claude, Paloma, Marina y Bernard) anunciaron en una carta la creación de un nuevo procedimiento para autentificar obras de Picasso: “Los abajo firmantes solo reconocerán de forma plena y oficial las opiniones de Claude”. Maya no quiso explicar por qué su nombre no aparecía. “No me enteré hasta que me lo contó un amigo —le dijo a George Stolz, de ARTnews—. Casi me muero”.

Claudia Andrieu, responsable de los asuntos legales de la Administration Picasso, me explica que ahora “Maya ya no forma parte del proceso de autentificación, pero eso no quiere decir que no hay colaboración entre ella y Claude”. Oscar Widmaier Picasso, hijo de Maya, me dice que su madre “ha mostrado un apoyo activo a la organización asistiendo a la reunión trimestral, junto a su hermano Claude y a su sobrino Bernard, y ha colaborado en muchos expedientes y peticiones de autentificación”. Sin embargo, un marchante muy vinculado a la Administration asegura que la relación actual entre Claude y Maya es “tensa”. Otra persona se expresa con mayor crudeza: “Hay un problema grave entre ellos”.

Conocí a Maya en el hotel Pont Royal de París, en 2004. La acompañaba su hija Diana. Maya, una mujer afable y llena de vida, me dijo que no quería que escribiera un reportaje sobre ella, pero accedió a contarme algunas anécdotas de su padre. “Un día —me explicó—, dos semanas después de la liberación de París, fui a su estudio, y me dijo: ‘Yo pinto, tú pintas’. Los dos nos pusimos a ello, y, al terminar, él colgó nuestras obras, una al lado de la otra. Así que se veía lo siguiente: Pablo, Maya, Pablo, Maya, Pablo, Maya. Dos coroneles del Ejército estadounidense se pasaron por el estudio. Cuando se marchaban, se fijaron en las acuarelas, y uno de ellos le preguntó a Picasso si podía hacerles una foto. Él dijo que sí, pero no aclaró que aquello era “Pablo, Maya, Pablo, Maya, Pablo, Maya”. Unas semanas después, un periódico norteamericano publicó una fotografía con el siguiente pie: “He aquí una imagen exclusiva de las primeras obras de Pablo Picasso después de la liberación”.

Este tipo de fortuitos errores en las atribuciones de obras constituye un ejemplo de aquello a lo que la Picasso Administration se enfrenta todos los días. Se celebran reuniones trimestrales con los herederos o sus representantes. Todos los años se presenta un informe que suele tener 300 páginas con casos judiciales que se han resuelto o que siguen abiertos. Los beneficios se reparten dos veces al año. De tanto en tanto, los herederos entregan algunas de las obras que poseen a casas de subastas y marchantes.

 

En algunas ocasiones, ciertos picassos auténticos pueden causar quebraderos de cabeza, como sucedió en la reciente venta de un busto de la madre de Maya, Marie-Thérèse Walter. Un asunto que implica a varios de los dealers más importantes del mundo del arte y que ahora mismo se juzga en tribunales de Nueva York, Suiza y Francia.

El destacado marchante de arte Larry Gagosian declaró en unos documentos judiciales que, en mayo de 2015, le compró la escultura a Maya por unos 100 millones de dólares. A continuación se la vendió a Leon Black, un coleccionista neoyorquino. Pero la casa de subastas Pelham Holdings asegura que cerró un acuerdo en 2014 para comprarle la escultura a Maya por unos 40 millones de dólares y vendérsela al jeque Al Thani; este mandatario es esposo de la jequesa Al Mayassa bint Hamad bin Khalifa al Thani, hermana del emir de Catar, presidenta de los Museos de Catar y, según Forbes, “la reina indiscutible del mundo del arte”.

*Lee el reportaje completo en la edición impresa de agosto 2016.