Fan: 'Justin Bieber no nos quiere ahora'

El último incidente del cantante contra un fan deja dos preguntas: ¿En qué momento se rompe el respeto entre artista y público? ¿Y hasta qué punto debe soportar un fan el desaire de su ídolo?

El acceso exclusivo para equipo y personal del estadio Palau Sant Jordi, en la ciudad de Barcelona, España, se encontraba sitiado la noche del martes por fanáticos de Justin Bieber, que esperaban ansiosos la llegada de su ídolo, con la sola intención de tener un encuentro cara a cara con él, incluso cuando solo significara que les viera desde el interior de su auto. Este no es un caso aislado; cada vez que el popular joven de 22 años se presenta en cualquier parte del mundo, sus admiradores le siguen afanosamente a cada paso. Y aunque se les puede esconder por momentos, ambas partes saben que un punto ineludible de reunión es el recinto mismo donde se presentará.

Lo que hizo a esta escena diferente fue un violento desplante del artista, quien ante el acercamiento de un admirador, le propinó un puñetazo en la boca.

El hecho no es tan blanco y negro; los dos cometieron imprudencias que propiciaron el altercado: el cantante tenía abierta la ventanilla del coche, con lo que invitaba a que sus fans intentaran un contacto físico. Y el fan se acercó con la determinación de tocarle la cara, cuestión que no le agrada a cualquiera.

Sin embargo, Bieber ya había dado señales de intolerancia hacia sus incondicionales seguidores. En marzo canceló las convivencias Meet And Greet que realizaba en sus conciertos, ya que le dejaban “emocionalmente drenado”. En mayo les encomió en desistir de tomarse fotos con él, argumentando que le hacían sentir como un animal de zoológico, al que no saludan ni reconocen como humano. El tono subía hasta el punto de la insolencia, al sentenciar que la compra de sus álbumes no conlleva el derecho a tomarse fotos con él. Y en agosto, después de recibir muchos mensajes de repudio hacia su nueva pareja, la modelo Sophia Richie, cambió a privada la accesibilidad de su cuenta de Instagram, para posteriormente eliminarla por completo. A partir de estas nuevas condiciones para la convivencia entre el cantante y sus fans, muchos de ellos han expresado su inconformidad, creando hashtags como #RIPBeliebers y #JustinDeactivatedParty.

Si bien la trayectoria del canadiense hacia la mayoría de edad ha estado manchada por brotes de violencia física, no había escalado al terreno de su séquito de fans. Y aunque se hubiera sentido agredido ante la inusual demostración de afecto por parte de su fan, jamás será justificable que reaccione de esta manera. No hubo dolo en la acción del fan. No estaba en peligro su vida. No tenía por qué ser tan patán.

De los males, el menor. El golpe que recibió Kevin Ramírez no tuvo consecuencias graves, y ha decidido entablar una demanda en contra del cantante, por agresión. En un programa de radio local le preguntaron si había cambiado su percepción sobre el que días antes era su ídolo. El joven de 18 años contestó: “(Él) no nos quiere ahora. Decidí ya no entrar al concierto; primero estoy yo, y luego está Justin Bieber”.

Esta declaración debería ser un foco rojo de alerta para Bieber. Se necesita mucho esfuerzo para alcanzar el éxito, y muy poco para perderlo.

Sobresalir en el medio del espectáculo es un arma de dos filos. Cuando comienzan, los artistas hacen la “talacha” reglamentaria de tocar las puertas de todos los medios posibles, padeciendo la poca o nula preparación que puedan tener sus entrevistadores, y están condicionados a aguantar estoicos los comentarios negativos, las burlas y las miradas por encima del hombro, para obtener una nota perdida entre un mar de información de los que ya están consolidados. Se presentan en los lugares más imposibles -como pueden ser los centros comerciales, ferias locales, y hasta en eventos familiares de personas influyentes -sin importar las condiciones, y afrontando con entereza los múltiples contratiempos que surjan- para adquirir experiencia; pero sobre todo, buscan la conexión con el público, de uno en uno.  Porque al margen del nivel de importancia o la longevidad de su trayectoria, TODOS los artistas recuerdan con un especial cariño la primera vez que escucharon una canción suya en la radio; la primera nota periodística; y el primer fan que se acercó a ellos para decirles cuánto le gusta su música. Es justo ese primer contacto el que confirma que todo el esfuerzo y sacrificio vale la pena; el momento en que están exactamente al mismo nivel de su público, porque ellos también admiraron a alguien con el mismo entusiasmo.

Entonces, ¿en qué punto cambian las cosas?

Conforme crecen en popularidad, los artistas gravitan en un entorno de elogios y tratos preferenciales por parte del equipo de trabajo (que se amplía de manera exponencial a su éxito) y demás allegados, quienes en aras de procurarles un ambiente libre de tribulaciones y negatividad, los  inmergen en una burbuja inocua, que ya no les permite formarse una visión acertada de la realidad, de lo que pasa ‘afuera’, de la gente común. En este nuevo estilo de vida, se va haciendo cada vez más difícil empatizar con su público, y se pierde el frágil equilibrio que debe existir entre la posición de “el artista” versus “la estrella”.

Sin temor a equivocarme, considero que el producto de Justin Bieber (incluyendo su “personaje” fuera del escenario) no tiene la calidad suficiente para trascender en el tiempo; simplemente no puedo imaginar que sus fans mantengan el mismo interés dentro de 10, 20 o 40 años. Ante ello, tendría que cambiar su actitud, y volver al punto inicial, en el que sí le importaba su público. Tan solo esta semana, perdió otro fan. De uno en uno...