Johnny en el infierno, una vida de amores que terminó en su peor año de escándalos

Su vida sentimental fue una montaña rusa hasta que llegó Vanessa Paradis; al conocer a Amber Heard, la historia se repitió.

El pasado 16 de agosto, un escueto comunicado ponía fin al matrimonio entre John Christopher Depp II (Kentucky, 1963) y Amber Laura Heard (Texas, 1986) y, con él, al penúltimo gran escándalo hollywoodiense, que estalló el 27 de mayo. Aquel día, a las puertas de los juzgados de Los Ángeles se escenificó el fin del clásico cuento de hadas: Amber Heard no solo pedía el divorcio de Johnny Depp sino que, con un ojo morado y el labio partido, exigía una orden de alejamiento alegando: “Durante toda nuestra relación, Johnny Depp ha abusado de mí física y verbalmente”. Hollywood no podía dar crédito a lo que ocurría. Como si se tratara de Jack Sparrow paseándose por los mástiles del Perla Negra, pocos como Johnny Depp habían conseguido hacer equilibrios entre su vida pública y privada. En 30 años de carrera, Depp había tenido una amante en cada puerto, y todas y cada una hablaban maravillas de él. Hasta ese infausto 27 de mayo.


El actor se casó por primera vez con Lori Anne Allison. Ella tenía 25 años; él, 20. Él soñaba con ser cantante; ella, maquilladora. Juntos dejaron Florida en busca del sueño californiano. Dos años después, había nacido una estrella y había muerto un matrimonio. Para Nigel Goodall, autor de hasta tres biografías de Johnny Depp (y de una de Winona Ryder), este primer amor: “Fue un intento de Johnny de arreglar lo que no había funcionado entre sus padres”. Depp no tardaría en enamorarse de otra(s) mujer(es): primero de su compañera en la Academia de Interpretación Loft Studio, Sherilyn Fenn, la inquietante musa de David Lynch en Twin Peaks. Después de Jennifer Grey, la Baby de Dirty Dancing. A ambas les pidió que se casaran con él. Cuenta Goodall que en Hollywood se vendían calcomanías que rezaban: “¡Toca el claxon si Johnny Depp no te ha pedido matrimonio!”. Su gran amor, sin embargo, estaba por llegar.


Johnny Depp conoció a Winona Ryder en el neoyorquino Teatro Ziegfeld, en el estreno de Gran bola de fuego. Ella era una adolescente de 17 años y Johnny, a sus 26 años, un aspirante a donjuán. A los dos meses ya andaban. A los cinco, el 26 de febrero de 1990, estaban comprometidos. En la pantalla protagonizaron la gran fábula para niños raros: ‘El joven manos de tijeras’, de Tim Burton; fuera de ella, se convirtieron en la encarnación de la llamada “Generación X”, esos chicos nacidos en los 70 que con su música grunge constituirían el movimiento juvenil más importante desde el punk.


Para Tara Brabazon, autora del estudio ‘From revolution to revelation: Generation X, popular memory and cultural stories’: “Johnny Depp y Winona Ryder fueron los James Dean y Natalie Wood de la Generación X. Aunque no murieron en circunstancias trágicas, sí vivieron en circunstancias trágicas y mostraron la incapacidad de su generación para manejarse en las relaciones adultas”. Un 21 de junio de 1993, la magia construida a base de versos beatniks se rompe de tanto fotografiarla: sus agentes anuncian el final de la relación. Ella se encierra en un hotel; él tiene un escarceo con Juliette Lewis, su compañera en ¿Quién ama a Gilbert Grape?.

Louise Krasniewicz, antropóloga y autora junto a Michael Biltz de ‘Johnny Depp: a biography’, sostiene que su ruptura fue exagerada: “No es que no fuera traumático, pero en buena medida también tenía parte de la escenificación que su imagen hollywoodiense les exigía en ese momento”. Todo iría a peor: el 30 de octubre de 1993, River Phoenix moría por sobredosis a las puertas del local The Viper Room, propiedad de Depp. La “Generación X” descubría, con horror, que la vida era más negra que sus sudaderas de Nirvana. Pero Depp no se iba a quedar a comprobarlo.

Noche de gala de los Premios CFDA, otorgados por el Consejo de Diseñadores de Moda de los Estados Unidos, un enero frío de 1994 en Nueva York. Kate Moss entra en un café a comprar cigarros y allí está él. Depp reproducirá con Moss su relación con Winona: de nuevo una década más joven que él. De nuevo la chica del momento. Gracias a Calvin Klein, Moss personifica el canon de belleza de esos años: escuálida y desastrada, popularizará lo que se bautizó como ‘heroin chic’.

Para Depp, Moss es su ticket a Londres: de los rescoldos del grunge pasa a la hoguera del britpop. Si Keith Richards y Anita Pallenberg fueron los reyes del Swinging London sesentero, Johnny y Kate lo son de la Cool Britania de Tony Blair. A través de Moss conoce a Ewan McGregor, a Jude Law, a los hermanos Gallagher… Suya es la slide guitar que suena en la canción de Oasis Fade In-Out. Son días de vino y rosas. En el hombro en el que Johnny se había tatuado “Winona forever” (Winona para siempre) ahora se lee “Wino Forever” (borracho para siempre) y a Kate la apodan The Tank (El tanque), por su aguante bebiendo cerveza. Duermen en los aviones, viven en las premieres, en las discotecas, en las playas, en el Viper Room…

Las resacas son casi tan tremendas como las borracheras. Una de ellas, premonitoria, le cuesta ir a prisión. Discute con Kate en el hotel The Mark, en Manhattan, el 13 de septiembre de 1994. En el informe policial se lee: “Daños por valor de 10,000 dólares”, en una habitación que cuesta 2,200 la noche. Su amigo, el director John Waters, que lo ha dirigido en Cry-Baby, declara: “Johnny ha inventado el grunge”.


Cuando, a mediados de 1997, la frenética vida de ambos los separa, ella piensa que será algo efímero. Según Laura Collins, periodista del Daily Mail y autora de la biografía Kate Moss: the complete picture, Kate no cree haberlo perdido porque “en cuatro años, su pasión sexual nunca decayó”. Ella sigue pensando que volverá hasta que se entera de que Vanessa Paradis está embarazada. Como Winona, tras la cólera llega la depresión, los días y semanas sin salir de la cama y finalmente, el ingreso en la clínica Priory “por agotamiento”. En una entrevista en la edición americana de Vanity Fair en 2012, Kate reconocía su aflicción en aquellos días: “Nadie ha sido nunca capaz de cuidarme. Johnny lo hizo durante un tiempo. […] Perdí el apoyo de alguien en quien podía confiar. Una pesadilla. Años y años de lágrimas. ¡Lo que lloré!”.

Vanessa Paradis también era un icono. Con 19 años, gracias a su imagen de Lolita y el turbador espacio entre sus incisivos superiores, Chanel la había elegido para rejuvenecer su imagen de marca. No es difícil aventurar qué vio en ella Johnny cuando ambos coincidieron en el Hôtel Costes de la Rue Saint Honoré. Obsesionado con la literatura de su país, Depp debió de sentir esa fascinación estadounidense por lo parisino, como quintaesencia de lo europeo y sofisticado, que había golpeado a Hemingway o Scott Fitzgerald. El biógrafo de Vanessa Paradis, Hugues Royer, afirma que Depp cayó fulminado por un atrevido traje de espalda descubierta. Johnny y Vanessa se aíslan en la campiña, lejos de Beverly Hills, lejos de las soirées.


Con la misma determinación con la que lo ha conquistado, Vanessa lo convence de que debe aceptar más blockbusters y menos zarandajas indies. La primera, la adaptación de una atracción de Disneyworld llamada ‘Piratas del Caribe’, en 2003. Para la antropóloga y bióloga de Depp, Louise Krasniewicz: “La película lo convirtió en una de las mayores estrellas del planeta. Estaba en todas partes, hasta que desapareció tras la horrorosa cuarta entrega”. Eso fue en 2011. Para entonces, el círculo íntimo de Vanessa Paradis sabía que su relación se había acabado: Johnny había vuelto a salir de noche.

*Lee el texto completo en la edición impresa de octubre 2016.