En el nombre del padre

Próximo a los 60 años y en la cúspide de su carrera, el arquitecto Javier Sordo Madaleno revela detalles del proyecto más grande de su vida y del peso de su apellido.

“El mítico Le Corbusier decía que se es arquitecto a partir de los 50 años. Y probablemente sea muy cierto porque te vas asentando”, espeta Javier Sordo Madaleno (México, 1956) desde la oficina central de Grupo Sordo Madaleno, la evolución del despacho de arquitectura fundado en 1936 por su progenitor. El hijo de Juan Sordo Madaleno (1916-1985) encarna la máxima de su colega suizo.

En el headquarter de una de las principales sagas arquitectónicas mexicanas se diseña, construye, opera, comercializa y se arman negocios. Ahí se ha esbozado el trazo urbano de México con edificaciones como el Hotel Solaz Resort, el edificio de oficinas Gentor y Toreo Parque Central. En octubre cumplirá los 60 y Sordo Madaleno Bringas prepara su proyecto más ambicioso hasta ahora: el Cojunto Reforma-Colón.

“Para mí, sin duda, es el más importante que he tenido en mi vida. Va a cambiar mucho la dinámica de cómo vemos la ciudad y cómo se proyectará en el futuro”. Es la primera vez que su creador revela detalles del complejo. “Es la torre más alta que se habrá construido en México, tendrá 309 metros, 65 o 66 niveles”.

Su osadía de reinventar espacios no ha sido producto del azar. De hecho, le fue bastante natural. Su niñez transcurrió siendo hijo de una leyenda que elevó al plano internacional la arquitectura modernista mexicana, con desarrollos como el Hotel Presidente Chapultepec, el Hotel María Isabel Sheraton o la Iglesia de San Ignacio de Loyola, por mencionar algunos. “Luis Barragán, (el pintor) Chucho Reyes. Todos iban a mi casa muchísimo, los conocí cuando era niño, siempre estuve muy involucrado con artistas, pintores, escultores”. ¿Ser arquitecto le fue impuesto o una verdadera opción? “Mi padre siempre quiso que yo fuera arquitecto, pero estuve a punto de no serlo. Él me empujaba y yo pensaba: ‘a lo mejor no estoy tan seguro de querer’. Pero hice un examen de conciencia y todo el día en mi casa la conversación era inmobiliaria, arquitectura”.

Al ingresar a la Universidad Iberoamericana lo hizo con temor de vivir bajo la sombra de su progenitor y el peso de su linaje: “Mi padre era muy exitoso, me daba miedo ser menos, acabar fatal en el camino”, recuerda. “Nunca fui buen estudiante. Siempre fui muy inquieto, un poco rebelde, me costaba entenderme con algunas personas”. Se refiere a los detractores de su padre, los puristas de la arquitectura que le señalaban por haber dado un giro empresarial a la profesión en una época en que aquello desafiaba toda norma establecida. Lo hizo con Plaza Universidad, que se convirtió en el primer centro comercial abierto y el primero que su padre firmaría como desarrollador. Más tarde repetiría con Plaza Satélite. “Me frustraba, me caía gordísimo, había personas que eran realmente enemigos, me hacían guerra todo el tiempo. Creo que a mis dos hijos que estudiaron arquitectura les pasó lo mismo, les ha tocado su baño (de críticas). No todo es ventaja al ser hijo de Sordo Madaleno. Pero si eres inteligente te da igual”.


Aún así retomó la escuela iniciada por su padre: ser empresario y arquitecto. “Mi padre me puso el gusanito. Cuando estudié arquitectura era un pecado pensar en la parte de negocios. Pero me parecía absurdo porque nosotros estamos diseñando el edificio para que la gente haga negocios. Hospitales, oficinas, hoteles, todo mundo lo hace por generar un retorno. Mi filosofía siempre fue que si yo estaba recomendando lo que pensaba a otra gente, también podría yo tener un poco de riesgo. El buen diseño hace el buen negocio”.

Pasó cuatro años trabajando con Pedro Ramírez Vázquez y otros años con Augusto Álvarez. Al despacho familiar se sumó en 1982, año en que tomó las riendas. Su gran debut vendría con un golpe de suerte. “No sé por qué pero siempre todo se me alinea”. Era 1985 y México se volcaba con los preparativos del Mundial de Futbol. Por su mente pasaba la idea de acercarse a Emilio Azcárraga Milmo para presentarle el que sería el centro de prensa durante el torneo. Aquello despertó incredulidad en su propio maestro. “Cuando empecé a diseñarlo me dijo mi papá: nunca te lo van dar’”. Se equivocó. La persona que se encargaría de presentar el proyecto a un ejecutivo de Televisa no llegó y éste le externaría a Sordo Madaleno (tenía 28 años) su preocupación. El joven se adjudicó el reto de generar una propuesta a contrarreloj. “Eran las seis de la tarde. Hablé a la oficina y les dije: deténganse todos, quédense ahí y empiecen a calentar motores. Toda la noche estuvimos aquí trabajando hasta las 9 A.M.”.

Azcárraga Milmo le asignaría el proyecto horas después. Le convenció la interconectividad que el edificio mantendría con el Hotel Presidente Chapultepec y el uso que se le podría dar al inmueble tras el campeonato. Sería el primer proyecto del arquitecto en solitario. Aunque la noticia llegó una semana después de la muerte de su padre. “En ese momento era la única obra que tenía yo, era muy publicitada la obra, yo salía en televisión, me dio un arranque maravilloso”.


Creó en 2008 Grupo Sordo Madaleno (GSM), que reúne las áreas de administración, operación, comercialización (Sordo Madaleno Construcciones). Paulatinamente, sus hijos, procreados con Ana Paula de Haro, se han integrado a diferentes áreas. En 2010 Javier, de 31 años, se convirtió en líder en diseño arquitectónico de SMA y José Juan, de 30, tomó la dirección de Desarrollo Inmobiliario. El último en sumarse fue Fernando, de 24, que se integró como Arquitecto Diseñador. La única mujer del clan, Ana Paula, está por licenciarse en diseño textil. “Mi ilusión toda mi vida es que entrara a la parte de interiores. No lo he logrado todavía pero tengo ahí el punto”, dice entre risas. “Cuando mi padre era arquitecto, yo era de los pocos que me atrevía a decirle: ‘No me gusta esto del hotel que están haciendo’. Conmigo es lo mismo: mis mayores críticos son mis hijos”.

–Parece que es tradición que aquí se trabaje en familia.
–Una de las cosas más importantes para mí es que tengo a mis tres hijos conmigo. Ese probablemente sea el legado más importante. Estoy dejando a tres hombres que realmente creo que van a cambiar un poco la historia.
–¿Cuándo apenas se rebasan los 30?
–Han tenido una gran oportunidad. Desde ahora están metidos en tantos proyectos, van a madurar más pronto y eso les dará oportunidades que yo aún no me imagino.

*Lee el texto completo en la edición de junio 2016.