Irene Galitzine: la historia de la última princesa

Aristócratas y artistas vistieron su famoso ‘pijama palazzo’. Recordamos la vida de la diseñadora rusa a diez años de su muerte.

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Jackie Kennedy llamó a su amigo Gianni Agnelli y le pidió que organizara un encuentro con la princesa Irene Galitzine en Capri. La aristócrata rusa se había convertido en la diseñadora estrella gracias a sus famosos pijama palazzo, un conjunto de top y pantalón que se convirtió en la alternativa chic al vestido de coctel. No resultó fácil. “Gianni, lo sabes. En cuanto Jackie ponga un pie en esta isla se acabó la tranquilidad”, contestó Irene contrariada. Finalmente accedió. Mientras el barco del dueño de la Fiat navegaba en círculos delante del puerto de Capri para despistar a los paparazzi, Jackie, con lentes oscuros y enfundada en un traje de baño, atracó en la villa de la princesa. Irene escoltó a su invitada hasta su baño y allí, totalmente relajada, pidió un vodka y se cambió su bañador por un pijama palazzo.

La velada resultó tan amena que al final de la noche terminaron dando un despreocupado paseo por el pueblo para felicidad de los paparazzi. “Fueron muy amigas. Una vez Jackie y J.F.K. la invitaron a pasar unos días a un pequeño refugio que poseían en Virginia donde el presidente se retiraba para descansar. A Irene le encantaba la fotografía y pasó todo el fin de semana haciendo fotos. Una de ellas sirvió para ilustrar la portada de la biografía de Jackie, 'The White House Days'”. Cuenta la anécdota Angela Savarese, una italiana experta en moda que habla un francés perfecto y que fue durante casi 30 años la asistente personal de la princesa. Habla de ella como una abuela de su nieta favorita. “Nunca la vi rellenar un cheque ni comprar un boleto de autobús. No tenía conciencia del valor de las cosas pero era la mujer más generosa que he conocido. Si alguien le decía: ‘Qué joya más bonita’, automáticamente se la regalaba”. Y añade con nostalgia: “Fue la última princesa”.

Irene Galitzine nació en Rusia en plena guerra civil. Su padre, Boris, era un oficial de la armada zarista que luchó contra el ejército rojo mientras su madre, la princesa Nina Lazareff, trabajaba de enfermera en un hospital. En 1920, Nina huyó de Rusia y se instaló en Roma con su hija. Compraron una mansión en la parte alta de las escalinatas de Piazza di Spagna y su madre empezó a dar clases de piano a la alta sociedad. La casa se convirtió en el lugar de encuentro de la aristocracia rusa que pasaba por la ciudad: el príncipe Yusupov, la bailarina Anna Pavlova, la hija de Leon Tólstoi… Aunque salió de Rusia con solo dos años, aseguraba sentirse rusa al 500 por cien: “Celebraba dos Navidades: la católica y la ortodoxa”. Cuando terminó la guerra Boris viajó hasta Roma para reencontrarse con su familia pero terminó marchándose a París incapaz de adaptarse a su nueva vida. “Para mí fue un shock. Estaba muy unida a él. Nunca me recuperé de aquella pérdida”, confesaría la princesa en su biografía 'Della Russia alla Russia' (Ed. Longanesi), publicada en 1996.

Empezó a trabajar de costurera con las famosas diseñadoras Sorelle Fontana pero su verdadera entrada en la moda ocurrió en 1949, cuando abrió su primer estudio. Diez años después vestía a las mujeres más famosas de su época y la prensa italiana la nombró diseñadora del año. Audrey Hepburn, Marella Agnelli, Eugenie Niarchos y Liz Taylor se convirtieron en clientas y confidentes: “Durante el rodaje de Cleopatra fue testigo del romance entre Liz y Richard Burton y más de una vez se convirtió en el pañuelo de lágrimas del pobre Eddie Fisher, por entonces marido de Liz”, recuerda Savarese. “Era muy perfeccionista y muy insegura. Pasaba horas en el atelier”, recuerda su asistente. En sus creaciones utilizaba pedrería y materiales nobles de colores vivos. Su trabajo le llevó a codearse con aristócratas y artistas, pero ella contaba los amigos con los dedos de una mano. “Era sencilla y muy tímida. Cuando llegábamos a una fiesta me decía: ‘Angela, por favor, consígueme una copa de champán’. Si iba con su marido él se encargaba de mantener su vaso lleno”.

Se casó con Silvio Medici de Menezes en 1949, descendiente de una acaudalada familia brasileña y 15 años mayor que ella: “Un auténtico caballero. Si tomaba un taxi a la puerta de su casa pagaba una ronda de cafés a todos los demás”. Se convirtió en su socio y gestor, pero todo lo que tenía de caballero lo tenía de manirroto y la princesa vivió graves problemas con el fisco. Aunque hacían vida por separado, la pareja permaneció unida hasta el final. Galitzine murió en Roma en 2006. Había cumplido 90 años y no tenía descendencia. Veinte años antes consiguió cumplir su sueño: abrir una boutique en Moscú. “Salí de Rusia con dos años y no volví hasta los 72. Tuve una extraña de sensación de calma. De regresar por fin al hogar”.

 

*Artículo publicado en nuestra versión impresa de febrero 2016.