Hilda Kruger, espía nazi en México

La actriz y espía alemana, amante de Joseph Goebbels, fue un personaje de interés para la historia de México.

Su vida comprende todos los elementos que alimentan el morbo. Era guapa, rubia, alta, tenía ojos azules. Trabajaba como actriz, era segura de sí misma, hablaba tres idiomas. Fue la espía nazi que se infiltró en el gobierno de Ávila Camacho y se hizo amante del entonces secretario de Gobernación (y futuro presidente de México), Miguel Alemán Valdés. Desde ese lugar de privilegio dio información a la policía secreta de Hitler y consiguió petróleo para su país durante la Segunda Guerra Mundial. Aquí, los pasajes más interesantes de su historia, según el rico libro Hilda Krüger, Vida y obra de una espía nazi en México, fruto de la investigación de décadas de Juan Alberto Cedillo, recientemente publicado por Editorial Debate.

Hilda nació en Alemania en 1912 y a los 21 años comenzó a actuar con apoyo de su amante, Joseph Goebbels, futuro ministro de Propaganda del gobierno de Hitler. Cinco años después, cuando la actriz ya había participado en 16 películas, la esposa de Goebbels se enteró del amorío y exigió que la chica saliera del país. Llegó a Los Ángeles en 1940, cuando la Segunda Guerra Mundial acaba de estallar. Fue recibida por el Cónsul del Tercer Reich y Goebbels se hizo cargo de todos sus gastos.

En una cena, la atractiva mujer llamó la atención del millonario petrolero Jean Paul Getty. Pronto se les empezó a ver juntos y la fama Krüger creció como la espuma. Pudo frecuentar a los hombres relevantes del poder económico y político de Estados Unidos, nación aliada del enemigo frontal de Alemania: el Reino Unido. Hilda comenzó a filtrar información a la policía secreta de Hitler y resultó tan eficaz que pronto fue enviada a México para un propósito clave: mantener el suministro de petróleo desde nuestro país hacia Europa.

Vino recomendada por Jean Paul Getty, así que la recibió el secretario de Relaciones Exteriores, Ezequiel Padilla. Era enero de 1941. De inmediato, Hilda se relacionó con personajes del gabinete de Manuel Ávila Camacho, nuevo presidente y simpatizante del nacionalsocialismo. Se hizo amante de Ramón Beteta, ex subsecretario de Relaciones Exteriores; además, estableció contacto con empresarios germanos en suelo nacional y se incorporó a la red de espionaje sobre la industria bélica de Estados Unidos.

Pero la cima de su trabajo fue conocer a Miguel Alemán Valdés, flamante secretario de Gobernación. De inmediato se estableció entre ellos una relación cercana. Él le propuso hospedarse en uno de los lujosos Apartamentos Washington, en Dinamarca 42, colonia Juárez, cerca de la oficina donde él despachaba; le aclaró que cubriría todos los gastos. Así, casi cada noche la visitaba desde las once hasta alrededor de las cuatro de la mañana. Juan Alberto Cedillo, autor del libro sobre Krüger, subraya que Alemán supo de las actividades de espionaje de su amante y la protegió. Entre otros gestos, le otorgó el registro de estancia legal en México como actriz. Significativamente, en el renglón donde la solicitante debía escribir el nombre de una persona que diera referencias suyas, Hilda anotó: “Lic. Miguel Alemán”.

Al avanzar la guerra, las fábricas germanas no se daban abasto para producir armamentos. Ante la demanda de materias primas, el Reich intensificó el contrabando de mercurio y petróleo, que llegaban por toneladas desde México: se concentraban en la capital y viajaban en tren hasta Veracruz, de donde eran enviadas a Europa. Por cierto que, a petición de Krüger, Miguel Alemán autorizó un descuento de cincuenta por ciento en las tarifas de ferrocarril.

Mientras comenzaban a filtrarse noticias sobre el genocidio nazi, en 1941 Estados Unidos entró en la guerra como aliado de Gran Bretaña. El gobierno estadounidense presionó al de Ávila Camacho para que se pronunciara contra sus enemigos (Alemania, Italia y Japón), hasta que logró su objetivo. Entonces comenzó a desinflarse la burbuja en la que los espías nazis habían vivido.

Alemán, acusado de proteger los intereses germanos en México, estaba muy ocupado para frecuentar a Hilda, pero cuando la embajada estadounidense solicitó la detención de espías en el país, intervino para que su amante viviera en libertad, “supervisada” por la Secretaría de Gobernación. Además, presentó a Hilda con Ignacio de la Torre Formento. La pareja se casó tras una relación brevísima: se dijo que la boda era la estrategia de quien sería el futuro presidente de México para que la mujer permaneciera en suelo nacional sin ser molestada.

Hilda se decía fascinada por el pasado mexicano, así que empezó a asistir a la UNAM para tomar clases con el reconocido historiador Edmundo O’Gorman. Inteligente y culta, trabó amistad con él y con su esposa, Ida Rodríguez Prampolini, también historiadora, además de tratar con otras personalidades de la vida cultural del país, como José Clemente Orozco, Salvador Novo y Alfonso Reyes. De golpe estrenó marido, amistades y ocupación, muy conveniente para desvincularse de sus actividades ilícitas.

En efecto, a todo el mundo se le olvidó su pasado como espía. Mientras participaba en más de 30 películas nacionales, entre ellas Adulterio, Bartolo toca la flauta y El que murió de amor, profundizó en el estudio de figuras como la Malinche y Sor Juana Inés de la Cruz. Dedicada además de brillante, escribió tres pequeños libros que tuvieron buena recepción en el ambiente intelectual. Sin embargo, conforme se sabía más de las atrocidades cometidas por el régimen de Hitler, Hilda dejó ver su culpa por haber servido al régimen nazi.

Unos años después se divorció, vivió en Estados Unidos y luego volvió a Europa, donde en general se sumió en el silencio y la soledad. Murió en Alemania en 1991. Juan Alberto Cedillo, autor del libro sobre ella y quien se ha dedicado unos 20 años a investigar la presencia nazi en México, descubre ahora la vida de esta mujer de claroscuros, que sin duda es parte importante de la historia reciente de nuestro país.