Francis Ford Coppola, su vida después de ‘El Padrino’

Desde el Palazzo Margherita, en el pueblo italiano de su abuelo, el director de cine otorga una entrevista íntima sobre su familia, cómo formó su clan de cineastas top y su cotidianidad actual.

En mi familia no se hace distinción entre ‘El Padrino’ y la religión. Siempre se nos ha animado a profundizar en la trilogía en busca de señales y augurios y a utilizar sus tramas y sus aforismos como guías de la vida. Gracias a estas películas sabemos que no debemos dejar que nadie fuera de nuestra familia sepa lo que estamos pensando; que hay que mantener cerca a los amigos, pero aún más cerca a los enemigos; y que conviene controlar a nuestras mujeres cuando se desmadran en la pista de baile (si no, otro lo hará).


Como millones de estadounidenses admiro desde hace muchísimo tiempo a Francis Ford Coppola, director de la trilogía. Me gustan muchas de sus películas —‘La conversación’, ‘Apocalypse Now’, ‘Rebeldes’…—, pero ‘El Padrino’ es especial. Es la biblia del modo de vida estadounidense, la historia de nuestros abuelos que huyeron de Polonia, Rusia o Irlanda de la misma manera que Vito Corleone escapó de Sicilia. He tratado de encontrarme con Coppola una y otra vez y, por fin, hace unos meses, llegó mi oportunidad. Ha desarrollado un profundo interés por sus viñedos y sus complejos vacacionales: ahora son los hoteles y los vinos, y no el cine, los que financian su jet privado y le permiten pagar sus facturas. De hecho, quiso que visitara uno de los que más le enorgullecen, el Palazzo Margherita, en Bernalda, Italia. Después de que me alojara en las habitaciones del hotel y me paseara por las callejuelas de ese minúsculo pueblecillo sobre una colina bañada por el sol, charlaría conmigo.


Me encuentro con Coppola en Roma. Se aloja en el Palazzo Ruspoli, la que fuera residencia de Napoleón III. Su habitación se encuentra al final de unas amplias escaleras de mármol. En su interior Coppola está envuelto en una bata rosa con sus iniciales bordadas, con su espesa barba y el pelo revuelto como si se acabara de levantar, parece ser víctima de un fuerte jet lag. Me estrecha la mano. Habría sido un gran médico: sonríe mientras habla y su presencia en seguida te hace sentir a gusto.
 

Coppola nació en Detroit, donde su padre tocaba la flauta en un programa de radio semanal. De allí salió su evocador segundo nombre: The Ford Sunday Evening Hour. La familia regresó a Nueva York poco después, y Francis creció en Queens y en la zona suburbana de Long Island. El automóvil de Sonny Corleone acercándose a las casetas de peaje de las marismas podría perfectamente ser el de su padre, Carmine, que regresaba de otra frustrante jornada de trabajo. “Lo único que deseaba mi padre era componer música y dirigir una orquesta, pero durante años sus esfuerzos fueron infructuosos”, me cuenta Coppola. La suya es la típica sensibilidad de hijo mediano: “Estábamos los tres. Mi hermano mayor, yo y mi hermana Talia (la actriz Talia Sire). Talia era guapísima. Mi madre también y mi hermano era como una estrella de cine. ¿Y yo? Yo era del montón…”, vacila y frunce el ceño. “Ahí es cuando sucede todo lo que te deja huella: sea lo que sea lo que vaya a dejar una impronta, tiene lugar antes de que cumplas cinco años”.


“Me estoy haciendo mayor y me homenajean y me prestan muchísima atención, lo que me hace sentir incómodo, porque de niño siempre estaba muy solo”, añade. “Entonces no me daba cuenta de que es bueno estar solo. Quería tener novia, ser parte de un grupo. No me siento cómodo cuando me dan un trato especial. Me hace sentir marginado de nuevo. Me gusta cuando dicen: ‘Oh, mira, ahí están Francis, George, Marty y Brian de Palma’. Lo que yo siempre he querido ha sido ser parte de la banda”.

Coppola contrajo polio cuando tenía nueve años. Se pasó un año en cama, leyendo y viendo la televisión. Escribía obras de teatro para sus hermanos. Su carrera en el mundo del espectáculo empezó con aquella simple motivación: montando espectáculos conseguía llenar su cuarto de gente. En cualquier otro momento, no era más que un chico enfermo y solitario.


Se recuperó bien, pero nunca llegó a tener una vida normal. Su padre trasladaba a la familia de un lugar a otro, en busca de trabajo. Como él mismo cuenta, asistió a 24 colegios distintos. En la universidad se consagró en cuerpo y alma al teatro. Hacia finales de los 70, ya se había rodeado de un grupo de jóvenes directores. En busca de familia, compañía y conversaciones de las que duran toda la noche, reunió a una especie de vanguardia cinematográfica. George Lucas, Steven Spielberg y, un poco más tarde, Martin Scorsese y el editor e ingeniero de sonido Walter Munch. Sin olvidar al director y guionista John Milius.
Algunos se mudaron a San Francisco, donde Coppola fundó su propio estudio, American Zoetrope.

“Recuerdo sentarme con George [Lucas] y fantasear sobre la cantidad de dinero que queríamos tener: suficiente como para comprarnos lo que deseáramos pero no lo bastante como para que la gente nos odiara y quisieran secuestrar a nuestros hijos. Decidimos que 20 millones de dólares era suficiente. George tiene ahora más de 6,000 millones”.

‘El Padrino’ no fue un encargo para que se cubriera de gloria. La novela había sido un éxito de ventas, pero el proyecto cinematográfico había pasado de mano en mano y había sido aceptado y rechazado por varios directores. Él sospecha que lo contrataron principalmente por su apellido italiano, que le daría a la producción un tono de autenticidad.

El éxito de ‘El Padrino’ fue un arma de doble filo. De repente, Coppola tenía dinero y la libertad de hacer grandes películas. Y, al mismo tiempo, se había hecho famoso por un grupo muy determinado de personajes y un tipo de película. “Si te paras a pensarlo, todo el mundo necesita un gran éxito —me cuenta—. Steven [Spielberg] es una persona maravillosa y un cineasta extraordinario, pero él también lo necesitó. Puedes ser David Fincher, o quienquiera que seas, pero necesitas un bombazo. Y, sin embargo, todo el mundo mantiene una relación extraña con su propio gran éxito”.


De una manera u otra, todas las películas de Coppola tienen que ver con la herencia familiar, con su propia familia. Está el patriarca, el abuelo que se largó de Bernalda. Están el padre y los hermanos del padre, luchando entre sí por conseguir reconocimiento. Y luego los hermanos de Francis, pues su biografía de éxito es la del hijo mediano que siente que, con su buena fortuna, ha usurpado y destruido a su hermano mayor: “Mi nombre es Francis Ford Coppola porque mi hermano era August Floyd Coppola y yo quería ser como él. Él era genial y guapo, y empezó a interesarse en la literatura y se puso a escribir. Empecé a hacerme llamar Francis Ford Coppola para ser como él. La ironía es que yo coseché tanto éxito tan joven que él tuvo que dejar de ser August Floyd Coppola porque parecía que me estaba imitando”.


—¿Qué hace su hermano ahora?
—Falleció. Él era el padre de Nicolas Coppola, es decir, Nicolas Cage.
—¿Le afectó a su hermano su éxito?
—Era un asunto delicado. Pero él siempre me quiso. Y estaba orgulloso de mí y me animaba. A los 14 años, cuando quise escribir obras de teatro, me fabricó una carpeta con mis iniciales. Pero todo se complicó. Yo siempre traté de ayudarle, pero siempre parecía tomárselo a mal.
—Y después su hijo se metió en el cine.
—Eso tuvo que dolerle, porque cuando consigues meter el pie en el negocio del cine, todo el mundo quiere lo mismo, y vio que su propio hijo también… Por eso Nicolas se cambió el apellido. No quería gorronearme, aunque básicamente fui yo el que inició su carrera.

Francis Ford Coppola comenzó a colaborar con su padre, Carmine, que compuso la banda sonora de la trilogía de ‘El Padrino’ y de ‘Apocalypse Now’, entre otras. Le concedieron un Oscar por su labor en ‘El padrino: Parte II’. “Mi padre alcanzó el éxito gracias a mí. Estoy seguro de que eso tuvo que doler a mi hermano, porque mi padre sentía que él había sido un fracaso… He logrado ver a mi padre tener éxito. Y lo he visto ganando un Oscar. He visto como mi hija [Sofia] ha ganado un Oscar. Es todo bastante fuerte”.


Coppola tenía tres hijos y ese verbo en pasado resulta muy doloroso. Porque estaban Gian-Carlo, que trabajaba con su padre (Coppola aún se refiere a él como “mi chico mayor”); Roman, un cineasta de éxito por derecho propio; y Sofia, que probablemente sea más conocida entre los millennials que su propio padre. Pero Gian-Carlo murió en 1986, en Annapolis, Maryland, durante el rodaje de ‘Gardens of stone’, que incluía en su reparto a Griffin O’Neal, hijo de Ryan O’Neal.


Un día Gian-Carlo salió a pasear en bote con Griffin, que metió el barco a toda velocidad entre dos grandes embarcaciones unidas por un cable de remolque. O’Neal logró agacharse, pero a Coppola el cable le dio de lleno y murió al instante. Muchos responderíamos a una tragedia así encerrándonos en nosotros mismos y no volviendo a salir jamás. Aparentemente, Coppola ha hecho lo contrario, aunque nunca llegaremos a saberlo a ciencia cierta. Está lleno de aprecio, amor y agradecimiento por la vida, aunque nunca olvida lo que perdió, que es todo. En el Festival Internacional de Cine de Toronto en 2011, Coppola se deshizo en lágrimas cuando habló de su hijo, de cuya muerte lleva mucho tiempo culpándose.

Coppola mira por la ventana. Tejados rojizos, chimeneas, el cielo… Ya ha llegado al tercer acto de su vida, el otoño de sus años, como me ha transmitido una y otra vez. Actualmente, está trabajando en la que posiblemente será su última película, su gran obra final. La compara con Los Buddenbrook, la novela de Thomas Mann. “Los Buddenbrook gira en torno a tres generaciones de una familia de comerciantes en Alemania y los cambios en el país durante la época del abuelo, del padre y del autor —explica Coppola—. He reunido historias de la época de mi abuelo, de mi padre y de mi generación. Me pregunté: ‘¿Qué es lo más importante que ha sucedido desde la Segunda Guerra Mundial?”, y decidí que había sido la televisión, porque todo, ya fuera la muerte del presidente Kennedy, el movimiento de derechos civiles o Vietnam, lo veíamos a través de ella”.


*Lee el texto completo en la edición impresa de octubre 2016.