Eugenio López, todo por el arte

En entrevista revela cómo en vez de seguir la empresa familiar, optó por convertirse en un gran coleccionista de arte.

Etiquetas:

Esa tarde de miércoles todo parece estar tildado de intempestivo, casi como la agenda de Eugenio López. Una llamada de su oficina de prensa nos ha advertido que ese día es la única opción para extraer al heredero de Jumex de su agitado mundo. Está recién desempacado de Nueva York y en un día inaugurará El 'Orden Natural de las Cosas', una exposición de obras pertenecientes a la Colección Jumex, catalogada como la más importante de arte contemporáneo en Latinoamérica. En el penthouse del anfitrión, el viento, producto de un inesperado frente frío, se estrella contra los cristales. Todo parece moverse a excepción de una araña de la escultora Louise Bourgeois. “He conocido arañas peores, me gustaría haberlas atado a la pared”, bromea.

Hoy, el hijo de Eugenio López Rodea, fundador del gigante de jugos y conservas, puede bromear en torno al arte. En ese universo, él es autoridad. Desde 2013 la colección de la Fundación Jumex Arte Contemporáneo reposa en las paredes del Museo Jumex, una obra del arquitecto David Chipperfield. Más adelante me contará: “Yo sabía que quería hacer un museo, no sabía cuándo”. La ha hecho de mecenas y patrono de instituciones como el MOCA de Los Ángeles, el New Museum of Contemporary Art de Nueva York (una de las galerías ostenta su nombre) , del Museo Tamayo y Museo de Arte Moderno, ambos en México, entre otros. Pero antes tuvo que esquivar la impronta empresarial, que incluye a su abuelo Vicente López Resines, fundador de La Costeña, la máxima compañía de salsas y conservas del país. “Debí haber seguido ese camino empresarial, pero lo seguiré en su momento adecuado”.

El fotógrafo le da unas cuantas directrices mientras en la sala un puñado de amigos discute de distintos temas. Se entremezclan acentos latinos con estadounidenses. Un melting pot privado. Una de sus amigas explica que es la fundadora de una empresa de big data. “Con eso casi puedes predecir el futuro”, exclama la mujer.

Eugenio lo hizo de algún modo. Era un veinteañero cuando comenzó a acercarse al arte. En ese entonces trabajaba en las filas de Jumex, donde por más de una década se encargó del área de mercadotecnia. “Nadie se acuerda de eso, pero trabajé desde el 90 hasta el 2001. Estando mi papá, yo y un CEO no funcionaban las cosas, porque mi papá, en ese sentido, tiene la última palabra. Yo veía cosas que me hubiera gustado crear y no me dejaban”. Soñó, por ejemplo, con introducir Red Bull o AriZona Iced Tea. “Esas cosas las quería traer desde tiempo antes pero para mi papá todo era productos fabricados por él”.

Navegar a contracorriente y enfrentar el carácter de su padre le llevaron a abandonar las filas de la compañía.

Con honestidad explica que hubo algo de rebeldía desde la adolescencia que se reafirmó en la juventud. “¿Se trataba del caso de un junior rebelde?”, pregunto. “Tuve esa época con mis papás”, confiesa. “Me tuve que ir a la preparatoria abierta porque no pasaba. Letras con números no podía. En un fin de semana pasé primero de prepa, al siguiente, segundo, y así”.

El sistema abierto le permitió incursionar en el modelaje y pronto apareció en comerciales. Kleenex, Coca-Cola… “Era muy famoso, me llamaban muchísimo. Yo estaba feliz. Hice 25 comerciales o 30. Se reían porque cuando salía el pago yo no recogía mis cheques. A mí me valía, lo único que quería era salir en comerciales. Mis papás se enojaban, me gritaban: ‘Pues te vas a la universidad’”. Cedió ante la presión, aunque la elección fue contundente: algo que no involucrara números. Se enfiló por Derecho, pero el ímpetu duró poco. “Me quedé a la mitad exactamente y ahí me metí a trabajar a Jumex”.

Para 1990 ya había adquirido su primera obra de arte, un Roberto Cortázar que vio en casa de una amiga y que adquirió por 7,000 dólares. “Fue la primera pieza que compré y todavía me gusta”.

El reencuentro personal le fue necesario. Emprendió el escape en 1994, aterrizó en Los Ángeles. “No estaba totalmente agusto conmigo mismo. Tenía que vivir otra vida, en otro mundo”. En aquella fecunda tierra donde media humanidad pelea por un spot en un plató, Eugenio se percató de las fundaciones, las becas, la impronta de los donadores, los patronos y el coleccionismo. Su vocación le encaró.

Decidió quedarse en Beverly Hills cuando el estallido de la inseguridad en México popularizó el secuestro. “Eso a mí me puso muy mal”. Los regresos de discotecas en plena madrugada, conducir su auto a la universidad y escapadas fueron sustituidas por guardaespaldas y coches blindados. “Me sentí muy cuarteado, como en un campo de concentración. Mariana Levy, mi amiga, murió por un asalto, a causa de la violencia. Eso me alejó muchísimo de México”.

Entre tanto, seguía empapándose de arte. Lecturas, charlas con curadores, coleccionistas. La idea de hacer algo público llegó con una visita a Londres. Ahí, Charles Saatchi, uno de los grandes hitos de la publicidad, había convertido un polígono a las afueras de Londres en un espacio público para su colección privada de arte. “No somos Dupont o PepsiCo”, arremetió su padre. “Le decía que no importaba, que lo haríamos en una misma escala”, rememora.

Aunque sus padre no era coleccionista, accedió. “(Mi papá) me dijo que el arte era mejor que las joyas. Esas las sacas de la joyería y no valen nada a no ser que sean joyas Chopard de los años 20. A mi papá le gustaba mucho comprarle joyas a mi mamá, pero siempre dijo que era mucho mejor el arte como inversión”.

Relata la ocasión en que aprendió sobre el poder del ego y el dinero, cuando en una subasta coincidió con el heredero del imperio Estée Lauder, Ronald Lauder, y el magnate de la moda Françoise Pinault. Llevaron una obra con precio de salida de 500 mil dólares a 10 millones. “¿Qué hace que un cuadro valga 100 millones de dólares? Dos personas muy ricas y con grandes egos que quieren el mismo cuadro”. Ahora el mexicano ya no acude con frecuencia. “No voy porque sufro mucho ya que no puedo comprar muchas cosas”.

Eugenio hace de la conversación un elevador de risas y carcajadas. Reconoce que el camino no fue fácil. Hubo incredulidad social. “Conmigo siempre fue ‘el hijo de…’ Nadie me la creía. ¡Ay, este niño no sabe ni lo que va a hacer… En México se reían cuando empecé a comprar”.

Publicaciones extranjeras comenzaron a reconocerle: un mexicano era el epicentro latinoamericano del arte contemporáneo. Su colección comenzaba a circular otros museos y él adquirió estatus de celebridad.

Sus fiestas se volvieron tan célebres como su colección. Por su casa de Beverly Hills, plagada de obras de Jeff Koons, Richard Prince, Warhol, Cy Twombly y Sherrie Levin desfilaban personajes como el coleccionista Darren Star, la diseñadora Gelila Puck y Waris Ahluwalia.

*Lee el texto completo en la edición impresa de abril 2016.