Después de Dilma: la nueva era de Brasil

Con Dilma Rousseff fuera de la presidencia, el país sudamericano se enfrenta a lo desconocido. ¿Qué retos deberá asumir su nuevo líder?

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En las fotografías Michel Temer se muestra triunfante. Esboza una gran sonrisa mientras aprieta la mano del presidente chino Xi Jinping en la cumbre del G20, que empezó el jueves en Hangzhou. Y cómo no, si consiguió lo que tanto quería: Dilma Rousseff fue destituida como presidenta y ahora él es el líder máximo de su país y se pasea como tal con los demás mandatarios.

Fueron ocho arduos meses y 17 días de impeachment, el proceso que investigó si la expresidenta era culpable de haber manipulado los presupuestos del gobierno brasileño. El miércoles pasado, con 61 senadores a favor de bajar a la presidenta del podio y 20 en contra, Rousseff se tuvo que retirar. En su lugar y hasta 2018 quedará Temer, el antes vicepresidente del gobierno y a quien la expresidenta acusa de crear un complot para sacarla del puesto.

Está claro que Brasil pedía a gritos un cambio. El país que se atrevió a soñar en manos de Lula da Silva -quien nombró como sucesora a Rousseff- vio sus esperanzas caer en picada durante el segundo mandato de la expresidenta. Hundido en una crisis económica y política, muy lejano al Brasil que en 2011 superó como potencia económica a Gran Bretaña y cuyo PIB creció a un promedio anual de casi 5% entre el 2005 y el 2010, el sudamericano ha sido escenario de grandes protestas desde 2013.

Con la destitución se acaban 13 años de gobiernos del Partido de los Trabajadores. Pero el pueblo brasileño no se anima a celebrar. Si bien no hubo mayores protestas por la destitución de Dilma, tampoco se sintieron los festejos. Temer, quien ha dejado claro que busca girar el país hacia la derecha, no se ha ganado la confianza de sus compatriotas, y los sondeos indican que su popularidad roza el 10%. El cambio vendrá, pero no queda claro si será positivo. Estos son los tres principales desafíos que asumirá el nuevo presidente de Brasil.

Una economía fracturada

La principal urgencia y lo que medirá en poco tiempo su capacidad para el cargo será sacar a Brasil de sus dificultades económicas. La economía del país cayó en el primer semestre de este año 4,9% comparado al mismo periodo de 2015, su peor resultado en 25 años, según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadísticas (IBGE). El impacto se siente a todo nivel: Brasil ha perdido 1,7 millones de puestos de trabajo en el último año.

En gran parte, la crisis que golpea a Brasil después de sus años de gloria llegó por factores externos, como una disminución abrupta en la demanda de China de soya y de hierro. Pero los brasileños también acusan a su gobierno de no haber logrado sacar el país adelante.

Con el apoyo de su partido, el del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), Temer le apostará a las privatizaciones. Planea transferir a la iniciativa privada los aeropuertos de Florianópolis, Porto Alegre, Salvador y Fortaleza, y al menos dos terminales portuarias. También piensa disminuir el control del estado sobre la petrolera nacional Petrobras, algo que sus detractores ven como un paso hacia su privatización. El nuevo presidente tendrá que ponerse las pilas para alcanzar la meta de déficit fiscal que se fijó para 2017 de 143.100 millones de reales (unos 40.000 millones de dólares).

Un país dividido

El impeachment pudo haber terminado, pero a ojos de los expertos la polarización seguirá presente al menos hasta las próximas elecciones presidenciales, en octubre de 2018. Un punto clave que divide a los brasileños es el impeachment en sí mismo; mientras algunos están convencidos de que fue una muestra de la robustez de la democracia nacional, otros denuncian un golpe de estado sucio e injusto.

Pero no es el único punto que los divide. No hay homogeneidad en las opiniones sobre qué le conviene al país. Muchos creen que la izquierda fracasó en Brasil, y que la derecha que lidera Temer llegará para mejorar las cosas, mientras que otros consideran que la democracia está siendo golpeada con este nuevo cambio, después de los beneficios que consiguió el partido de Rousseff para los menos favorecidos. Incluso en los dos grandes bloques hay muchas diferencias que se van a ver plasmadas en las elecciones para alcaldes y concejales el próximo mes. Las decisiones que se tomen en estas urnas consolidarán liderazgos locales que después impactarán las presidenciales de 2018.

Huellas de corrupción

Rousseff no es la única salpicada por los escándalos de corrupción. El escándalo de Petrobras, en el que supuestamente se desviaron unos 10,000 millones de reales (más de 2,000 millones de dólares) entre 2004 y 2012, se ha llevado consigo a muchos de los aliados de Temer, incluyendo algunos ministros. Y aunque no está clara la participación del actual presidente en ese embrollo, la reconocida revista Veja publicó el 6 de agosto que el empresario Marcelo Odebrecht, hoy tras las rejas por su participación en el escándalo Petrobras, lo acusó de haberle pedido millones de dólares.

Supuestamente, Odebrecht le donó 10 millones de reales (3,15 millones de dólares) al partido de Temer, algo que éste niega rotundamente.
Además, el ahora presidente de Brasil fue condenado en mayo por una corte electoral de São Paulo por sobrepasar el límite de donaciones electorales. Esta acusación podría impedirle presentarse como candidato en las elecciones de 2018, pero no le prohíbe ejercer el gobierno hasta esa fecha. En todo caso, la mayoría piensa que Temer no es una opción viable para las elecciones. El pueblo brasileño quiere borrón y cuenta nueva, sin rastros ni huellas de la corrupción que tanto lo golpea.
 

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